Moshé Leher

 Las grandes tragedias humanas, todas o la inmensa mayoría, comienzan con un ruidito, así como las más graves de las tragedias personales comienzan con un pequeño dolor, de esos que nos hacen pensar: no debe ser nada.

Por poner un ejemplo, el primero que me viene a la cabeza, pienso en un golpecito en el toldo de un viejo automóvil: era la bomba que lanzó Cabrinovic (esto no es broma, así se llamaba), contra la comitiva, rebotó, cayó al suelo y estalló lejos del sujeto del atentado, hiriendo de levedad a una veintena de entre los ociosos que estaban de mirones.

¿De qué hablo?

Más tarde: otro pequeño ruido: una detonación; cuando los allí presentes se dieron cuenta de que se trataba de una detonación, ya era tarde.

Hablo de Sarajevo, el 28 de junio de 1914, el complot se saldó con la muerte del archiduque Francisco Fernando y su esposa, Sofía, perpetrado por un grupo de nacionalistas bosnios y consumado de dos tiros por aquel Gavrilo Princip.

Lo que viene a continuación está de más, y los interesados tienen una amplísima bibliografía para ilustrarse: el juicio, la supuesta implicación de los serbios y la ‘Narodna Odbrana’, las exigencias y amenazas de Austria, la intervención de Rusia, la declaración de guerra, la intervención de Alemania, de Inglaterra, de Francia.

Todo por un pequeño ruido que terminó en una guerra mundial que, como dijo el valeroso soldado Svejk, no es poca cosa.

Un año antes que eso, luego de un pequeño carraspeo pasó algo igual o peor de terrible en Viena: un maestro o un funcionario, no tengo idea, le comunicó a un joven Adolfo Hitler que no podría presentar el examen de admisión a la Academía de Bellas Artes, que ya había suspendido meses antes, lo que significó que en lugar de un mal pintor, el mundo tendría un pernicioso Führer y, otra vez por un ruidito, otra guerra mundial.

No voy a abundar aquí en más ejemplos, pues conforme se hacen más grandes las sombras de las lagunas de mi conocimiento tendrían que encenderse las luces artificiales de mi imaginación y voy a acabar con la risita de Helena, que desató la Guerra de Troya, o mucho peor el ‘ts-ts’ de la serpiente ofreciéndole a Eva el fruto del famoso árbol.

Mis intenciones son más modestas, aunque mi tragedia es del tamaño de todas los dramas personales, de gravedad capital para el interesado, que suele ser la víctima.

Estaba yo bebiéndome un té con canela, cuando escuché un ruido como el de… No sé, un rumor de agua, un pequeño bramido líquido… Hay una voz en la lengua Wagiman -una lengua casi extinta en Australia-, un verbo, Murr-ma, que refiere a la acción de buscar algo en el agua con los pies. No sé cómo se conjuga.

Como vivo solo, descarté que alguien por allí, en otra habitación, estuviera jugando con agua; como no creo en aparecidos, descarté también que se tratara del alma en pena de un apache que hubiera vivido aquí hace quinientos años, lo que me llevó a pegar la oreja a la nevera, de cuyo interior venía este ruidito, que presagia, no una guerra mundial, pero sí que mi refrigerador está próximo a dejar de funcionar, en el mejor de los casos, o a estallar y dejar mi casa en escombros, en el peor de los escenarios.

Dado el primer escenario, y que se me echen a perder mis víveres, que se agarren los de la CFE porque voy a irles a cobrar o a dejarme morir de inopia a las puertas de sus oficinas -donde creo que ya solo hay cajeros automáticos que, seguramente, no se conmoverán ni de mi relato, ni de mi desfallecimiento. Dado el segundo, que esto estalle por los aires, mucho me temo que el suceso puede ser tomado como un acto de agresión de un extraño enemigo y el pretexto para una nueva conflagración, o por lo menos para otra de esas mortales peroratas mañaneras.

Y hablando de voces extrañas (estoy hojeando un hermoso compendio de voces intraducibles: ‘Lost in traslation’ de Ella Frances Sanders, hay una en Yidish, un sustantivo, ‘Luftmensch, que significaría ‘persona de aire’.

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