Gerónimo Aguayo Leytte

En los seres humanos así como en muchos animales parecidos a nosotros, especialmente los mamíferos, existen los órganos de los sentidos: Vista, oído, tacto, gusto y olfato. Este último es probablemente el menos estudiado y revisado, a pesar de que las manifestaciones de su alteración son evidentes en múltiples trastornos y constituyen muchas veces una de sus primeras manifestaciones que las personas observadoras alcanzan a detectar.

El hombre posee un sentido del olfato que se conoce como vía olfatoria y en la clasificación anatómica se identifica a los nervios olfatorios, que son dos, como los primeros nervios craneanos. Existen once nervios craneanos más que incluyen los ópticos relacionados con la visión, los oculomotores con relación a los movimientos oculares, los faciales referentes a la movilidad de la cara, auditivos, vestibulares o relacionados con el equilibrio, los glosofaríngeos que tienen que ver con la sensibilidad de la lengua así como con la deglución, los nervios vagos que se involucran con la sensibilidad de parte de la cavidad oral y la deglución también, los nervios espinales que intervienen en la movilidad del cuello y hombros y los nervios hipoglosos que participan en los movimientos de la lengua.

La vía o sistema olfatorio inicia en la mucosa nasal, con receptores ligados a neuronas localizadas entre las células de esta mucosa, que ascienden hacía ambos bulbos olfatorios, que son acúmulos neuronales localizados en la zona inferior de los lóbulos frontales, ya en la cavidad craneal, por lo que los axones de estas neuronas tienen que atravesar un delgado techo de hueso que esté perforado para permitir el paso de estas finas y delicadas prolongaciones neuronales. Sin duda esta parte periférica está más desarrollada en algunos mamíferos como los perros, que tienen habilidades notables para distinguir diferentes tipos de olores.

La porción central de este sistema o vía nerviosa olfatoria se extiende desde los bulbos olfatorios hasta otras regiones cerebrales, en especial áreas corticales de la corteza temporal como la corteza piriforme, la amígdala y la corteza del hipocampo y zonas adyacentes. Estas estructuras cerebrales tienen mucho que ver con funciones como la memoria, las emociones, los cambios del estado de ánimo, por señalar algunas.

La exploración de la función olfatoria la realizan el otorrinolaringólogo o especialista de los oídos, nariz y faringe, así como el neurólogo. Se ocluye una fosa nasal y se acercan a la otra algunos recipientes pequeños que contengan olores bien definidos como café, canela, anís, alcohol, menta por ejemplo. Se evita utilizar olores muy irritantes como amoniaco que pudieran lesionar a la mucosa nasal. Se procede a revisar la otra fosa nasal. Se puede detectar falta de olfato (anosmia) en uno o ambas fosas nasales. Esta prueba que en realidad es sencilla no se realiza habitualmente a no ser que el paciente se queje de falta de olfato.

Las causas de la falla en la olfacción van desde inflamación de la mucosa nasal como en la rinitis, hasta enfermedades como COVID-19, enfermedad de Parkinson, enfermedad de Alzheimer, Corea de Huntington, traumatismos de cráneo, epilepsia, lupus, esquizofrenia, trastorno bipolar, migraña, tumores de la base del cráneo frontales, irritantes químicos y contaminantes. En algunas enfermedades pueden anteceder a los demás síntomas como es el caso de la enfermedad de Parkinson y algunas demencias.

Falta mucho por conocer el funcionamiento de este circuito neuronal, sus implicaciones en la salud, así como el valor de este sentido que por otra parte nos ofrece estímulos intensos motivadores, como la capacidad de detectar un aroma de alguna flor, cierto perfume, algún alimento que nos recuerda épocas y seres queridos.

¡Participa con tu opinión!