Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Jueves 6 de enero de 2022. En Rincón de Romos tiene lugar el acto de inicio de la fiesta patronal de esta cabecera municipal, y quizá de una región de grandes proporciones que llega incluso hasta los Estados Unidos.

En la explanada entre el santuario y el mercado hay poca gente, comparada con la que se ha visto en otras ocasiones. No es para menos: el coronavirus no anda en burro, sino en el aire, y peor aún en este momento, en que la condenada pandemia toma nuevos bríos con su variante Ómicron.

De todos modos no habrá banqueta vacía a lo largo del recorrido de la imagen por el corazón de la urbe, que se lleva a cabo luego de la pausa del terribilis annus 2021, en que se hizo el ejercicio, pero en helicóptero, para que la gente no se expusiera. Como siempre, el crucifijo barroco será llevado en una ruta rectangular que va al norte del poblado, luego al poniente, después al sur, y finalmente al oriente un tramo muy corto, hasta la parroquia.

La explanada está fraccionada con vallas, y al lado oriente de la entrada al santuario se instaló un templete elevado en el que está tocando la Banda Sierra Bonita, de Villanueva, Zacatecas. La gente entra a cuentagotas al santuario. Han quitado las bancas y puesto una valla en medio, para que las personas entren por un lado y salgan por otro.

Como siempre, la imagen yace sobre una mesa. Está rodeada de flores y ligeramente levantada sobre un cojín en su parte superior para que todos puedan verla mejor. Pero a diferencia a, digamos, tiempos normales -si es que alguno lo es- ahora se han colocado cadenas de plástico que impiden que las personas se acerquen más de lo coronavíricamente deseable, e incluso besen la imagen, tal y como se acostumbra.

Los custodios, traje azul oscuro, camisa blanca, corbata roja, brazaletes rojos, una insignia metálica en la solapa y seriedad extrema, sostienen la cruz con pañuelos desechables, e impiden que nadie se acerque, y aquel que da indicios de querer hacerlo; de rebasar el límite, luego luego se le adelantan con un ademán para impedirlo.

Este grupo está integrado por unas 10 o 15 personas, y se encarga de todos los aspectos relacionados con el gran crucifijo, llevarlo en andas, montarlo en la plataforma, trasladarlo y, desde luego, protegerlo. Su accionar es preciso y silencioso, distante de cualquier alarde.

Va entrando la gente, y no faltan aquellos que parecen quedarse en puerta, o que avanzan muy lentamente, de tal manera que los custodios levantan el brazo invitándolos a acercarse; o quizá más bien a apresurarse, para que todo el que quiera, pueda hacerlo. Será el momento, la emoción de la necesidad; del sentimiento de desamparo que la pandemia nos ha dejado y se sienten intimidados, ¡quién sabe qué carga cada quien en la conciencia; en la espalda!

El que no se inmuta, y más bien parece sumergido en una profunda introspección es un perro que está echado en el lado izquierdo, a la mitad del santuario. De acendrada raigambre callejera, el animal tiene los ojos cerrados y está aovillado, indiferente a todo y a todos y, sobre todo, respetado por todos, que lo dejan estar ahí, en el lugar sagrado, sin molestarlo o echarlo a la calle. Ahí está, como uno más de los seres vivos que andamos por aquí, aparentemente dormido.

Entre tanto la banda Sierra Bonita es sustituida por la Marching band de los CECYTEA. Generalmente así la presentan pero en rigor es de Rincón, según me informa orgullosamente la maestra Alma Azucena Galván, directora del plantel.

Un mariachi, Los caporales, ha entrado en el pequeño templo. Sus integrantes se sitúan en la pared izquierda; se recargan, a la espera de que les toque tocar. Platican, acarician el instrumento, y esperan, y así están hasta que se arrancan, ¡asómbrate, chico!, con las Mañanitas, pero en versión corta. A esta sigue En tu día, buena música para celebrar “este día tan dichoso, tus amigos, parientes y yo”.

Inicia el traslado de la imagen hasta la plataforma que espera en la calle, Las incidencias de la maniobra son seguidas desde una pequeña tarima en la que una muchacha opera una pequeña cámara de video. Sale la imagen a la puerta e inicia el repique de campanas, los aplausos y el primer ¡Viva el Señor de las Angustias!

En la calle espera la Banda El Riel, que ante la aproximación de la imagen se lanza con, de nueva cuenta ¡asómbrate, chico!, las consabidas Mañanitas, que “hoy por ser día de tu santo, te venimos a cantar”; los clarinetes se oyen de maravilla, como pajaritos en mañanita llovida y verde.

Llegan los hombres cargando la pequeña imagen en andas, montada en un suelo, no de humilde tierra, sino de flores. La levantan y la acercan a la plataforma, la suben en unos rieles que introducen al Cristo de ojos entrecerrados en un compartimiento cuyas paredes son láminas de plástico. Fuera de este espacio, en la base se encienden varias luces giratorias. También accionan una máquina de esas que se usan en el teatro para generar humo, que dirigen a la imagen, de tal manera que pareciera que el Cristo ya viene a nosotros entre nubes, “para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin. Creo en la Iglesia, que es una…” (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

 

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