Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Animación majestuosa, resultados plebeyos.

Es la ley de la selva para la Disney en estos momentos, adoptando una actitud mercenaria y depredando sus clásicos animados (tres de tres tan sólo este año -“Dumbo”, “Aladdin” y ahora ésta- sin visos de freno en el 2020) para realizar versiones en acción real y con actores o mediante técnicas digitales como es el caso de “El Rey León”, una cinta que hace 25 años mostró una madurez narrativa, diseño de personajes y situaciones complejas e inteligentes y relativamente temeraria al mostrar cómo es posible adaptar el Hamlet de Shakespeare en un formato de animalitos antropomorfos que cantan, bailan y recitan diálogos graciosos o conmovedores con mucha convicción, con el sano fin de rellenar las arcas de la factoría del Ratón que se vaciaron considerablemente tras la compra de la 20th Century Fox. Y antes de que se me tache de cínico, reto a cualquier lector a encontrar una justificación en términos creativos y no estéticos, técnicos o comerciales del porqué existe esta cinta… adelante, aquí espero.
Bien, después de probar suerte con el formato live action y ganar las apuestas con “La Bella y la Bestia”, “La Cenicienta” y otras puestas al día de las inmortales animaciones producidas en las últimas seis décadas, el estudio Disney consideró que era el momento de desarrollar una cinta empleando escenarios naturales pero habitados por fauna creada por computadora y así llega “El Rey León”, dirigida por Jon Favreau, quien ya le legara a la compañía un gran éxito en la forma de “El Libro de la Selva”, cinta bien recibida por la crítica y el público hace pocos años que aplicaba una plástica similar a este nuevo proyecto, el cual ahora se ve desprovisto del sagaz guionista Justin Marks reemplazado por el menos avezado Jeff Nathanson, quien decidió que lo mejor era jugar a la segura y no cambiar gran cosa del guión original desarrollado por 27 escritores allá en el lejano 1994. El resultado sacrifica varios elementos ahora considerados políticamente incorrectos en aras de la homogeneidad y pasteurización narrativa que aleja cualquier ilusión de pathos en los personajes estableciendo una zona de confort para todo el equipo de producción pero incomodando al espectador al no mostrar algo ni por asomo novedoso.
En síntesis, la historia se sitúa en la sabana africana donde el león Mufasa reina con cordura al lado de su compañera Sarabi. Al nacer su hijo Simba, éste se convierte en el heredero de facto, situación impuesta cuando su progenitor muere a manos (¿O es garras?) de su hermano monomaníaco Skar, quien desea hacerse del trono junto a sus tropas de hienas, animales relegados en el escalafón eco sistémico. Instigado por su tío, Simba huye y deambula por el desierto hasta toparse con el suricato Timón y el jabalí Pumbaa, quienes le enseñan que la vida debe llevarse según Nietzsche, al momento y renunciando al pasado, credo sintetizado en el inmortal Hakuna Matata africano. Mas al pasar los años la situación se deteriora en la región de los leones y la amiga de Simba, Nala, logra escapar de ahí sólo para encontrarse fortuitamente con su compañero de la infancia. No sólo florece el romance, también el sentido de responsabilidad del futuro rey, así que decide regresar junto a sus amigos para recuperar su reino en una batalla definitiva con Skar y las hienas.
Todos los elementos que han prevalecido en la memoria de los espectadores quienes vieron la cinta hace años están aquí, pero el reciclaje en este caso no puede considerarse positivo al no generarse alguna perspectiva, postura o punto de vista novedoso, siguiendo los lineamientos narrativos básicos como si de un plano se tratara. La fastuosa animación, detallada e increíblemente fotorrealista, es más un elemento distractor e incluso constrictor, ya que el rango de expresiones de los personajes se percibe limitado al perseguir el director Favreau una aproximación lo más exacta posible a la fauna real que pretende retratar, mas Simba luce igual feliz o triste, y eso mina muchas de las posibilidades dramáticas de este proyecto, el cual no puede encontrarlas en una trama por todos conocida y que no logra o quiere desprenderse del material fuente.
De este modo la experiencia de ver esta película es una que produce hastío y frustración, pues al apegarse a tal extremo a la cinta original nos preguntamos constantemente cuál es el objeto de verla si da igual revisar la versión animada, por cierto superior en cuanto a exploración psicológica, muestra de puntos dramáticos muy efectivos y una plástica fluida, convincente y rica. “El Rey León” versión digital es un monarca que se derroca fácilmente a sí mismo por su falta de aspiraciones narrativas.

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