Moshé Leher

Respetuoso que soy de las leyes que, más o menos, evitan que nos comamos unos a otros, no me pronuncié en la pasada campaña, aunque ahora puedo decir que difiero, y profundamente, de los que sostienen que nuestro asno trágico es una amenaza o un peligro para México… peligro: un volcán en estado de latencia, un tigre en una jaula que está a punto de ceder, un meteorito que puede, o no, caernos sobre las cabezas; el señor no es una amenaza sino una desgracia.

En este sentido debo decir, para ser honestos, que soy de los que me llevé un susto de muerte al ir a votar a una casilla vacía, al enterarme de que la gente no estaba saliendo a votar, y de los que, ya en la noche respiré aliviado cuando era ya una certeza la derrota de MORENA.

En el mismo tenor debo decir, ya que ando de claridoso, que yo tengo un especial respeto por la maestra Nora, aunque entiendo que se equivocó cuando basó su campaña en su cercanía con López O., pues sabemos que muchos de los votos que obtuvo la candidata ganadora fueron más contra el presidente que a favor de esa coalición antinatura entre priistas y panistas.

Ya entrado en materia, debo decir que no hay que desdeñar el crecimiento del voto de la llamada izquierda (que no es izquierda, si lo fuera en verdad yo sería uno de sus más fervientes partidarios; ya Octavio Paz se lamentaba en el 78, en el ‘Ogro filantrópico’ de la ausencia de una tradición de izquierda en las frágiles democracias iberoamericanas, especialmente en la nuestra), que pasó en poco tiempo de su tope del 10%, al veintitantos que logró en los pasados comicios el impresentable de Arturo Ávila y consiguió ya una tercera parte del voto, por lo menos de la mitad de los que sí se tomaron la molestia de ir a las urnas.

Aquí una de mis digresiones, fruto de mi mente vagabunda -y cada vez más desmemoriada-, pues recuerdo que yo hace 5 años fui nombrado a un cargo de alguna responsabilidad, tras lo cual llovieron las felicitaciones, las invitaciones, las cartas elogiosas; por cierto de personas a las que no les he vuelto a ver el polvo.

A mí no me entusiasmó nada: básicamente me entregaban, suponiéndome méritos ignotos, el timón de un barco que hacía agua, qué se hundió irremediablemente y que me llevó a la ruina. Si lo hablamos en términos bíblicos, cumplí el papel del famoso y miserable chivo expiatorio (ver Levítico 16).

Hasta aquí el paréntesis.

Digo esto porque cuando se proclamó el triunfo de Tere, vi escenas que ya no entendía si eran las de un grupo festejando haber ganado el ‘Gordo’ de la Lotería o el campeonato mundial de balompié, y no una contienda política.

Y es que el que gana la lotería, el Mundial de futbol, o el oro olímpico de los 100 libres, agarra su premio y se va a disfrutarlo, sabedor de que recibió la visita de la elusiva Fortuna, en el primer caso, o que consiguió un logro con base en méritos y esfuerzo, no en circunstancias que tiene que ver con… Con asuntos más bien miserables.

A mí mañana me hablan y me dicen que voy a ser gobernador, aunque sea de la ínsula Barataria, y no vuelvo a pegar ojo en mi vida; más que eso, si soy un poco sensato, agarro mi maleta, echo lo que le quepa dentro y si los vi, no los conozco, pues en el primer avión disponible me marcho a Vinarós a convertirme en pescador.

Saber que, en seis años, soy responsable de la seguridad de un millón y pico de personas, de su salud, de su educación, de ofrecerles transporte… en síntesis: de sacar al buey de la barranca, no me parece un premio de nada, sino una especie de castigo, agravado con el hecho de tener que tratar con diputados, con lambiscones, con señores que buscarán ver cómo desfalcan la hacienda pública, con una oposición gritona y un presidente hostil…

Extraño me resulta, y cada vez más, esto de volverse loco por el poder y venderle el alma al diablo para conseguirlo pero, ya ven, así salí de raro, y desde chiquito.

¡Shalom Shabat!

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