Para mis profesores y compañeros de la maestría.

En la novela Rojo y Negro de Stendhal, el protagonista Julián Sorel es una persona resentida, llena de contradicciones e inseguridades. Proveniente de un medio social bajo, recibe una educación rudimentaria de manos de un clérigo. Destaca por ser capaz de recitar de memoria toda la Biblia en latín. Pero Julián también ha leído a Bonaparte y Rousseau y se ha impregnado de ideas liberales que alimentan sus aspiraciones y sus rencores.

Julián se convierte en preceptor de los hijos del alcalde, personaje rico del pueblo, y se va a vivir a su casa. Aunque lo respetan como maestro, para sus patrones no deja de ser un criado. Ofendido por el trato de inferior que le dan, su forma de vengarse es seduciendo a la esposa del alcalde; luego continúan sus aventuras repitiendo su comportamiento vengativo. Sin embargo, en su fuero interno, donde bullen las ideas de igualdad, lo que desea ardientemente es ser como ellos.

Al final de la novela, a las puertas de la muerte, Julián se da cuenta de que todo aquello que ambicionó y por lo que luchó durante toda su vida, no valía la pena.

Hoy podemos identificar a muchos Julián Sorel en nuestra sociedad.  A pesar de que la situación económica de la mayor parte de la población ha venido mejorando, la gran masa no ve la panorámica completa del país y del mundo, sino lo inmediato de su realidad y esa no le pinta satisfactoria ante la imposibilidad de lograr sus metas.

La sociedad está bombardeada por influencias que la incitan a actuar conforme a ciertas formas de vida y, sobre todo, a tener infinidad de cosas. Ello bajo el supuesto de que el alcanzar esos modelos de vida hará felices a todos.  El malestar se da por no tener las cosas o el estatus que los otros tienen, sin detenerse a preguntar si eso vale la pena o no.

En esta dinámica de insatisfacción y resentimiento, siempre se está a la búsqueda de chivos expiatorios para ver quien tiene la culpa de que no se cumplan los deseos de esa mayoría insatisfecha. Los villanos favoritos suelen ser los políticos y a ellos se acostumbra echar la culpa de todo lo que está mal en el país y en el mundo. También existen otros culpables como los que piensan diferente, los muy ricos, los intelectuales o los disímiles.

Esto lo han entendido muy bien los políticos modernos como Trump, aunque Hitler también lo entendió a la perfección. Por ello ha surgido el político antipolítico. Su habilidad para ganarse el favor de las masas resentidas consiste en presentarse como un no-político.

El no-político esconde su mal gobierno echando la culpa a sus adversarios. Lo hace insultando a todo aquél que no lo apoye y atacando a los chivos expiatorios favoritos: a los políticos del pasado y de siempre, así sea él mismo un político del pasado, a los empresarios, a los intelectuales, a los periodistas que lo critican, a los contrapesos institucionales que se oponen a su voluntad y, paradójicamente, a sus propios funcionarios de gobierno, sus subordinados, a quienes ataca reduciéndoles sueldos, quitándoles prestaciones y despidiendo a los más capaces.

  El no-político es además infalible, pues no tiene la culpa de sus errores, sino que siempre es culpa de los otros. Este personaje es capaz de mentir descaradamente todos los días con tal de desviar la atención de sus propias limitaciones e incapacidades.

Pero él no está solo. Su camarilla le obedece ciegamente porque son beneficiarios de grandes privilegios y de la enorme corrupción que se da tras la cortina de humo del juego de espejos que protagonizan.

Julián Sorel se da cuenta a las puertas de la muerte que estaba equivocado, que todo lo que perseguía era vano, que la culpa de su malestar no estaba fuera de él sino en él mismo. Quizás algún día, ante las puertas del hambre que sufrirán sus países, las sociedades se darán cuenta de que haber apoyado a los no-políticos tampoco les trajo la felicidad que buscaban.