Por Dra. Ednna Milvia Segovia Miranda

 En el marco del Día Mundial sin tabaquismo, la Organización Mundial de la Salud galardonó al presidente por los esfuerzos para restringir el consumo de esta droga en México. Se firmó el decreto que prohíbe la circulación y comercialización de los nuevos productos del tabaco conocidos popularmente como vapeadores y cigarrillos electrónicos. Poner el contexto de esta problemática es importante, porque la compartimos con otros países, además de que, con el pasar del tiempo, el uso del tabaco lejos de menguar ha ido acentuándose. Añádase a esto que los efectos dañinos del humo ahora se ven agravados por un sin número de agentes contaminantes ambientales. La adicción a los productos encargados de la combustión de tabaco y sustancias asociadas nos involucra sobre todo a quienes somos promotores, cuidadores y educadores de la salud pues representa un gran impacto en la salud pública.

Es muy frecuente que las personas comiencen a fumar durante la adolescencia; todos los días, aproximadamente, 3,200 niños y adolescentes comienzan a fumar. Esto no es gratuito. Tanto el tabaco como el alcohol son dos psicoactivos legales, de fácil adquisición. El vapeo es la inhalación del vapor que producen los sistemas electrónicos de administración de nicotina, siendo precisamente los cigarrillos electrónicos o vapeadores un producto muy consumido, porque, además, se piensan con una falsa sensación de inocuidad, pero suelen ser la nueva puerta de entrada a una continuación de conductas asociadas al tabaquismo, y, en ese sentido, los niños y los adolescentes son los grupos principales para intervenir en la prevención de estos hábitos nocivos.

Luchar contra una adicción no es simple y las industrias tabacaleras lo saben. Actualmente, estas empresas poseen más del 90% de la industria del vapeo. Y aunque quizá la literatura científica ha aceptado en algún momento el uso medicinal de vapeadores para que las personas que usan el tabaco dejen de consumirlo (siempre y cuando bajo vigilancia no exceda los seis meses y se reduzca la dosis paulatinamente), cualquier otro uso es una conducta adictiva y debe tratarse como tal. Sabemos que la batalla para retirar este mercado siempre ha sido con mucha resistencia, mucho dinero y mucha corrupción. Siempre habrá personas que alquilan, moldean y rentan su moral y sus principios para hablar a su favor. Es en esta batalla, donde tenemos que decidir de qué lado de la dicotomía estamos: a favor o en contra de una adicción que enferma, cobra vidas y genera inmensos costos de salud.

Y es que en el terreno individual, tanto el fumador como el vapeador son conscientes de su adicción, no pretenden llenar sus pulmones de alquitrán ni su sangre de nicotina, por supuesto que no quiere incrementar su riesgo de contraer cáncer, enfisema o ataque al corazón, no elegirían voluntariamente abreviar su vida ni lastrarla con achaques y enfermedades, tampoco es que tengan el deseo de molestar o perjudicar a la salud de sus parientes, amigos y colegas, ni siquiera a la de los desconocidos con los que accidentalmente coincide en algún lugar. Cualquiera que se informa debidamente sobre las consecuencias de vapear o fumar, piensa en abandonar, el problema es que no pueden. Aristóteles le llamaba akrasía (falta de fuerza de voluntad) debida a la presencia de las estructuras moleculares de la adicción en el cerebro. Pero esas cadenas moleculares no constituyen un destino inexorable, pueden ser rotas (aunque no fácilmente) mediante actos de libertad, de decisión reflexiva y bien informada.

La alarma general de las autoridades sanitarias en todos los países debería ser frente a la amenaza no sólo de los vapeadores sino del tabaquismo y sus consecuencias, pues el uso del tabaco, que en el pasado era un fenómeno social inevitable, se ha vuelto ahora un verdadero amago para toda la sociedad: tanto para los que lo practican como para los que lo sufren. Por lo tanto, debe combatirse con todos los medios.

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