Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Del olvido al no me acuerdo

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por la naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

La desintegración de los recuerdos equivale, en este filme, a la desintegración de los lazos familiares, incluso aquellos más preciados. La cámara es aquí un macroscopio donde apreciamos, en dimensiones magnificadas, el opresivo pathos que genera la gradual descomposición neuronal y nemotécnica de un anciano cuya vida se va poniendo de rodillas ante la demencia senil en un relato de magistral hechura que nos conduce por el aberrante despeñadero del Alzheimer, retratado con una fuerza y sensibilidad notables por el mítico Anthony Hopkins, quien, aquí, sin caer en hipérbole, nos regala su mejor actuación en muchos años.
Hopkins interpreta a Anthony, un hombre mayor que vive en un modesto apartamento de Londres junto con su hija Anne (la siempre estupenda Olivia Collman), quien lo cuida y procura con esmero aún cuando espanta a cuanta enfermera le contrata para su cuidado por sus irascibles e intempestivos modos. Ella desea mudarse a París para vivir con Paul, un hombre que ha conocido, por lo que considera seriamente internarlo en un asilo. Pero él vive apegado tanto a su casa como a su reloj, una pieza de joyería que suele esconder en un anaquel del baño pero que, constantemente, inquiere a cualquier persona el porqué se lo ha robado, mas es claro que Anthony comienza un gradual proceso de resquebrajamiento propio de la edad, lo que explica la aparición repentina de una mujer joven (Olivia Williams) que asegura ser su hija Anne, o dos hombres físicamente opuestos (Mark Gatiss y Rufus Sewell) clamando ser Paul, el esposo de Anne. El recuerdo de una hija menor a la que él ama intensamente y la llegada de Lucy (Imogen Poots), otra enfermera que le recuerda a ella, comienza el deshebro de una trama donde el alma y corazón del protagonista se ponen en entredicho cuando su mente se niega a reflejar la realidad.
Esta película marca el debut en el cine angloparlante del guionista y dramaturgo francés Florian Zeller, quien adapta su propia obra de teatro mediante un encadenamiento de situaciones propias de los escenarios, pero sin la pesadez del minimalismo visual característicos de las traslaciones cinematográficas a obras teatrales gracias a un montaje soberbio del editor griego Yorgos Lamprinos, quien altera los parámetros físicos del entorno de Anthony en un instante, lo que se torna crucial para adentrarnos en su entrópica psique, tornando muy real su miedo y paranoia, pues el mismo espectador se cuestiona qué sucede en realidad ¿Quiénes son la verdadera Anne y Paul? ¿Nos encontramos en el apartamento de Anthony o en otro lugar? El desmenuzamiento narrativo que produce Zeller es tan minucioso e intrincado que las respuestas a estos y otros elementos, que brotan de forma orgánica y natural, nos obligan a permanecer atentos mientras observamos con fascinación y tristeza el derrumbe de este personaje. Hopkins construye con maestría un personaje que se entrega tanto a arranques de cólera como de melancólico infantilismo para definir los lineamientos simbólicos sobre la vejez que a todo ser humano le depara, culminando con una escena que desgarra, no por el drama que presenta, sino por su veracidad, pues todos somos árboles que nos deshojamos con el tiempo y todos requerimos un reloj que nos acompañe en el viaje. “El Padre” es un ejercicio fílmico que encumbra el discurso cinematográfico al mostrarnos las inagotables posibilidades de sus recursos narrativos mediante una perspectiva pasible y muy conmovedora gracias al milimétrico trabajo de su director y un reparto que excede cualquier expectativa para otorgarnos, irónicamente, una película difícil de olvidar.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com