Luis Muñoz Fernández

Susan Sontag dice en su ensayo La enfermedad y sus metáforas que “la enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos, Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”. Y así es.

En nuestro mundo actual, cuya medicina ofrece tantas promesas y se ha revestido del brillo de los artefactos y el resplandor de las pantallas que conforman su nutrido arsenal diagnóstico y terapéutico, vemos a la enfermedad –e igual a la vejez– como lo más opuesto a nuestra vida, el enemigo a vencer, hasta una derrota personal. Y cuando es incurable, decepcionados, se resiente nuestra fe en la ciencia y la tecnología.

En su visión heterodoxa sobre el proceso vital, Leonardo Viniegra nos obliga a cambiar nuestra forma habitual de pensar sobre la enfermedad crónica: “Las enfermedades en los humanos, en contra de lo que pudiera pensarse, ejemplifican de la manera más contundente la subordinación del orden biológico al cultural. Las diversas culturas han configurado a través del tiempo condiciones y circunstancias que en diferentes momentos históricos han sido propicias para ciertas formas de enfermar, para la expresión de algunas enfermedades, para percibirlas, reconocerlas y entenderlas de una manera; para actuar sobre ellas de ciertos modos, para la aparición de nuevas enfermedades, para prevenir algunas o impedir la aparición de otras, para sobrellevarlas de determinada manera y para asumir ciertas actitudes al enfrentar la muerte”.

Y hace también hincapié en que “las enfermedades son calificativos que la cultura asigna a ciertas variantes en las formas de ser de los individuos que, al igual que otras que no implican afecciones ostensibles al bienestar de sus portadores, son resultantes de una historia peculiar de interacciones de un organismo con un medio ambiente cultural enormemente diferenciado en el tiempo y en el espacio… El que estas formas de ser sean indeseables por las limitaciones y sufrimientos implicados no significa que sean extrañas o ajenas a las personas…”.

Cuesta mucho aceptar a la enfermedad como una forma de ser. Es menos comprometedor considerarla algo ajeno a nosotros mismos. Lo que ocurre es que habíamos olvidado en un viejo cajón aquel otro pasaporte que nos otorgaron al nacer.

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