Moshé Leher

Muy de madrugada me enteré de la partida de Alfonso de Lara Silva. Alfonso hijo lo comunicaba y se refería a su padre como ‘maravilloso y amado’ y al hablar de su recuerdo (si me atrevo a citarlo aquí es porque él lo hizo público) habla de su ejemplo de “fortaleza, amor, grandeza y bondad”; yo que tuve la suerte de conocerle, de tratarlo, suscribo esas palabras.
La noticia, que de alguna manera esperábamos ya desde la noche anterior, me conmocionó y me llenó de pesar. Para abreviar y dejar en el terreno de lo íntimo lo que lo es, diré que se fue, como en la Elegía de Hernández, “como del rayo”; ni una palabra más.
Siempre que fallece alguien cercano quisiéramos tener las palabras certeras, aunque en cambio nos vienen a la boca y a las manos los lugares comunes, que no son capaces de expresar esa desgarradura que provocan esos adioses definitivos.
Don Alfonso, Poncho, el señor De Lara, es sabido, regresó a su tierra hace muchos años para integrarse al gobierno de… Fue subtesorero, alcalde de su Calvillo natal, secretario estatal de Planeación y en alguna ocasión delegado en Hacienda en La Laguna, creo: una carrera pública destacada, tras algunos años en el sector privado, en la capital, que dejó prematuramente y, cosa asaz extraña en estos tiempos y en este mundo, con el orgullo de haber servido y sin servirse, lo que ya habla de su condición de hombre íntegro: demasiado mérito en estos nuestros días viles.
Él fue mi suegro veinte años y es el abuelo de mi afligido hijo, que desde muy lejos lamenta no poder haberse despedido de su querido Poncho, pero que me expresa, desde su madurez precoz, que se quedaba tranquilo sabiendo que guarda el mejor de los recuerdos y ejemplos del padre de su madre.
Entonces me vinieron a la mente un par de versos de Mateo: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos”.
Y es cierto, del árbol de la abyección surgen frutos abyectos y del arbusto espinoso de la Canalla, nacen pequeños canallas -yo conozco algunos, demasiados, casos-, en tanto que del hombre cabal nacen seres íntegros, sencillos, admirables, como sus hijos, Marel, Ana y Alfonso, que en su lecho de muerte le despidieron, destrozados y a la vez plenos de calma.
Nunca he dejado de admitir el mérito que su madre tiene en el carácter plácido pero determinado, volcánico pero sereno, de mi hijo y es necesario decir que en ello hay una huella indeleble de don Alfonso.
Cuando su hija y yo decidimos poner fin, en el mejor de los términos la vida común, permanecieron para mí intocados los gestos de amabilidad, la hospitalidad y hasta de afecto que siempre gocé en dos décadas; al despedirnos, supimos y dijimos que siempre seríamos familia, pues nos une un hijo y el respeto y esa alegría compartida que disfruté los años en que el nexo estuvo vigente.
Le recuerdo con afecto y respeto y me congratulo de que su familia se despida de él amorosamente, que es, para mí, la señal definitiva de que uno pasó por el mundo para repartir el bien y derramar cariño y ejemplo: que uno vino a la vida y que ello no fue en vano.
A la señora Martha, hace un rato, le decía que lo lamentaba en el alma, no como una fórmula sino como un sentimiento profundo: por mi hijo que le llora en lontananza, por su hija y sus hermanos, evidentemente por ella, su compañera de muchos años, pero también desde mi propio pesar.
Salí de allí, del tanatorio, sólo a escribir estas líneas; al salir de la sala, junto al ataúd, dos retratos no tan añejos de él, sonriente, rodeados de ramos y coronas de claveles, margaritas y geranios, cuyo aroma seguramente flotaba en el ambiente, pero que mi falta de olfato me impide distinguir.
¡Zijrono le braja! (que su memoria sea una bendición).

@mosheleher: Facebook, Instagram, Twitter.