Luis Muñoz Fernández

Siddhartha Mukjerhee, médico especialista en el cáncer y escritor, nos dice que cada época de la historia tiene una enfermedad representativa. Así, durante el Romanticismo, cobró relevancia la tuberculosis, portadora de un aura que confería a los enfermos una extrema agudización de los sentidos, acorde con tener los sentimientos a flor de piel. Para Mukjerhee, la enfermedad emblemática de la actualidad es otra:

“El cáncer es una enfermedad expansionista; invade los tejidos, establece colonias en paisajes hostiles… Vive desesperada, inventiva, feroz, territorial, astuta y a la defensiva; por momentos, como si nos enseñara a sobrevivir. Confrontar al cáncer es ponerse frente a una especie paralela, quizá aún más adaptada que nosotros para la supervivencia”.

Se afirma que Aldo Leopold (1887-1948), ingeniero forestal y precursor de la ética ecológica, llegó a decir que “el hombre es un cáncer para la Tierra”. Fuese o no de su autoría, es una expresión crudamente certera de lo que representamos para la delgada red de la vida que cubre nuestro planeta y que día a día se deshilacha y destruye a un grado que muchos expertos consideran ya irreparable.

Cuando a una persona le diagnostican cáncer suele reaccionar con incredulidad, negando que esté padeciendo esa temible enfermedad. De manera análoga, muchos seres humanos se niegan a aceptar que, ante el grave deterioro planetario que nosotros mismos estamos provocando, nos encontremos ya en una auténtica emergencia medioambiental, en una fase irreversible de nuestra carrera hacia el abismo y que no sólo nuestra civilización y especie están gravemente amenazadas, sino que la condena también se extiende, en mayor o menor grado, al resto de los integrantes de la biósfera. Gobiernos y ciudadanos nos empeñamos en negar la realidad.

Se requiere una gran madurez para aceptar el diagnóstico de esta situación. En eso nos pueden ayudar los filósofos estoicos. La negación se explica por varias causas, entre ellas la llamada “ecoansiedad” o “ecoangustia”, que la Asociación Psicológica de los Estados Unidos define como “un miedo crónico a la destrucción medioambiental”. Jorge Riechmann señala una causa que no solemos ver con facilidad: “Ese negacionismo tiene, entre otras raíces, los millones de dólares que sectores empresariales concretos han invertido desde las décadas de 1960 y 1970 para que seamos denegadores”.

Tal parece que somos víctimas del cáncer a la vez que somos células malignas para la salud planetaria. Nos dice Mukjerhee: “La célula cancerosa es un individualista desesperado… La palabra ‘metástasis’… es una curiosa mezcla de ‘meta’ y ‘stasis’ –más allá de la quietud en griego-, un estado sin amarras, parcialmente inestable, que hace eco a la singular inestabilidad de la modernidad”.

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