El pasado 6 de abril de 2021 falleció Hans Küng, el sacerdote y teólogo contemporáneo más importante de la Iglesia católica. Escritor prolífico, se distinguió en el análisis de los problemas acuciantes que sufre la Iglesia, derivados en buena parte de su gobierno absolutista y selectivamente masculino. Problemas profundos, difíciles de solucionar, cuyo remedio pasa por reformas a las que la cúpula de la Curia Romana se resiste con tenacidad tan firme como sospechosa.

La editorial Trotta, que publicó la mayor parte de sus libros en español, puso una nota necrológica en su página electrónica:

“Lamentamos la muerte del teólogo suizo Hans Küng, un referente imprescindible de la teología del siglo XX. Pocas materias escaparon a su atenta mirada: teología, filosofía y ciencia, historia de la Iglesia y experiencia cristiana, estudio de las religiones y ética mundial, pero también economía, política y, en especial, la música. […] Su epitafio será sencillo y breve: ‘Profesor Hans Küng’. Desea ser recordado por su ‘oficio’: profesor. Lo recalca: ‘No he sido un profeta, sino un profesor’. D.E.P.”.

Sin duda, uno de los puntos de quiebre en su vida ocurrió en 1979, cuando Juan Pablo II y la Congreación para la Doctrina de la Fe le retiraron la licencia para enseñar teología católica. Esta prohibición fue el castigo a su postura crítica con la Iglesia y a su cuestionamiento de la infalibilidad papal. Por fortuna, la Universidad de Tubinga le conservó su cátedra y le creó el Instituto de Investigación Ecuménica del que fue director.

En los últimos años, a raíz de la muerte entre grandes sufrimientos de su amigo y colega Walter Jens, escribió sobre las decisiones al final de la vida:

“Según mi convicción cristiana, la vida humana, que la persona no se debe a sí misma, es en último término un don de Dios. ¡Pero, en cuanto a tal, vivir conforme a la voluntad divina es también tarea del ser humano! De ahí que esté a mi propia (¡y no ajena!) responsable disposición. Esto vale también para la última etapa de la vida, el morir. La eutanasia o muerte asistida es, pues, ayuda suprema para vivir. […] Así mantengo mi convicción, cabalmente como cristiano: ¡ninguna persona está obligada a soportar sumisa a Dios lo insoportable como dado por Dios! Eso que lo decida cada persona por sí misma, sin verse impedida en ello por sacerdote, médico o juez alguno”.

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