Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Para Toño Gutiérrez, Librado Jiménez y Toño Jiménez, mis amigos, sus paisanos, que lo extrañarán.

Hace un rato, por allí a mitad de los 50s del siglo pasado visitó Aguascalientes el primer cardenal mexicano que nombraba un Papa, entonces S.S. Pío XII de figura ascética y de comportamiento espiritual, al que pretendieron manchar con una supuesta proclividad al 3er Reich. S.S., se había fijado en la figura de un arzobispo jalisciense, alteño para más señas y ligado de alguna forma a los grupos de la jerarquía simpatizantes con la Guerra Cristera. No sé si el nombramiento coincidió con la consagración del templo del Sagrado Corazón de Jesús, obra del incasable, generoso y hombre santo, José Femat, o la visita fue ex profeso para consagrarlo. El hecho es que el Cardenal llegó en su vehículo a la entrada de ciudad, entonces el arroyo apenas pasando los Courts Medrano, allí lo transbordaron a un convertible grandote descapotado, que la jerarquía dispuso que fuese tirado (dudoso honor) por los mejores estudiantes de los colegios católicos. Yo no era tan estudioso, pero sí lo suficiente para ser uncido al carro cardenalicio y tirar de él, junto con otros no tan entusiastas niños de arrastre hasta el jardín de Zaragoza, en donde el Cardenal descendió para proceder a la ceremonia en el Sagrado Corazón. Años después supe que Su Eminencia había designado como su secretario a un joven presbítero, inteligente, estudioso, diligente, también lomilargo, de Jalostotitlán y emparentado con un mítico hombre de armas apodado “El catorce”: José Rosario Ramírez Mercado.

Muchos años después, en 1993 en el aeropuerto Miguel Hidalgo de Guadalajara fue asesinado a mansalva el Cardenal José de Jesús Posadas Ocampo, muerte sobre la que corren múltiples y contradictorias versiones. Había sido designado por S.S. Juan Pablo II y a su vez había nombrado como su secretario a un viejo presbítero, sabio estudioso, diligente y lomilargo: José Rosario Ramírez Mercado, puesto que desempeñó hasta la ominosa muerte del Cardenal. Entre su labor con el Cardenal Garibi y luego con el cardenal Posadas, fungió como secretario de Su Eminencia el Cardenal José Salazar.

El pasado 4 de mayo en Guadalajara falleció el Presbítero José Rosario Ramírez Mercado, el “Padre Chayo” como era conocido coloquialmente por quienes, seminaristas, sacerdotes, laicos, habían tenido la fortuna de tratar con él. Con su muerte se perdió un reservorio de información de la política de la jerarquía católica durante la segunda mitad del siglo XX. Hombre de gran influencia en el episcopado mexicano, consultor irremplazable, lúcido y sólido. Maestro y consejero de multitud de sacerdotes e interlocutor de autoridades religiosas y civiles. Discreto y eficaz fue factor clave en el análisis y toma de decisiones de medidas del clero secular de México y desde luego de la arquidiócesis a la que pertenecemos.

Juan López, “mi primo” (así nos nombrábamos), que había sido director del Museo del Hospicio Cabañas y Cronista de Guadalajara, me presentó al Padre Chayo por teléfono, cuando yo buscaba información para una monografía sobre la Escuela de Cristo. Fallecido Juan, quise conocer al Padre y solicité una cita con él. Vivía en el Seminario Menor. Llegué puntual y me hicieron pasar a una salita en donde a los pocos minutos entró un hombre moreno, alto, fuerte, calvo, de lentes, de labios gruesos y ojos vivaces, frisaba en los ochenta y pocos años, vestido con traje negro. Me tendió la mano, me invitó a sentarme y me espetó a bocajarro: “Soy José Rosario Ramírez, ya se quién eres, ¿Para qué me querías conocer?”, un tanto amoscado pero seguro, contesté: “Con todo respeto señor, la pregunta no es para qué, sino por qué”. Sonrió y me animó a continuar: “lo quería conocer porque usted fue amigo de Juan López, él lo apreciaba mucho y lo admiraba, y me transmitió ambos sentimientos, además, tengo algún conocimiento de su trayectoria y eso, si no fuera por otra cosa, bastaría para buscarle y por último, sigo recopilando información de la Escuela de Cristo”, ya encarrerado terminé: “¿Para qué? Ya Dios dirá”.

Cordial, continuó interrogándome, por Juan López, por Mexticacán, por mi familia, por mí y de repente, como después me di cuenta que acostumbraba, disparó la pregunta: -¿Sabes leer?-, sin esperar respuesta sacó una hoja de una carpeta y me pidió que la leyera. No pude, era una copia de un escrito en español antiguo, había que paleografiarla. -Presta, te la leo- Era el acta de matrimonio del primer Jáuregui llegado a la Nueva Galicia, casado en lo que fue la primera Guadalajara: Nochistlán: Francisco Jáuregui, natural de Viscaya, de ocupación vago (este es de los míos dije, el Padre Chayo me explicó que mientras no fuera una persona recibida como vecino se utilizaba esa expresión), a principios del siglo XVII, genearca de toda mi gerendencia por el lado Jáuregui en los Altos de Jalisco. El Padre había tenido el detalle de, al saber mi nombre cuando solicité la cita, buscarme el acta que me regaló.

Mientras conversábamos el Padre parecía tomar notas en pequeñas tarjetas. Luego me extendió una: me había hecho una caricatura y había hecho otra para él, en la que anotó datos míos y que luego, según me dijo, incorporaría a su archivo personal.

Fue el inicio de una relación enriquecedora en que fungió como enlace mi amigo Humberto Chávez Aranda.

El Padre Chayo era un pozo de conocimientos pero sobre todo era una fuente de sabiduría. Hubo oportunidad de comer y conversar varias veces. Si uno le preguntaba nunca tenía un lugar pero te preguntaba: “¿De veras quieres conocer tal lugar?” y allá íbamos. Solía decir: “Demos gracias a Dios que tenemos que comer, que tenemos salud para comer, pero sobre todo que tenemos con quien comer”.

En una ocasión comentando sobre el conflicto con Monseñor Quezada Limón, obispo de Aguascalientes, le dije: “Yo creo que los sacerdotes de la diócesis pecaron contra la caridad”, me contestó: “No, la que aplicaba era la virtud de la prudencia”. En otra de las veces luego de un tequila (él no tomaba sino uno) le pregunté: “Con todo respeto Señor, ¿qué se puede saber de la muerte del Señor Posadas Ocampo?”, con aire de confidente me contestó: ¿Sabes por qué me nombraron secretario? -, -¿Por qué Padre?- -Porque sé guardar los secretos. Eso quiere decir secretario-.

Con su muerte ¿cuántos secretos, cuántos saberes, cuánta historia se perdería para siempre? Descanse en paz el Padre Chayo.

 

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