RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Aunque no se quiera, el tema de la semana volvió a ser el del desabasto de gasolina. Terminamos una semana en verdad difícil para la totalidad de consumidores de carburantes. Lo que se pensaba iba a ser sólo un conflicto de unos cuantos días ya se alargó. La desesperación se ha enseñoreado en el ánimo de todos los que utilizamos las gasolinas. El jueves pasado acudí a la gasolinera Mobil, ubicada en avenida Universidad, a un costado del DIF Municipal. La fila era enorme, iniciaba en la avenida Universidad, continuaba por la avenida Silvestre Gómez y daba vuelta hasta llegar a la avenida Guadalupe González y retornaba por ahí mismo hasta llegar a la gasolinera, fácilmente iban 500 vehículos adelante del mío. Cuando le entré a la fila ya no pude retirarme, ya estaba en medio del maremágnum de automotores y no había de otra más que darle para adelante. Esa vueltecita me llevó casi dos horas para entrar triunfante a la gasolinera. En el congestionado trayecto no faltaron los gandallas -hombres y mujeres- que en las bocacalles del trayecto trataron de meterse a la fila ¿y qué cree? ¡sí los dejaron meter! En efecto, los conductores que como yo ya llevaban más de una hora a vuelta de rueda, cedieron ante los que después deben de haber presumido los que no hicieron toda la fila y se pudieron meter porque alguien muy “buena gente” les dio chance de entrar a la fila ante el enojo de los que venían atrás. Lo que sí se me hizo muy dramático fue lo que parecía una escena de país tercermundista, bueno, en realidad eso somos: En el interminable recorrido vi cómo algunos choferes iban empujando sus vehículos, pues ya se habían quedado sin combustible. Eran tres camionetas pick up, en una iban cuatro muchachos empujando, así que la llevaban más o menos cómoda. En otra iban dos señores empujando, pero en otra ¡sólo iba el que conducía! Así que el pobre iba sudando la gota gorda y eso que a esa hora, las 9:30, estaba nublado y lloviznando. El muchacho iba empujando su camioneta y con una mano controlaba el volante. Eso la verdad sí me dio mucha pena, pues el esfuerzo era grande y ni cómo ayudarle pues todos íbamos “marchando”, y en todo el trayecto no hubo un alma, de la gente que iba caminando por las aceras, que se compadeciera y le echara una manita. A esas camionetas se les acabó la gasolina cuando iban en la fila, o sea que iban a cargar casi con el puro aire. Creo que debieron haber previsto esa situación e ir a cargar un poco antes de que se quedaran sin nada de gasolina. Pero uno no sabe las causas, a veces porque en el momento no se tiene el dinero. Cuando llegué ante la bendita bomba de gasolina ¡sentí un alivio! Y eso que traía más de un cuarto de tanque. En ese momento recordé que López Obrador dijo en una de sus conferencias mañaneras que no se realizaran compras de pánico, que si todavía se traía combustible no ponerle más para evitar que se acabara pronto en las gasolineras, que dejáramos que le pusieran los que casi ya no traían. Pero pensé: “no, ¡al rato voy a venir puchando la camioneta como esos de las pick ups!

Qué dura situación en verdad. En el trayecto un pensamiento me atormentaba: “No se vaya a terminar la gasolina antes de que yo llegue, pues si eso pasa ¡qué friega!, tanto rato para nada”. Pero no, sí alcance a llegar a la bomba sin que se cumpliera mi mal pensamiento. Pero me vino otro pensamiento negativo: “Nomás falta y no haya gasolina de la ‘roja’, que es de la única que le puedo poner a mi carro; la verdad no sé qué le pasaría si le pongo de la verde, pero en el instructivo y en la puertita en donde está el tapón tiene una calcomanía de buen tamaño que advierte que sólo se use gasolina Premium, por lo que me imagino que si le pongo de la verde empezará a fallar el motor o a lo mejor algo le puede pasar. Así que ya se imaginará usted el estrés al ir pensando en esas posibles contingencias en el trayecto de casi dos horas. Cuando ya me estacioné a un lado de la bomba mis temores volaron: ¡Sí había gasolina y sí había de la roja! ¡Qué alivio! Cuando salí de la gasolinera sentí que me había quitado un peso de encima, pero luego regresó otra vez la preocupación, pues pensé que dentro de algunos días iba a volver a padecer ese peregrinar estresante cuando la aguja del tablero me marcara que ya iba cuesta abajo y que había que ir pensando en ponerle otra vez gasolina.

Mi mujer y yo tenemos dos compromisos próximamente fuera de Aguascalientes, uno en León y otro en Guadalajara a principios de febrero. Sin embargo ante esta situación, la cual no se sabe cuando se solucionará, trastoca la vida, los planes y la tranquilidad. La impotencia en la gente es latente y aunque uno quiera tomar las cosas con calma, la verdad no se puede pues la vida sigue, continúa su diario ajetreo, no se puede parar la actividad cotidiana, el ir y venir, los compromisos, el trabajo, las citas médicas, etc. No se concibe que un país que exporta miles de millones de barriles de petróleo y que gran parte de su riqueza esté basada en el petróleo que sacamos de sus entrañas, precisamente esté padeciendo de desabasto, aunque el presidente diga que no es desabasto, pero si en las gasolineras no abastecen gasolina, pues eso se llama desabasto. Ahora sí que estamos como el perro del carnicero. Preocupa que la estrategia del presidente, si es que en algún momento tuvo alguna estrategia, no haya sido bien planeada; que no se haya manejado una logística adecuada para no parar la vida productiva de una gran parte del país. Cuando vemos muy temprano por la mañana las conferencias de López Obrador acompañado de parte de su gabinete, al verlos en vez de dar confianza, se siente más bien lo contrario al observar la cansada cara de los venerables funcionarios.

Lo sorprendente es que a pesar de todos las molestias y contrariedades que se ha padecido con este problema, el resultado de algunas encuestas ha sido favorable para la imagen del presidente. La gente lo apoya a rabiar. El 8.2 aprueba lo que está haciendo y la manera en que lo está haciendo. ¡Ese porcentaje de aprobación es mayor al que obtuvo cuando ganó la elección del pasado 1° de julio! La gente le ha dado su confianza a ojos cerrados en esto que él llama la lucha contra la corrupción, en el robo de gasolina. Desde luego que mucha de la gente encuestada no tiene algún tipo de vehículo y no sufre de manera directa el desabasto, pero como quiera que sea algo le toca del problema, como puede ser el aumento en el costo de algunos insumos o alimentos, o el aumento en el costo de los taxis, y ya no se diga los ubers, esos sí se están mandando y recuerde usted que el producto más caro es el que no hay, en este caso la gasolina. Y en este asunto hay vivillos que están haciendo su agosto impunemente sin que la gente respingue, pues el motivo por el aumento es evidente y tema cotidiano.

Hoy iniciamos otra semana y el principal deseo es que a este problema se le vea la luz al final del túnel.

FILIBERTO RAMÍREZ LARA SE INTEGRÓ AL GOBIERNO DE LA CD. DE MÉXICO

En días pasados se comunicó conmigo Filiberto Ramírez Lara, amigo de toda la vida, servidor público de reconocida capacidad, que ha trabajado en Gobernación, en el área de Migración y Seguridad Nacional -CISEN-. En Aguascalientes fue secretario de Seguridad Pública, director de la Policía Preventiva y Tránsito. Estuvo de titular de Reglamentos Municipales, así mismo en el equipo de Marcelo Ebrard cuando López Obrador fue jefe de gobierno en el D.F. En fin, un cúmulo de cargos en el gobierno tanto federal como estatal y municipal. Hoy lo han sacado de su letargo y ya se incorporó al equipo de Claudia Sheinbaum y está colaborando en el Gobierno de la Ciudad de México. Sin duda le irá bien, pues siempre ha sido un funcionario público eficaz, entregado a su trabajo y de reconocida capacidad.