“Soledad. La palabra más temible en nuestro idioma.
‘Dolor’ no se le acerca ni un poco e ‘Infierno’ es tan sólo un pobre sinónimo…”
Stephen King

Todos cargamos con nuestro propio armagedón, y éste, contrario a lo que nuestro adoctrinamiento kerigmático nos ha crucificado en nuestros surcos mentales, no viene cargado de lluvia sulfúrica ni de astros bañados en sangre, sino casi con dolorosa indolencia se nos manifiesta con quietud e indiferencia, pues su valor destructivo yace en la renuncia de nuestra calidad social, aquella que cohesiona y engrana toda experiencia sensible y basamento cultural de nosotros, animales vinculadores por experiencia y excelencia, para sumirnos en aislamiento. Aquí, la naturaleza humana renuncia a un sendero iluminado y selecciona los pasajes que lo conducen a las nihilistas tinieblas de la autoconfrontación, el examen extraordinario y con tendencia a reprobación de conciencia y contemplar la faz de aquel ser que jamás queríamos siquiera ver ni en remotos garabatos: el nuestro y verdadero. El fin de nuestro mundo llega no con un estallido, sino con un grito. Tal aproximación a nuestros particulares acaboses encontró un conducto narrativo mediante la cataclísmica mirada de John Carpenter, cineasta transgresor donde los hubiere y todo un iconoclasta de la filmografía tipo B. Suyo es el idiolecto cimentado en el miedo y el oscurantismo perceptual, pues tales elementos son la constante en los predicamentos en que se ven inmersos la mayoría de sus personajes, enfrentados a calamitosas pruebas de resistencia física, existencial y espiritual por medios supra, sobre y antinaturales, obsequiando a ellos y a nosotros una perspectiva de fatalidad tal que son apocalipsis contenidos de horrísona mayestática por un nivel de contemplación tal apareado con la más brutal de las posturas viscerales, que el resultado sólo puede ser lo más cercano que podemos encontrar en nosotros mismos en lo que bien podría catalogarse como una pesadilla colectiva por su cercanía. Carpenter perfeccionó su calamitosa y siniestra postura extintiva en tres cintas que, curiosamente, dejan ver un rastro que las liga de forma directa a las fuentes literarias más inquietantes en cuanto a su perspectiva fatalista: los textos de Howard Philips Lovecraft, amo y señor del horror de cepa cósmica, quien nunca tuvo un dejo de compasión para sus personajes, a quienes por lo general aguarda un destino aciago acarreado por un oscuro sentido del determinismo, implicando un apocalipsis integral, personal y muy justificado.
Por mera cronología, debemos comenzar con “La cosa del otro mundo” (1982), una obra maestra de paranoia y monstruosidad donde un grupo expedicionario varado en una estación en la Antártida se topa con el epítome del mal, pues se trata de una amorfosidad interplanetaria que se aleja de toda motivación sembrada en el colectivo a través del cine de matiné, pues no desea apoderarse del mundo o la aniquilación global, simplemente nos asimila. No busca nuestra destrucción sino “nuestra” mimetización, sin un fin bizarramente altruista y utópico -a costa de componentes que definen al humano como tal- como los seres vaina de “La invasión de los ladrones de cuerpos” (1956), ya que ataca directamente la creencia en la intimidad interpersonal y quebrantarla mediante el dilema epistemológico de la pérdida de identidad. Un ser que desea ser humano no puede ser más terrible. A este algoritmo dentado, un proceso de transformación sin rostro fijo, sólo puede atribuírsele características humanas mediante su integración comunitaria, nadie sabrá quién es él o ello hasta que se le cuestiona. Metáforas aterradoras en verdad y una de las cintas más deslumbrantes en el género por ello y su pirotecnia visual, toda heredera de “Las Montañas de la Locura”, de Lovecraft.
La segunda será “El Príncipe de las Tinieblas” (1987). Aquí, la física cuántica y el misticismo gnóstico colisionan en una historia cuyo elemento nodal es la mismísima esencia del mal, embotellada desde hace eones. Los veteranos histriones Donald Pleasance y Victor Wong interpretan, respectivamente, a un hombre de fe y a uno de ciencia que están determinados a comprender y dominar esta fuerza abstracta que está destinada a provocar una catástrofe global vaticinada en sueños, los cuales son en realidad transmisiones radiales oníricas desde el futuro en busca de auxilio como un S. O. S. alucinógeno. De nuevo, un grupo de sujetos confinados debe enfrentar una maldad milenaria y hacer frente a su propia naturaleza. Un relato agobiante y magistralmente orquestado para los fines que su director desea: remover en el espectador una ominosa sensación de catártica pesadumbre.
En 1995, Carpenter completó su visión aniquilatoria con “En la boca del terror”, su filme más deudor a los mitos de Cthulhu y a todo Lovecraft en general que involucra a un popular escritor de novelas de horror (Jurgen Prochnow), cuyos textos podrían ser la clave en la resurrección de entidades malévolas y muy, muy antiguas. Como opositor tenemos a un investigador (Sam Neill) encargado de localizar a dicho autor sólo para encontrar que el fin del mundo, su mundo, es tan sólo el comienzo. Cinta de exquisita perversidad con el contundente final que cierra este fascinante ciclo, no exento de ironía y un guiño fastidioso de reflexión metafísica.
El hombre está diseñado para generar comunicación, convivencia y una supuesta afinidad con su entorno antropocéntrico, pero en realidad somos tan sólo criaturas del abismo que aguardamos, con insidiosa paciencia, nuestra inminente destrucción. Tal y como John Carpenter nos lo ha vaticinado en todos estos años.
Nota. Las cintas mencionadas se encuentran a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.

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