Uno de mis recuerdos más duraderos, quizá por su carácter traumático, fue el accidente aéreo del vuelo inaugural; enésimo de la ruta Aguascalientes México, ocurrido la tarde noche del 10 de abril de 1968 -el miércoles pasado se cumplieron 56 años- en un bosque cercano a Villa del Carbón, Estado de México, a unos 70 kilómetros al poniente del aeropuerto de la Ciudad de México, que costó la vida a todos sus ocupantes, que eran 18. Digo enésimo porque cada cierto tiempo se establecía el servicio, probablemente desde fines de los años 20, pero terminaba suspendiéndose “por falta de quorum”. El servicio continuo data de principios de los años ochenta del siglo pasado.

Por cierto que en esa misma zona de Villa del Carbón se mató en 1929 el gobernador Manuel Carpio, aunque el avión, posiblemente un Trimotor Ford, venía en sentido contrario, es decir, había salido de México rumbo a Aguascalientes. Villa del Carbón está muy cerca de Atizapán de Zaragoza, Estado de México, en el borde noroeste del Valle de México.

Hubo en esta catástrofe algunos agravantes, que sin duda contribuyeron a fijarlo en mi memoria: de entrada fue como el Titanic, un vuelo inaugural; en él iban personajes de cierta prosapia, el dueño de la aerolínea y su esposa, el director de Aviación Civil, un hijo del gobernador, que lo era Enrique Olivares Santana, un hijo del presidente del Congreso del Estado, cargo que desempeñaba el profesor Antonio Landín Rodríguez, Ricardo Vargas, un empresario de la industria de la confección, etc.; la aeronave era un precioso DC-3, un aparato para 21 pasajeros, creado en los Estados Unidos en 1935, que se hizo famoso transportando tropas -en su versión C-47- en la Segunda Guerra Mundial, y que dejó de fabricarse en 1942, año en que se produjo éste.

Finalmente, ocurrió el miércoles de la Semana Santa, ese lapso en que todo conspira para hacernos sentir culpables. Sobre esto último recuerdo al custodio de la catedral, el padre Wenceslao Romo -este es mi recuerdo concreto-, en el contexto de uno de los oficios de esos días, pedir oraciones por el eterno descanso de las víctimas. ¿Qué sería esto del eterno descanso? ¡Quién sabe!, pero sonaba tremendo… En fin.

El hecho es que hace unos días conversé con el médico de niños de pueblo Ismael Landín Miranda, que se vio inmerso en la tragedia en su calidad de hermano y cuñado de dos víctimas, aparte de que le tocó -¿tendría que decir que en suerte?- asistir a la morgue de la Cruz Roja Mexicana, a identificar a sus muertos.

El pediatra me contó que en ese tiempo hacía él su internado de pregrado en el Hospital de Jesús de la Ciudad de México. César Enrique Olivares Ventura y Antonio Landín Miranda eran grandes amigos; uña y mugre; el primero había terminado ingeniería petrolera y el segundo, agronomía. El martes santo, en el preludio de las vacaciones de Semana Santa, habían viajado juntos a Aguascalientes a bordo de un Volkswagen.

El miércoles 10 -justo como este año- el avión llegó al antiguo aeropuerto, donde actualmente es el Parque Rodolfo Landeros. Aterrizó a las 12:30, luego de un vuelo de 1:30 horas -su velocidad de crucero era de 333 kilómetros por hora-. Visitantes y anfitriones se trasladaron al Hotel Francia, en donde se llevó a cabo una ceremonia y una comida. Regresaron al aeropuerto, los visitantes subieron al avión y de ahí a la eternidad; al vuelo que aún no llega a su destino.

En el transcurso de la comida, el gobernador les propuesto a su hijo y a Antonio Landín, los amigos, ir a México en el avión, dado que había asientos disponibles, es decir, su plan no era viajar. Sólo les pidió que se cambiaran de ropa y vistieran un traje.

Pero el avión no llegó montando en el tiempo, que siguió su curso; el Sol cedió su lugar en el firmamento a la noche. Entonces comenzaron las llamadas en busca de noticias… El doctor Landín porque creía que su novia, hoy su esposa, habría abordado el avión. No lo hizo porque no alcanzaron a peinarla. También el profesor Olivares buscó noticias, hasta que le informaron que el avión había llegado, pero era el que había transportado al presidente del PRI, Alfonso Martínez Domínguez, que también había viajado a Aguascalientes ese día, un avión que, según los usos de la época, probablemente pertenecía a la Comisión Federal de Electricidad, Petróleos Mexicanos o a la Secretaría de Recursos Hidráulicos. Olivares fue informado de que el avión había llegado, “a pesar del tiempo, que estaba un poquito malo”, a lo que Olivares habría contestado que su preocupación era por el otro avión, el de Aerovías Rojas.

Ya en la noche se dio por hecho que la nave se había estrellado -¿por qué se utilizará esa palabra; qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Qué significa, convertirse en una estrella?- por lo que los familiares decidieron trasladarse a México, cosa que hicieron por carretera. “No tuvimos noticias, yo me seguí comunicando. Nada”, dice el médico. Pasó todo el jueves y no fue sino hasta la madrugada del viernes, en que se encontraron los restos del aparato, acompañados con la noticia terrible: “no hay sobrevivientes”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).