Moshé Leher

¿Qué tontería es esa de feliz vuelta solar? Ya era chocante eso de las mañanitas y ahora esa bobada… Sí, está bien, el planeta completó una vuelta alrededor del sol, pero como dijo mi querida comadre Clara Müller: ¿Y eso qué? Créanme que cuando yo nací, que fue un día cualquiera entre otros, un poco más fresco pues ya estamos en plena temporada otoñal, la tierra ya tenía millones de años dando vueltas, elípticas si Kepler no se equivocó -y creo que no-, sin que eso tenga nada que ver conmigo, pues lo mismo da el 4 de abril que el 12 de agosto, que el 11 de noviembre.

Yo ya no le pongo mucha atención a estas cosas, en el entendido que ni más sabio ni más nada, pues lo cierto es que uno se va poniendo viejo, de tal manera que lo mismo da que la credencial de elector diga: tantos años, que ahora ponerse en concordancia con el Universo, que nos ignora todavía en mayor medida que nosotros a él, para decir que ayer, y desde el día que nacieron todas las flores (supongo que antes de mí no existían ni los geranios, ni las lilas; y que, ya puestos, después de mí, la nada), el planeta donde somos una plaga, y de las peores, ha completado cincuenta y tantas veces su órbita.

Yo antes tenía una rutina: me despertaba (el día que ya no lo haga, ni cumpleaños ni leches), hacía un poco de ejercicio, me iba a trabajar a mi oficina… Ah, acabo de reparar en que ya no tengo ni trabajo, ni oficina (ni sueldo), luego volvía a casa y me iba con mi hijo al Puerta Grande… Ah, acabo de reparar que este es el segundo año que mi hijo se marchó ya a seguir su vida, más bien muy lejos.

Así que hoy sólo me desperté y me fui a hacer un poco de ejercicio. Fin de la historia.

Como sea siempre en esta fecha me viene el recuerdo del peor cumpleaños de mi historia, uno en que, en tiempos inmemoriales, no tenía, ni trabajo, ni oficina, ni hijo; de hecho yo era el hijo, pues según hago cuentas se trata de mi aniversario nono, el del año del 73, del siglo pasado, que se dice muy fácil pero no deja de ser una barbaridad.

Ayer mismo fui al barrio de mi infancia, al entrañable cafecito que instalaron en el Museo Posada (donde sirven uno de los pocos cafés dignos de tal nombre en todo el rancho, con perdón), luego, tuve que pasar por el jardín, lleno de puestos como siempre en estos días, la calle de mi infancia donde, como en aquel entonces, estaban los juegos mecánicos y, para mi sorpresa, la vieja carpa de la calle Pimentel, con ¡futbolines!, como cuando yo era niño.

Recordé los viejos juegos mecánicos, y aquella carpa que instalaban justo frente a la que fue mi casa, aquella que siempre fue un misterio, y de la cual, de dos postes en la entrada, siempre velada, colgaban de fea manera dos changos araña, que mal se evitaban la muerte por colgamiento, descansando sobre dos pequeñas placas de metal, o de madera, o de lo que sea… no me acuerdo de tanto.

Fue aquel campamento a la Sierra del Laurel donde me amaneció ese día, con la promesa del regreso vespertino, y la obligada visita a los juegos mecánicos; mucho recuerdo de ese día: la batalla campal, el cautiverio en una cueva, la fuga, la recaptura… Me faltarían páginas y páginas para contar aquella imagen que la memoria se empecina en guardar, pero me limitaré a decir que el chofer que iría por nosotros (en un camión de volteo de la SOP), se volcó, llegó a las tantas, lo que significó una caminata atroz, el sacrificio de una lechuza, blanca y gigantesca, y luego de mil peripecias, la llegada a casa ya entrada la noche: ni juegos, ni fiesta, ni nada.

Por eso es que desde entonces no me gustan los cumpleaños; otro día les cuento por qué odio las navidades, las bodas, las primeras comuniones, las graduaciones, los bar mitzvá y todo lo que represente estar con más de diez personas, pues esto hasta aquí llega, por cuestiones de espacio.

Yom hu’ledet sameach, to me.

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