Moshé Leher

Como en el cuento de Monterroso, despertamos el lunes y el dinosaurio sigue allí; y así seguirá, mucho me temo.

Por lo pronto yo me fui enterando, casi sin querer, del desarrollo y los resultados de la jornada electoral del domingo, cuyo análisis dejo para mentes más agudas que la mía, con el alivio de que, por primera vez en tres décadas, esta vez no tuve que estar encerrado en ningún bunker revisando y procesando resultados de unas votaciones con las que (casi) concluye un proceso lamentable, donde lo que se juega es ver quién es el que, para los próximos años va a tragar más pinole.

Mi querido y admirado Eudoro Fonseca me dice que en mi artículo anterior bien pude hablar de Suetonio (del que me ocupé en un artículo anterior) y de Elías Canetti y su ‘Masa y poder’ –y que de cualquier manera me gusta más como aforista, y me entretiene más como un odiador profesional, por ejemplo en Fiesta bajo las bombas-; el asunto es que si sigo por ese camino, el del análisis sesudo del poder, mucho me temo que tengo que remitirme a Caín y a Abel, para en algún momento llegar a esa piedra en el camino que es Hegel, donde suelo perderme (y quedar como un bembo).

A propósito de Canetti, y de Caín y Abel, uno de sus aforismos y que cada quien entienda lo que quiera: “Sigo sin saber por qué se ama más a un hermano que a cualquier otro hombre”.

Volviendo al asunto del poder, da en el clavo mi hijo, quien desde Madrid me recuerda aquel pasaje de ‘Jacques el fatalista’ de Diderot, en que Jacques pregunta a su amo si no ha reparado en la ironía de que los más miserables, los que no tienen ni para llevarse un trozo de pan a la boca, tienen siempre un perro (y una pantalla de 50 pulgadas, hoy en día), para concluir que se trata de las ganas, hasta de los más desposeídos, de mandar sobre otro.

Yo, que no me gobierno ni a mí mismo, sigo sin entender del todo esa ansia que domina a tantos por tener cualquier cargo o posición dónde mandar sobre uno, sobre diez o sobre millones, por lo que nunca entendí mi antiguo oficio de periodista como un privilegio. Esa convicción mía, que sostengo, debe ser la causa principal de mis cuitas.

Comentaba, para no irme de nuevo por las ramas, que de cualquier manera consideraba lamentable que esa voluntad de poder nos trajera de vuelta a cartuchos quemados para la política electoral, tales los casos de la señora citada el viernes, el ex gobernador Reynoso y el fulanito que todavía el sábado aseguraba que estaba en el segundo lugar de la contienda por la capital. ¿De verdad se pensaron que el electorado les iba a premiar por aclamación?

Aquí es donde digo, debo decir, que tampoco es que el candidato panista posea ninguna virtud ejemplar y que si se le votó, hasta donde entiendo, fue como el menor de los males futuros posibles, pues como electores y ciudadanos los partidos de la oposición nos obligan a aceptar una democracia famélica, basada en hechos consumados y en la disyuntiva atroz de tener que optar por los menos malos, entre una tropa de malosos.

Usar para entender estas lamentables realidades a Canetti, Suetonio, Tácito, Maquiavelo y a quienes quieran y gustan, se traduce en tratar de usar baterías aéreas y artillería pesada para tratar de tirar aviones y tigres de papel.

Como sea, para actualizar a Canetti, yo sugeriría a esas mentes agudas que tratan de encontrarle la cuadratura al círculo de nuestra política y al penoso fenómeno de AMLO y su todavía amplio (y al parecer inexplicable) apoyo, recurrir a McLuhan, que explica cómo este asunto de las redes alteró, para mal a mi entender, la relación entre la sociedad y los que dicen ser sus representantes.

El doctor Salvador Camacho también comenta mis líneas anteriores y dice que es una pena que me retirara; no es por corregir a nadie, pero me retiré porque no me dejaron de otra; eso me lleva a otro asunto capital, el de los compañeros de viaje, pues yo primero mudo y retirado que obligado a retozar en ciertos muladares, lo que equivale a decir que yo seré lo que quieran y gusten, pero huyo de ciertas compañías como se huye de la peste, la roña y, hoy por hoy, del COVID-19.

Shalom.

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