Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Mi maestro Don Ignacio Burgoa Orihuela escribió muy joven su obra monumental “El juicio de amparo”, escribió luego otras obras menores, entre ellas una dedicada a analizar el proceso de Cristo desde la perspectiva de las garantías individuales en la segunda mitad del siglo XX. Empeño vano, por una parte y frustrado por otra. A las personas y a las instituciones hay que juzgarlas en su época, de otra manera se comete un error, diríamos, de paralaje histórico. Condenar a la inquisición por sus métodos crueles y tormentos inhumanos es perder la perspectiva de que, en su época, fue un tribunal benévolo, que regulaba exhaustivamente los tratamientos físicos para obtener la confesión a casos muy específicos y determinados, cuando existía contumacia o ante la evidencia de declaraciones contradictorias y retractación de confesiones. Vista con la lente garantista no resiste el menor análisis. Con la perspectiva antropológica habría que ubicarla en su época, comparar sus procedimientos con los de otros tribunales tanto de España y sus dominios, como de los otros países europeos, ya no digamos de los musulmanes o los más lejanos de Asia.

Burgoa dedica gran parte de su opúsculo a la transcripción y glosa de un texto literario que es el “Alegato de Nicodemo” que corresponde supuestamente, al alegato defensivo que habría hecho el hijo de Gamaliel, Nicodemo ante el Sanedrín, muy bien estructurado con una buena lógica jurídica, con algunas incongruencias, pero, sobre todo, sin ninguna referencia confiable a su intervención en el proceso de Cristo. Más aún, los evangelistas sinópticos: San Marcos, San Mateo y San Lucas, no le mencionan. Sólo el Evangelio de San Juan hace referencia a Nicodemo, aludiendo a algunas (dos) pláticas con el Señor y luego presente en el entierro.

Hay un evangelio apócrifo de origen gnóstico judío, el de Nicodemo, que recoge precisamente la narración de su papel como defensor ante el Sanedrín y su alegato que, después ha sido recreado literaria y jurídicamente, creando una pieza interesante que, poco o nada tiene que ver con los escasos datos del documento apócrifo. Merece la pena señalar que durante la Patrística muchos de los prelados consideraron herético el texto del Evangelio. San Agustín sí hace reflexiones a partir de las referencias de San Juan, construyendo un diálogo que le da pie para reflexiones teológicas, pero nada en referencia al mencionado alegato. No hay apoyo histórico para considerar el texto, tampoco lo hay para tomarlo como apegado a los procesos de la época.

Los evangelios son parcos en los aspectos formales y jurídicos del proceso. Lo relevante es, el cumplimiento de las profecías y el sacrificio del Hijo del Hombre. El fundamento del cristianismo que es la resurrección y por supuesto la redención. Admitiendo, desde luego, que lo relevante es la doctrina y dejando intocado al dogma, no deja de ser interesante analizar algunas circunstancias del proceso, especialmente las que tienen que ver con la intervención de la justicia romana, de la cual tenemos abundante bibliografía y estudios concienzudos.

Merece la pena destacar el hecho de la coexistencia de los dos procesos: el judío y el romano. Seguramente una de las claves de la larga duración y amplia extensión de la dominación romana, fue que los conquistadores permitieron la permanencia de las instituciones religiosas y gubernativas de los pueblos conquistados con algunas limitaciones claras y básicas. Los pueblos no podían conservar sus ejércitos, sus autoridades conservarían facultades de enjuiciamiento pero no de ejecución, sus instituciones podrían operar siempre que no entrasen en conflicto con las romanas, el pago de los tributos era requisito sine qua non para que las autoridades locales continuaran operando y, finalmente, el reconocimiento a la máxima autoridad y la última palabra del Emperador.

Las autoridades judías inquietas por la prédica de Jesús, que se apartaba de la ortodoxia y el gran número de seguidores que lo acompañaban y creían en sus palabras, determinaron su aprehensión y juicio por ir en contra de las enseñanzas mosaicas, pero eso no era bastante para convencer al Prefecto romano, había que acusarle también de atentar contra Roma, su emperador y sus autoridades e incitar a la rebelión.

Aunque la tradición judía señalaba que la Pascua se celebraba el jueves, la narración del los evangelios sinópticos nos muestra que en una sola noche no pudo haber sido aprehendido, hecho comparecer ante los sumos sacerdotes, asistir al proceso en el Sanedrín, condenado y presentado ante Poncio Pilatos y ser crucificado a toda carrera antes del inicio del sabath. Una explicación plausible es que Jesús habría pertenecido a la secta de los esenios a la que habría sido incorporado por el bautizo con agua (uno de los rituales esénicos) por su primo Juan el Bautista. Los esenios celebraban la Pascua el miércoles. De ser así la cronología sí se ajusta a la narración bíblica.

Condenado por el Sanedrín no podía ser ejecutado sino previo consentimiento del Prefecto y por los soldados romanos. Pilatos sin duda no le vio como reo romano, pero tampoco le importó demasiado su muerte. Es dudoso que hubiese planteado la opción de permutar a Jesús por Barrabás. Barrabás era un agitador conocido, levantisco, que había encabezado varios intentos de rebelión según el historiador judío Flavio Josefo. Difícilmente Pilatos se hubiera arriesgado a liberarlo. La crucifixión era una pena infamante, reservada para los criminales, la apostasía sin duda era un crimen para los judíos. La cruz romana no es la que la tradición religiosa ha conservado. La cruz romana en forma de “T” se integraba con el “patíbulo”, la vertical que se izaba en el lugar de la ejecución y la “furca” el travesaño que es el que cargaban los reos, amarrado a sus brazos y que se clavaba sobre el patíbulo.

El proceso y ejecución de Jesús de Nazareth fue tan poco relevante para Roma que no figura en sus “anales”, sin embargo su muerte y su enseñanza dividieron la historia y dos mil años después nos sigue conmoviendo. Su doctrina, en sí misma valiosa, será sin duda un buen motivo de reflexión en esta Semana que, por sensatez deberíamos guardar como se acostumbraba. No habrá nada más importante que hacer.

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