“¿Wendy? ¿Querida? Luz de mi vida, no quiero
hacerte daño… sólo quiero aplastarte los &%*$
sesos…” Jack Torrance, en conversación

COLUMNA CORTENunca falla. Cada cuatro años tenemos que lidiar con el pandémico furor que genera un grupo de individuos sobrepagados tratando de patear una esfera barrocamente adornada con pentágonos monocromáticos, acaparando la atención de los medios e inculcando cierto temor entre los distribuidores cinematográficos a diseminar sus productos en las salas provincianas durante la gesta mercadológica denominada Mundial, una catarsis para la mayoría (la cual se evapora casi instantáneamente cuando se percatan de que un gol del Tricolor no resuelve la crisis, ni la inseguridad, ni las deficiencias educativas) y frustrante por lo ya mencionado para los cinéfilos.
Si a ello le añadimos una cartelera no muy variada (temporada de verano = opciones limitadas), entonces resulta imperativo generar actividad de rescate fílmica y reencontrarse con algunos títulos que nos permitan recordar por qué al cine se le conoce como “El 7o. Arte”.
Y qué mejor para estas fechas que uno de los grandes clásicos, tanto de la cinematografía contemporánea como de su director, el maestro Stanley Kubrick (quien nos dejara en la orfandad fílmica al fallecer hace 13 años): “El resplandor”, coproducción británica-norteamericana, distribuida por la Warner Bros. en el mágico inicio de la década de los ochenta, adaptando uno de los mejores textos de Stephen King (quien hasta la fecha clama anatema por el ultraje que supuso la imposición de la visión de Kubrick ante la historia original. Bueno, por algo lo llaman “adaptación”).
La historia posee una serie de matices que exploran los límites y capacidades de la figura paterna, a través de un relato eminentemente oscuro, con ribetes parapsicológicos en contraste con una ambientación donde el blanco marca la atmósfera y un dejo de ironía. Tenemos, para comenzar, a la familia Torrance: papá Jack (Jack Nicholson en una mítica -para algunos exacerbada- actuación), mamá Wendy (Shelley Duvall, quien padeció las de Caín durante la filmación debido al perfeccionismo de su director) y el pequeño Danny (Danny Lloyd, su debut y despedida por causas de intolerancia a la fama), quienes arriban al Hotel Overlook en las nevadas montañas de Colorado, con el fin de cuidarlo durante su temporada baja, ya que permanecerá cerrado y se requiere quien lo cuide. Ahí, Danny traba amistad con Dick Hallorann (el maravilloso y añorado Scatman Crothers), quien instruye al niño en el arte del “resplandor”, una habilidad psíquica que comparten y, al parecer, el pequeño proyecta y canaliza a través de un amigo imaginario llamado Tony (en la forma de su dedo índice) y sobre la misteriosa y prohibida habitación 237, donde al parecer pasó… algo.
Hasta ahí, todo normal. El hotel es inmaculado, gargantuesco y lujoso, con un lobby adornado por tapices indígenas policromáticos y formas romboides, pasillos abundantes, numerosas habitaciones y una hielera tan espaciosa que puede albergar desde incontables alimentos hasta un humano… como se verá después. En fin, el lugar posee muchas virtudes y un solo defecto: está embrujado, ya que ahí habitan las ánimas de antiguos huéspedes, un ominoso cantinero de nombre Lloyd, que trastornará gradualmente la psique de Jack y dos niñas gemelas que fueron ultimadas violentamente por su padre -el vigilante previo- con un hacha.
Todos estos elementos son fusionados soberbiamente por Kubrick para mostrar dos puntos fundamentales: 1) Lo frágil que resulta la psicología humana cuando se le somete a un aislamiento tan puro que ni siquiera la compañía de un ser amado es tal, y 2) Es factible parir un relato genuinamente terrorífico sin recurrir a gratuidades hemoglobínicas o golpes repentinos (gatos o palomas con síndrome de resorte o música estridente en momentos de tensión), tan sólo se requieren personajes creíbles y situaciones trabajadas con inteligencia.
Es así que papá Jack comienza ese proceso hacia los oscuros rincones del desquicio absoluto, mientras trata infructuosamente de escribir una novela (sólo logra escribir una y otra vez, en una secuencia magistral, la siniestra retahíla: “All work and no play make Jack a dull boy”), mientras su esposa trata de mantener unida a la familia y Danny… pues Danny tiene las manos llenas entre niñas fantasmagóricas mutiladas, una aparición femenina espeluznante que mora en el cuarto 237 y su padre, quien por fin se ha decidido a tomar un hacha…
La película resplandece literalmente gracias a un magnífico trabajo de fotografía por parte del veterano John Alcott, quien crea una serie de ambientes distintivos, equilibrando lo casi antiséptico con la violencia psicológica y que llegan a un punto culminante en el pavoroso clímax de la cinta, cuando el infierno práctica y literalmente se desata, logrando imprimir un sello plástico a la obsesiva visión de Kubrick.
Un extraordinario ejercicio en miedo helado que se torna más gratificante con cada revisión y una inolvidable experiencia para el cinéfilo novicio que, al final, se consolida como la opción perfecta para revisar este fin de semana adolecido por cartelera famélica… ¡Redrum!

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