La vida actual nos impone un ritmo absurdamente frenético. Tarea tras tarea, pendiente tras pendiente, sin que haya un momento de reposo salvo el de la noche, cuando ya ni siquera quedan fuerzas para meditar y acabamos rindiendo la plaza al asedio del sueño que se cobra otra victoria más.

Así como a escribir se aprende escribiendo, sin menospreciar lo que pueda aprenderse en los talleres de escritura y de los consejos de los escritores consagrados, a leer cosas interesantes se aprende leyendo. Es decir, no es que uno esté a la caza de libros y textos, aunque puede estarlo, sino que los libros y los textos lo buscan a uno. A veces lo encuentran, a veces no.

Por eso me ha gustado tanto leer en El País un artículo de José Andrés Rojo titulado Plegaria para aguantar el horror, en el que me he enterado de la existencia de un personaje inventado por el escritor y periodista italiano Italo Calvino (1923-1985). El personaje en cuestión es el señor Palomar. Así lo describe José Andrés Rojo:

«Detenerse en las cosas, parar un momento, dejarse arrastrar por cualquier minucia, o darle una vuelta a cuanto ocurre pero sin una dirección precisa, ni con urgencia alguna por encontrar certezas o certidumbres. Delante del mar, por ejemplo, no mirar las olas, sino fijarse en una en concreto y seguirla con suma atención.Es lo que hacía el señor Palomar,el personaje de Italo Calvino: “Un poco miope, distraído, introvertido, no cree pertenecer a ese tipo humano que suele ser calificado de observador”.Italo Calvino nació hace 100 años, el 15 de octubre de 1923,y quizá no sea una mala idea acudir al señor Palomar para que nos acompañe de nuevo, o lo acompañemos nosotros en sus diferentes tareas y recorridos y reflexiones que son una manera de celebrar la vida, que tanta falta nos hace».

Calvino nos explica el origen de su personaje:

“La idea inicial fue la de construir dos personajes: el señor Palomar y el señor Mohole. El nombre del primero lo tomo de Monte Palomar, el famoso observatorio astronómico de California. El nombre del segundo es el de un proyecto de perforación de la corteza terrestre que, de llevarse a cabo, llegaría hasta profundidades todavía desconocidas de las entreñas de la tierra. Los dos personajes debían seguir direcciones opuestas: Palomar hacia arriba, hacia el exterior, hacia los aspectos multiformes del universo; Mohole hacia abajo, hacia lo oscuro, hacia los abismos interiores. Me proponía escribir diálogos basados en el contraste entre los dos personajes, aquel como observador de las pequeñeces de la vida cotidiana desde una perspectiva cósmica, éste sin más afán que el de decubrir lo que yace debajo para sólo contar verdades molestas”.

Al final, sólo escribió sobre el señor Palomar y comprendió que “Mohole no era en absoluto necesario porque Palomar era también Mohole: el lado oscuro y desencantado de aquel personaje que, bien dispuesto por regla general, anidaba en su interior y no tenía la menor necesidad de exteriorizarse en otro”.

Así, como dice Rojo, durante una temporada en la playa, el señor Palomar se fija con determinación en las evoluciones de una ola, una sola, desde su nacimiento hasta su disolución en la arena de la orilla, pasando por los cambios de color, la aparición y desaparición de su cresta espumosa, la división de sus frentes que da origen a nuevas olas recién nacidas. Igual se pregunta sobre el reflejo triangular de la luz solar en el mar con el ocaso, el efecto perturbador que, por los tabúes culturales de los que ahora es consciente, le provoca la observación del seno desnudo de una bañista que está tomando el sol, o la competencia entre el canto de los pájaros y el ruido de las cigarras que acabará imponiéndose mientras yace acostado entre los árboles en una calurosa tarde de agosto.

El señor Palomar escucha, mira, piensa y divaga sobre todo lo que le rodea. A través de ello, se ancla en la realidad circundante y celebra la vida. Su actitud contrasta hoy con la de tantos que, absortos en la contemplación de las pantallas, huyen y se refugian en un mundo inexistente.