Conforme transcurren los días, el país centra su atención en los problemas médicos y el advenimiento de problemas económicos; sin embargo, poco se habla sobre el gran reto que implica educar y ser educado en tiempos de Covid-19. Plasmo estas líneas, en mi carácter de alumno de un postgrado, pero al mismo tiempo como docente de estudiantes de la licenciatura en Derecho; encontrando en el tema educativo la mayor preocupación a largo plazo para el desarrollo del país.
México se ha caracterizado por contar con un sistema educativo público cuya posición en el ranking internacional se encuentra en los últimos lugares; aunado a ello, el sistema privado cuenta con deficiencias educativas. Dichas deficiencias abarcan desde la pretensión de generar dinero por parte de los maestros y/o inversionistas que se encuentran a cargo de la administración, hasta la pretensión de formar elites religiosas o dotar de cierto estatus social a sus alumnos.
Quizá suene un poco duro, pero el país enfrenta su mayor reto en la educación, que tras ya casi más de dos meses ha tenido que resguardarse en “aulas virtuales”, “video-escuelas” y en el peor de los casos la tecnología e infraestructura económica y/o digital ha obligado a las instituciones públicas y privadas a cesar actividades. Lo anterior, producirá brechas de desigualdad en la educación que poco a poco pondrán en evidencia que más del 60% de los alumnos mexicanos no se encuentran listos para recibir educación a distancia a nivel primaria, secundaria y/o bachillerato; pero también pondrá en evidencia que más del 80% de los profesores no se encontraban preparados para asumir su rol de maestros a distancia, ya que no son capaces de incorporar las tecnologías de la información a la experiencia pedagógica cotidiana.
Enfoquemos nuestra mente en imaginar la difícil tarea que representará impartir clase de matemáticas para un maestro de secundaria o bachillerato acostumbrado a tener un pizarrón como aliado y quizá habrá quien infiera que este iluso redactor no conoce la existencia de aplicaciones y dispositivos hardware para simular pizarrones en las aulas; sin embargo, la capacidad económica e inclusive tecnológica no es suficiente para que millones de mexicanos en educación pública y miles de miles de mexicanos en educación privada, cuenten con este tipo de sistemas en cuestión de días e inclusive meses.
Quienes deciden volverse críticos del sistema de salud mexicano, deberían también echar un vistazo al sistema educativo nacional que durante años ha tolerado fraudes y adquisiciones de softwares, pizarrones, tabletas y materiales inexistentes o poco funcionales; deberían echar un vistazo a un sistema educativo que cuenta con un servicio docente profesional que entrega todo por hacer de los niños y jóvenes unos virtuosos hombres de bien, pero que al mismo tiempo cuenta con miles de maestros que se han resguardado en sindicatos o centrales y buscan evadir a toda costa la certificación de sus capacidades a través de evaluaciones.
Quizá tras estas líneas, podamos comenzar a exigir acciones para enmendar las acciones en materia educativa. Se trata de que la brecha de desigualdad entre los propios alumnos no se haga más grande y llegué a un punto en el que sus efectos sean irreparables, se trata de exigir un orden y una colaboración entre todas las Entidades Federativas, la propia federación y las propias instituciones privadas, para priorizar el tema y evitar el retroceso.

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