Luis Muñoz Fernández

Llevamos casi un año concentrados en cómo enfrentar la pandemia y no cabe duda de que empezamos a cosechar algunas esperanzas encarnadas en las nuevas vacunas. La ingente información derivada del tema, una mezcla de ciencia y superstición propia de nuestros días, ha girado sobre todo en torno a sus facetas médica, de la salud pública y económica.

Sin embargo, existen otras dimensiones de la pandemia que están en su raíz y que abarcan mucho más que lo meramente médico y socioeconómico. Tienen que ver con el encaje de los seres humanos en la naturaleza, porque es precisamente ahí donde todo parece haberse originado. Si no atendemos pronto estos aspectos, sufriremos nuevas amenazas biológicas cada vez con mayor frecuencia.

El pasado miércoles 6 de enero de 2021, la prestigiosa revista científica inglesa “Nature” publicó un editorial titulado “Una era pandémica”, en el que dice que “necesitamos saber si la COVID-19 es un fenómeno aislado o es la expresión de una tendencia subyacente que requiere una reflexión profunda y la capacidad de realizar cambios”. La respuesta apunta claramente a la segunda opción y se basa en el trabajo que ha desarrollado el panel de expertos que integra la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, por sus siglas en inglés).

Hoy está bastante claro que la pandemia se disparó a consecuencia de una perturbación ecológica provocada por el ser humano. El “desbordamiento” de un virus que habitualmente permanece silente en el interior de un animal no humano (reservorio) y que, debido a nuestra irrupción en los espacios naturales donde vive, “saltó” y se ha propagado en nuestra especie como fuego en la yesca, con las consecuencias que todos estamos padeciendo.

El editorial concluye que “salir de la era pandémica requerirá cambios profundos y una revaloración fundamental de nuestra relación con la naturaleza. En concreto, reducir nuestro consumismo insostenible, causa de las alteraciones medioambientales globales que llevan a la pérdida de la biodiversidad, el cambio climático y la aparición de las pandemias”.

No somos “la cúspide de la creación” –otra idea religiosa errónea–, sino uno más entre los seres vivos, sólo que, al gozar de un nivel de conciencia supuestamente mayor, tenemos una responsabilidad particular: ser los rectos administradores, no los reyes soberbios, de una biósfera vulnerable y finita. Explotarla y destruirla como hasta ahora nos conduce irremediablemente a nuestra propia ruina.

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