
Hans Christian Andersen
Un día que lograron acostar a la madre, ella se tendió y permaneció inmóvil sin proferir una palabra, aunque absorta siempre en sus ideas. Su marido, una noche, después de escuchar atentamente su respiración, creyó dormida a su desventurada esposa, y dando gracias a Dios por el reposo que se había dignado depararle, se fue a descansar a su vez, quedando profundamente dormido a los breves momentos, con lo cual pudo amortiguar por espacio de algunas horas el dolor que le torturaba.
En tanto, su esposa se levantaba y se vestía apresuradamente, y con el mayor sigilo salía de la casa dirigiéndose hacia el sitio donde, de día y de noche, estaban concentrados todos sus pensamientos, que no era otro que la tumba de su hijo. Atravesó el jardín, salió al campo y tomó una vereda que conducía al cementerio. No encontró a nadie en el camino, aunque tampoco lo habría notado. Sus miradas estaban fijas en un sólo objeto, los árboles del camposanto que tenía en frente.
Era una tibia y encantadora noche de fines de estío: el firmamento estaba tachonado de estrellas. Penetró en el fúnebre recinto y fue en derechura hacia el sitio donde sabía que se hallaba la tumba, cubierta por una espesura de perfumadas flores. Cayó de hinojos y puso la cabeza contra el suelo, como si con sus miradas pretendiera atravesar la tierra, ávida de ver al hijo de sus entrañas. Y efectivamente, le vio: muerto y todo, se dibujaba una sonrisa angelical en sus labios, y tenía sus ojos exuberantes de ternura. Quiso levantar su manecita y la encontró yerta y envarada. Permanecía inclinada sobre la tumba, tal como durante la enfermedad solía ponerse sobre la cabecera, con sólo una diferencia; ahora daba libre curso a sus lágrimas, mientras que antes las reprimía heroicamente por no entristecer al pobre enfermo.
_ “¿Deseas reunirte con tu hijo?” oyó que le preguntaba una voz grave y profunda, pero clara y bien timbrada que llegó hasta el fondo de su alma. Al oírla se irguió con sobresalto y vio un hombre envuelto en un negro manto y cubierta la cabeza con una capucha: su rostro, aunque severo, inspiraba confianza y en sus ojos brillaba el brío de la juventud.
_ “¡Reunirme con mi hijo!” balbuceó la madre con acento suplicante. “¡Oh, tú, ser misterioso, quien quiera que seas, llévame a él y te seguiré!”
_ “Medítalo bien”, repuso: “yo soy la muerte. ¿Quieres seguirme?”
“Sí”, dijo la madre con un rápido movimiento de cabeza, y en el acto sintió hundirse el suelo lentamente bajo sus plantas; el hombre de negro la envolvió en su manto y quedó rodeada de espesas nieblas. Así se internó en la tierra hasta mucho más abajo del sitio donde suele llegar la pala del sepulturero. Cayó el manto que la cubría y se halló en una vastísima sala de imponente aspecto, iluminada por los inciertos reflejos del crepúsculo. En breve se encontró estrechamente abrazada a su hijo, en el cual resplandecía una hermosura nueva, inexplicable y desconocida. Exhaló un grito de alegría que no tuvo eco en las bóvedas, bajo las cuales resonaba una deliciosa armonía celeste, que tan pronto se oía allí mismo como se alejaba. Nunca unos acordes semejantes habían halagado sus oídos, pues tenían la virtud de calmar todo dolor y eran tan misteriosos, que brotaban al parecer tras un inmenso y tupido velo tendido entre la sala y el infinito espacio.
_ “¡Madre del alma mía!” decía el niño con la misma voz que cuando vivía, en tanto que ella lo devoraba con sus frenéticos besos, presa de una alegría desencadenada, sin límites… en eso resulta que (continuará)








