Carlos Reyes Sahagún /Cronista del municipio de Aguascalientes

En octubre de 1991, hace 30 años en estos días, el entonces director del Instituto Cultural de Aguascalientes, el sociólogo Jesús Gómez Serrano, me invitó, junto con otros autores -recuerdo a Pepe Domínguez, Ricardo Esquer, y a un personaje de teatro que escribía en El Heraldo, que si la memoria no me engaña, firmaba con el seudónimo de Daniel Moro- a hacer la crónica de la XII Muestra Nacional de Teatro, que se llevó a cabo en esta ciudad menos de un mes después de la inauguración del Teatro de Aguascalientes, en noviembre de 1991, y si la idea original de Jesús era producir un solo libro con los documentos que escribiéramos todos, al final decidió publicar el mío de manera independiente de los demás, dada la extensión, abundancia de datos y certeza en lo que ahí se contaba, situaciones, dinámicas, que en algunos casos habían sido protagonizadas por él. El libro se llamó, por si gusta usted buscarlo en la biblioteca pública más cercana, Aguascalientes se viste de Teatro, Crónicas de la XII Muestra Nacional de Teatro. Orgullosamente mi primer libro. ¿O fue el segundo?

En fin. A lo que voy es que con la encomienda recibí un gafete que me permitió meterme hasta en donde no me llamaban: teatros, escenarios, conferencias de prensa, entrevistas personales con diversos protagonistas, directores, actores, tramoyas, los mismos periodistas, directivos.

Destaco lo anterior porque esto me permitió conocer el Teatro de Aguascalientes; experimentarlo; vislumbrar ambas escenas, lo que el público veía y lo que ocurría tras piernas y bambalinas, lo accesible para quienes estaban sentados en el patio de butacas y en el balcón, y también aquello inaccesible, la maquinaria teatral, el montón de cosas que deben moverse para que se produzca la magia teatral, la manera cómo los personajes se transfiguran nada más entrar en la luz del foro, verlos primero en las sombras, deambulando de un lado a otro como monjes en un monasterio, metidos en el ejercicio de la concentración; obligados por el voto de silencio, reuniendo fuerzas para resistir la luz. Pero luego resultaba que en ocasiones era más interesante lo que ocurría en la oscuridad que en la escena. En fin, que fueron aquellos días de vértigo, inolvidables; nunca vi tanto teatro como en aquellas jornadas. En síntesis, fue aquella una experiencia mágica, decisiva, de mi incorporación a las filas de los discípulos de Talía, Melpómene y musas que las acompañan.

Ya tenía yo un interés por las artes, heredado de mis padres; de mi madre en particular, que era pianista de casa, pero de partitura -ahora la recuerdo interpretando el estudio revolucionario, de Chopin; haciendo denodados esfuerzos para alcanzar el tiempo del acompañamiento, que es arrebatado, intensamente apasionado; (¿habrá en música un tiempo denominado arrebatado?)- y acrecentado en los años transcurridos en la Unidad Iztapalapa de la sacrosanta y heroica Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México, en la que tuve el privilegio de estudiar (si a lo que hice durante aquellos cuatro años se le puede llamar estudiar). Digo que ya tenía yo un interés por las artes, pero claramente hubo un antes y un después de aquella muestra nacional, en la que pude conocer el Teatro de Aguascalientes por dentro y por fuera, pero también el Morelos, que aunque es el más respetable de nuestros recintos artísticos, y el más histórico de todos, no sólo por su antigüedad, sino también por la Soberana Convención Militar que ahí tuvo lugar, aquél me parece más interesante.

Pero me he desviado del tema central, que es la remembranza del Teatro de Aguascalientes con motivo de su trigésimo aniversario, y sin embargo le conté lo anterior porque ahora voy a recuperar un par de los textos que escribí en 1991 para el libro de crónicas de teatro.

El antecedente es el siguiente: Como suele ocurrir con toda obra nueva (lo vemos ahora con la espectacular Arena San Marcos) frecuentemente hay personas que la reciben con reservas, y que incluso la condenan. Generalmente las críticas que recibe disminuyen hasta desaparecer cuando dicha obra prueba su utilidad y es asimilada por el público. El ejemplo se multiplica al infinito, no sólo entre nosotros, sino prácticamente en cualquier parte del mundo.

El Teatro de Aguascalientes no fue la excepción: las impugnaciones estaban frescas en el transcurso de la reunión teatral, a la que por cierto asistió un buen número de periodistas de los medios nacionales, que desde luego buscaron sacar material de provecho de estas críticas.

El primer texto que ofreceré procede de la conferencia de prensa que ofreció el director del Instituto Cultural de Aguascalientes, Jesús Gómez Serrano, el 4 de noviembre, un par de días después de la inauguración de la muestra, aunque editada para facilitar su contextualización con el tiempo actual. El título del capítulo es el mismo que encabeza estas líneas, dado que de una u otra forma el teatro terminó convirtiéndose en el tema central de los cuestionamientos, aparte de las obras de teatro, etc. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).