Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La Semana Santa transcurre con un recogimiento que recuerda las semanas mayores de hace algunos lustros, los centros de diversión cerrados, cafeterías y restoranes también cerrados, el comercio casi todo con las cortinas bajadas, excepción hecha de los de primera necesidad: abarrotes, medicinas y teléfonos celulares y ventas en abonos, que, por la primera necesidad de sus dueños: la ambición y la avaricia permanecerán abiertos aún a costa de la salud de sus empleados.

La Semana Santa es, como cada año, fijada por un calendario ritual empatado con el calendario lunar que hace que, siempre, el viernes santo sea el viernes más cercano a la luna llena y en relación con el equinoccio de primavera, sólo que este año los motivos de meditación no son los tradicionales: la última cena, el lavatorio, el pésame, previo a la explosión de júbilo de la resurrección. El sábado de gloria, que luego la liturgia corrigió para colocarlo definitivamente en el domingo. Ahora la reflexión está centrada en preocupaciones más mundanas y por lo mismo más apremiantes: preservar la salud y preservar los ingresos que garanticen la supervivencia.

Son pocos, muy pocos los mexicanos que puedan disponer de un ahorro que les permita sobrellevar dos o tres semanas de inactividad, especialmente si se trata de viejos aún cuando cuenten con una pensión. Salvo el caso de algunos afortunados como los jubilados de Pemex, los de la CFE, muchos maestros que pudieron tener dos o más claves, y algunos otros, la mayoría de los pensionados, particularmente los que sobreviven con la pensión del Seguro Social, la mayoría no tendrán recursos para soportar ni una semana sin el ingreso adicional que de algún modo se agencian.

Aunque de acuerdo con las cifras oficiales la tasa del desempleo no llega a dos dígitos, sabemos que eso no es cierto. Desde hace algún tiempo las encuestas lo matizan señalando como desempleado sólo al que manifiesta no tener ninguna ocupación o al que manifieste no haber estado ocupado algunas horas en la semana. Con ese criterio aún los habituales parroquianos del antiguo Café Fausto y los ocupantes de las bancas de la plaza por personas con ocupación. Vendedores ambulantes, saltimbanquis, cambaceros, tianguistas, mujeres que venden “cena”, “mil usos”, ahora, repartidores de comida, o profesionistas subempleados o desempleados que se contratan como “taxistas” en las aplicaciones de internet, pasan por “tener un empleo”, cuando en rigor sus ingresos son escuetos, variables y como ahora, afectados casi por completo con las restricciones sanitarias.

La aparición repentina del virus COVID19 con un altísimo grado de contagio, exacerbado por la rapidez y generalización de los viajes, ha puesto en crisis a los servicios médicos de, prácticamente todos los países. No sería hiperbólico decir que ha puesto en crisis al mundo. Olvidémonos de las etiquetas políticas, aún los países con los mejores sistemas de seguridad social, aun los más avanzados en términos de salubridad y servicios médicos, aun los más aislados geográficamente están sujetos a la epidemia y a sus consecuencias. El riesgo más alto se nos ha dicho, proviene no de su letalidad que, aparentemente no es mayor que las de otras epidemias de virus de naturaleza semejante, sino de la facilidad y rapidez de su contagio y sobre todo, del hecho de que una persona que aún no manifieste los síntomas de la infección ya puede ser un vector de diseminación y contagio.

En tanto no se descubra o se creé una medicina eficaz o no se desarrolle una vacuna útil, la naturaleza hará su trabajo, los menos dotados sucumbirán o sucumbiremos, los demás, la mayoría sobrevivirán sin mayores secuelas. La cuestión, lo sabemos también, es tratar de que la curva de contagio se “aplane” con objeto de no saturar los servicios médicos y el equipo disponible de manera de brindar mayores oportunidades de supervivencia a los menos dotados. No hay alternativas, o te aíslas o te aíslas. No hay suficiente equipo de protección ni siquiera para los médicos y personal de enfermería y paramédicos, menos para la población en su conjunto. Como el virus no se ve, puede estar agazapado en el lugar menos pensado: en el periódico que recibimos por la mañana, en el sobre de la correspondencia, en el envase de la leche, en el saludo mas amistoso, en el beso más inocente, en la palmada más reconfortante, en el barandal, en la perilla, en la manija, etc., etc. Médicamente no hay mucho más que hacer.

Aunado a la tremenda crisis de salud, las medidas necesarias, indispensables para evitar que además del corona virus no se adicionen otras calamidades como las están experimentando países tan disímiles como el Ecuador y los EE.UU., provocan necesariamente una crisis económica que rebasa los ámbitos nacionales, pero nuestro aquí y ahora, es aquí y ahora. Habrá que pensar, qué duda cabe, en la medidas a mediano y a largo plazo, una crisis económica como la que se avizora no podrá resolverse en unos cuantos meses, pero lo inmediato, lo de hoy, lo de mañana, requiere atención y medidas prioritarias.

Luego de una larga cadena de decepciones, el informe del Presidente López Obrador del pasado domingo, fuera de la teatralidad de hacerlo en el espacio vacío del patio de honores de Palacio Nacional, fue una reiteración de sus planes ya conocidos, una apología de su persona y su gobierno: nuestra honestidad, nuestra incorruptibilidad, hablamos con la verdad, etc., nos salvará; la condena a la herencia maldita y el llamado al optimismo. Las recetas mágicas y mentirosas: Crear dos millones de empleos en nueve meses equivale a crear 7,400 empleos diarios, ni como enterradores para todo el mundo, (perdón por el chascarrillo de pésimo gusto), forzar a las medianas y pequeñas empresas a mantener los pagos íntegros en violación de las disposiciones de la ley Federal del Trabajo, traerá a no muy largo plazo el cierre de muchas fuentes de empleo. No dar o propiciar alternativas para la subsistencia de las empresas y los empleos, y no estoy hablando de Slim, de Bailleres, de Larrea, de Salinas Pliego y otros de su calaña, es un crimen de lesa humanidad.

Sr. Presidente: los mexicanos estamos en espera del estadista que Ud. nos prometió: un Presidente para todos los mexicanos que se olvide de sus prejuicios y piense y actúe en favor de su país y sobre todo de su gente.

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