Luis Muñoz Fernández.

El pasado martes 30 de junio de 2020 se cumplieron 60 años de la independencia de la República Democrática del Congo. Con este motivo, el rey Felipe de Bélgica le escribió una carta a Félix Tshisekedi, presidente de aquella república africana, en la que le manifestó su hondo pesar por los actos de violencia y crueldad ocurridos hace poco más de 100 años, cuando el Estado Independiente del Congo era la propiedad personal de Leopoldo II de Bélgica, algo así como el “tataratío” del actual monarca. Por cierto, Leopoldo II era hermano de nuestra emperatriz Carlota, esposa de Maximiliano.

Es la primera vez que, mediante una carta privada, la corona belga reconoce su responsabilidad en aquella masacre en la que fueron asesinados unos 10 millones de congoleños. Sin duda, la misiva fue motivada por la reciente ola de protestas en torno a la muerte de George Floyd.

La disculpa real no debe pasar desapercibida. No sólo por ser inédita, sino porque es un ejemplo de la hipocresía que permea profundamente el mundo desarrollado –el rey actual sigue disfrutando el fruto del sangriento expolio de su antepasado– y una confirmación de que, como dice Leonardo Viniegra, las relaciones sociales en sus más diversas formas tienen como rasgo distintivo su asimetría, su desigualdad, es decir, la tensión entre señores y siervos que nace del ansia de dominio de aquellos sobre estos.

Lo que ocurrió en el Estado Independiente del Congo es una de las manchas más terribles y oscuras de la historia europea. Leopoldo II diseñó y ejecutó un plan pocas veces visto para apropiarse de una colonia a la medida de sus insaciables ambiciones, fingiendo como propósito llevar la luz de la civilización cristiana al corazón del África negra.

Mario Vargas Llosa, que escribió “El sueño del celta”, una novela basada en este suceso, se refiere así al monarca asesino: “Es una gran injusticia histórica que Leopoldo II, el rey de los belgas que murió en 1909, no figure, con Hitler y Stalin, como uno de los criminales políticos más sanguinarios del siglo XX. Porque lo que hizo en África, durante los veintiún años que duró el llamado Estado Independiente del Congo (1885-1906) fraguado por él, equivale, en salvajismo genocida e inhumanidad, a los horrores del Holocausto y del Gulag”.

Un hecho así no debe ser olvidado y merece una descripción más detallada. Así se hará.