Moshé Leher

Perdonadme si no salen las cuentas: efectos, perniciosos, de la pavada esa del cambio de horario (que el cielo confunda a los que engendraron tal molicie); el asunto es que si mis cálculos no fallan, en el 2002 la Semana Santa entró temprano, y terminó el 30 de marzo, en tanto el Pésaj terminó en jueves 4 de abril: 4 de abril del 2002, fecha que me interesa.

Hacía calor, mucho calor, creo que más que ahora y la noche de la víspera, al llegar a casa, a la casa en donde entonces vivía, tenía una tarjeta de Ramón Bernell, quien estaba por la ciudad en una feria del mueble, creo recordar; sería el día después el último día que vi a Ramón antes de que se volviera a Valencia, donde le encontré algunos años más tardes, quizá en el 2012.

Esa noche de miércoles cenamos en casa, la madre de mi hijo y dos amigos que formaban un matrimonio de catalanes ya extinto, también: Isabel y Martí. Cenamos pizza, para entretener la espera: el día siguiente a las 8 estábamos citados en una pequeña clínica de maternidad por el rumbo de Los Bosques, donde nacería mi hijo.

No paso mucho por allí, pero hace años que la maternidad citada fue sustituida, como todo en ese rumbo, por una tienda de chucherías, una clínica falsamente llamada de ‘estética’, una heladería o un café… Vaya usted a saber. Poco después llegó al lugar, mi recordado amigo, también ya ido, Miguel Ángel Mejía, quien fue el pediatra que, a petición suya, recibió al nuevo habitante de la tierra.

Se quejó de lo tempranero de la intervención, se cambió con ropas quirúrgicas y todos los involucrados entramos en el salón de partos: el ginecólogo, el pediatra, un anestesiólogo, una enfermera y yo que llevaba una pequeña cámara de videograbación que no tenía idea de cómo operar.

Aunque dicen que es milagroso yo ese parto lo viví con una mezcla de espanto y ansiedad, hasta que, en circunstancias que no vale la pena detallar, nació un niño larguirucho, que pronto comenzó, cual se debe, a dar berridos.

Poco después una llamada de Andrés Reyes sentenció:

-Ya nació el que te va a meter en la cárcel -por aquella película de Fernando Soler (el mítico Cruz Treviño) y Pedro Infante (el ínclito Silvano).

El asunto es que pasaron 20 años ya, y mientras escribo esto el joven zarévich, antes Silvano, festeja en algún lugar de por Malasaña, en una ciudad lejana con sus amigos, en una noche que, me ha dicho antes, está fresca y lluviosa.

Como resulta obvio el muchacho no me ha metido a la cárcel -no todavía-, y al parecer no tiene intenciones -no todavía- de hacerlo, por más que, como todos, por lo menos los que están medianamente enterados de qué se habla, no puedo jactarme de ser el mejor de los padres.

Hace rato, cuando hablábamos en una videoconferencia -cosa casi inimaginable hace dos décadas-, le decía, por tirar del tópico, que hace 20 años recibía de la vida el mejor regalo, lo que es cierto en parte, porque si algo entendí siempre es que aquel bodoque que llegaba no era ni regalo, ni de ninguna forma propiedad mía.

Todo aquel mundo donde él llegó ya no existe más, sobra decirlo, aquel optimismo del nuevo milenio se ha esfumado, entre pandemias, crisis y guerras, y en lo que respecta a mi mundo ya no es más el de hace veinte años; a él las cosas le han ido mejor, pués sabiéndose ave viajera, hace ya casi dos años que decidió que era hora de volar. Y volando está.

Ningún mérito mío hay en eso, pero me jacto de que lancé al mundo a un joven educado, formal, estudioso y dedicado hasta la obstinación, al que le deseo que sus sueños, que bajo ninguna forma pueden ni deben ser los míos: él trazó su camino y se puso a andar.

No hay mérito, digo, en que me haya salido un hijo bueno; de hecho, lo he dicho, yo la tuve muy fácil, pues sólo tuve que hacer justo lo contrario de lo que a mí me dijeron que era la educación de un hijo: ni gritos, ni golpes, ni frustraciones, ni violencias de ningún tipo; me bastó con quererle mucho y obrar en consecuencia, sabiendo el daño que un energúmeno puede causar en la personalidad de un niño.

Espero por lo menos que, mientras él cumple sus objetivos y va logrando sus metas, se le pase de la cabeza la idea de meterme a un calabozo.

¡Shavúa Tov!

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