Autor: Mtro. Christian Jesús Martín Medina López Velarde

Según el diccionario de la Real Academia Española, por patrimonio, en una de sus acepciones, se entiende el “conjunto de bienes de una nación acumulado a lo largo de los siglos que por su significado… son objeto de protección especial para la legislación”, es decir todo aquello que ha producido la cultura de una comunidad de tiempos pasados y que por su material, relevancia, simbolismo y características, es significativo para la sociedad presente y por ende, se convierte en objeto de cuidado para la legislación del país donde se encuentra; y aunque a primera vista pudiera parecer clara su importancia, la realidad dista mucho de ello, principalmente porque dependiendo de la nación, el patrimonio cultural puede ser valorado o no y a partir de esto protegido o dejado en la defección que por diferentes motivos puede provocar su desaparición.

En México, a diferencia de otras cuestiones que tiene que ver con la legislación federal, el patrimonio quedó protegido y a buen resguardo desde que en 1939 el entonces presidente de la República Lázaro Cárdenas, fundó el Instituto Nacional de Antropología e Historia, por su siglas INAH, el cual tiene el fin de investigar, preservar, difundir y proteger el patrimonio en casi todas sus vertientes, que como veremos a continuación, han sido bien definidas por el mismo instituto. Así, tenemos el Patrimonio Paleontológico que se encarga de la protección de los fósiles y osamentas pertenecientes a la prehistoria y que van desde millones de años atrás con los restos heredados de los periodos donde los dinosaurios habitaban la tierra, hasta la megafauna prehistórica, apenas desaparecida hace doce mil años, lo que resulta un periodo de tiempo ínfimamente pequeño dentro de las edades geológicas que ha vivido nuestro plantea. También existe el Patrimonio Arqueológico que cuida aquellos bienes heredados de las diferentes culturas precolombinas y que va desde las colosales cabezas olmecas hasta todo aquello que los aztecas produjeron poco antes de la llegada de los conquistadores. De igual modo aquellos bienes producidos entre la conquista de la Gran Tenochtitlan en 1521 y el 31 de diciembre de 1899 se catalogan como Patrimonio Histórico y también está bajo la protección del INAH, de este último, México puede presumir una cantidad ingente de fincas, objetos y tradiciones que con el tiempo se fusionaron para dar origen a la mexicanidad, entendida como el principal sustrato de la cultura propia de los criollos que con el tiempo se reconocieron como “mexicanos”.

Al final vendrá el Patrimonio Artístico que comprende aquello que se produjo durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI, y si bien, este último no está bajo el resguardo del INAH, instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y las dependencias culturales tanto estatales como municipales, tendrían todo el deber de velar y preservar este tipo de patrimonio que no por ser más reciente, resulta menos importante. Todo lo anterior englobado en las dos grandes vertientes patrimoniales: lo inmaterial como son las danzas, comidas, música y demás tradiciones como el teatro; y el patrimonio material que abarca desde la arquitectura hasta las demás producciones artísticas y culturales expresadas por medio de objetos como la escultura, la pintura, la orfebrería y un largo etcétera que en un espacio como éste resulta difícil de exponer por completo.

Indudablemente que cuidar todo el patrimonio aquí enumerado, resulta casi imposible a pesar de los esfuerzos de las instituciones, mismas que ni tiene el presupuesto que deberían, ni cuentan con el apoyo de gran parte de la sociedad que por motivos personales ligados a lo económico y al gran desconocimiento que existe sobre el tema, se convierte en la primera gran depredadora de su propio patrimonio, destruyendo fincas en la clandestinidad a fin de liberar espacios para convertirlos en estacionamientos, siempre con el pretexto de que son “casas viejas a punto de derrumbarse”, vendiendo a casas de subasta o de antigüedades verdaderas obras de arte heredadas de sus abuelos o generaciones mayores, o peor aún robadas de los templos y que por considerarse estorbos, se prefiere malvenderlas, esto sin contar con el gran negocio de arte sacro y arqueológico que en el mercado negro y en plena clandestinidad permite hacerse de grandes fortunas malbaratando y llevándose al extranjero, donde tristemente sí aprecian nuestro patrimonio cultural, piezas que por su valor y por la protección de la ley son bienes propiedad de todos los mexicanos.

Pero en el fondo lo expuesto en el párrafo anterior no es lo más grave, la verdadera preocupación y en la que poco se reflexiona, es aquella que va en el sentido de que el patrimonio no se debe de preservar y difundir por el valor monetario que pueda tener, sino porque esos bienes y tradiciones en su conjunto, son nada más y nada menos que el sustrato de nuestra cultura, son el pasado que nos explica nuestro presente sociocultural y nos catapulta a construir un futuro mejor, dotándonos de identidad, dándonos las características culturales que nos hacen diferentes a los demás pueblos y nos proporcionan los pilares identitarios que sustentan nuestro modo de concebir la vida y de desenvolvernos en nuestro día a día; es decir, que dicho patrimonio está íntimamente ligado a los valores morales, sociales, culturales e incluso religiosos que permiten mantener la estabilidad social que le da rostro propio, en el caso que aquí tratamos, a los que somos mexicanos. Cuando esto se comprende, nos damos cuenta de que el preservar el patrimonio tiene un sentido y una profundidad importantísima, pues de ello depende en gran medida el amor a los valores cívicos, sociales, morales y artísticos que permiten la identificación entre todos los miembros de una sociedad y por lo tanto conlleva que el patrimonio tome tintes de ser parte fundamental de la cohesión social que tanto necesitamos en la actualidad para superar las crisis que nos aquejan desde diferentes aristas.

Así pues estimados lectores, la conservación del patrimonio cultural ha de ser del interés común, ya que en la medida de que éste se preserve y se conozca, se convertirá en uno de los mejores aliados que podamos tener, no sólo para preservar nuestra identidad como nación, sino para mantener la cohesión social dentro de nuestras sociedades y de la que depende en gran medida el poner un alto a cuestiones tan preocupantes como la violencia, la corrupción y la pérdida de valores que nos aquejan día a día. Dependerá pues de nosotros, el preservar ese patrimonio, como piedra angular que fomente una sociedad más consciente de su pasado, lo que conllevará a un mejor presente y a planear un futuro cimentado en la convicción de que lo que hoy produzcamos desde el punto de vista cultural, será el patrimonio de los próximos siglos.