Luis Muñoz Fernández

Una de cada cinco personas que está leyendo estas palabras (o en su caso escribiendo) morirá de cáncer. Motivo más que suficiente para que le hayamos dedicado al cáncer tres de esta serie de cinco artículos. Para concluir la serie, trataremos en esta ocasión de la forma en que hoy se aborda de una manera más estructurada su estudio y, sobre todo, su tratamiento, con los nuevos medicamentos que se están desarrollando a partir del conocimiento molecular de la enfermedad.

En la comprensión de nuestra naturaleza biológica ha ido ganando un lugar cada vez más destacado la idea de que somos un ecosistema de células. No parece una idea completamente nueva, pero en cierto sentido lo es. El foco de estudio se ha ido desplazando de la célula en sí a las relaciones que vinculan a las células o a ciertos grupos de células, lo que incluye no sólo a las células propiamente dichas, sino también a todo el ambiente que las rodea. Incluso, la idea actual de los tumores incluye el concepto de microambiente, es decir, las sustancias intercelulares (matriz extracelular) y las células no tumorales que interactúan con las malignas, muy particularmente las de nuestro sistema defensivo o inmunológico.

El desarrollo del cáncer es un proceso microevolutivo, lo que significa que un tumor maligno es capaz de recapitular en el tiempo que dura una vida humana los cambios que suceden a lo largo de miles de años en la evolución de los seres vivos. Podríamos decir incluso que el tumor maligno es un ser vivo dentro de un ser humano. Es a la vez un ser distinto y una versión modificada de nosotros mismos. Por eso ha resultado tan difícil curarlo.

Cada día ocurren alrededor de 10 billones de mutaciones en nuestras células. Su impacto en el organismo es variable: algunas pasan completamente desapercibidas, otras conducen a la muerte de las células en las que ocurren y otras más les confieren a las células ciertas ventajas competitivas que las independizan de los sistemas que regulan su convivencia armónica con el resto del ecosistema, por lo que empiezan a multiplicarse para dar lugar a una clona de células que, de seguir así, se constituirá en un tumor maligno o cáncer.

Durante décadas el tratamiento del cáncer ha descansado en tres estrategias que, dependiendo del tumor en cuestión, se han usado solas o combinadas: la quimioterapia, la cirugía y la radioterapia. Nos interesa en este momento hablar de la quimioterapia, que es el uso de medicamentos que son tóxicos para aquellas células que se dividen a gran velocidad, como las células malignas, pero que también destruye a células que normalmente se están multiplicando, como es el caso de las células de la médula ósea de las que se originan los glóbulos rojos, blancos y las plaquetas, las células que revisten el tubo digestivo y las que forman en folículo piloso. Por eso durante el tratamiento con quimioterapia se cae el cabello y los enfermos desarrollan anemia, se les bajan las defensas (los glóbulos blancos), pueden tener hemorragias y les pueden salir úlceras desde la boca hasta el intestino. Por fortuna, aunque molestos, son fenómenos transitorios y, además, en buena parte tratables.

Con el conocimiento de las alteraciones (mutaciones, amplificaciones, fusiones, translocaciones, deleciones, etc.) en los genes de las células malignas, en las últimas décadas se han desarrollado nuevos medicamentos para tratar el cáncer, que son mucho más específicos y no afectan a las células normales, aunque no siempre están exentos de efectos secundarios de consideración. Es importante señalar aquí que estos nuevos medicamentos tienen por lo pronto un costo elevado, pero que irá disminuyendo con el tiempo, como ha sucedido con otras terapias.

Son lo que se llama “tratamientos dirigidos contra blancos moleculares”, que bloquean las reacciones químicas responsables de la transformación maligna. En muchos casos, tienen efectos espectaculares de duración muy significativa, incluso en los que la enfermedad está en una etapa avanzada, cuando ya existen metástasis. Es un campo de la medicina que está creciendo a gran velocidad.

En años recientes, hemos aprendido mucho sobre la relación entre nuestras células defensivas y las células malignas. Por ejemplo, se ha descubierto que las células tumorales son capaces de inhibir a nuestras células defensivas. Se han caracterizado una serie de moléculas que actúan como receptores y puentes de comunicación entre los glóbulos blancos llamados linfocitos T y las células de los tumores, así que en varios casos es ya posible impedir la inhibición de nuestras defensas e incluso modificar la conducta de los linfocitos T para hacerlos más agresivos y eficaces contra el cáncer. Estamos frente al nacimiento de la nueva inmunoterapia contra el cáncer cuyos resultados son muy prometedores.

Lo ideal es que todos los especialistas involucrados (oncólogos, cirujanos, radioterapistas, patólogos, biólogos moleculares, bioinformáticos, bioeticistas, etc.) analicen los casos de manera conjunta para seleccionar el tratamiento más apropiado en cada paciente. Esta conjunción de esfuerzos se manifiesta, entre otras cosas, mediante las reuniones denominadas tumor boards o paneles de expertos en tumores.

Todos estos nuevos tratamientos tienen como requisito para su uso la identificación previa en el tumor de las alteraciones moleculares y genéticas mencionadas. En Aguascalientes, Labopat® pone a la disposición de la sociedad la posibilidad de identificar en el cáncer mediante inmunohistoquímica más de 300 biomarcadores distintos y las técnicas de biología molecular (FISH, PCR, secuenciación, etc.) con las que se pueden detectar las mutaciones y otras alteraciones genéticas responsables de la transformación maligna, contribuyendo así a la nueva medicina personalizada contra el cáncer.

Comentarios a: luis.munoz@labopat.com