Luis Muñoz Fernández

Antes que nada, quiero manifestar que soy presa de un grave conflicto de interés al escribir lo que voy a escribir, pues me une al personaje una amistad de más de cuarenta años, desde que ambos, junto con Lucila, mi esposa, éramos estudiantes de medicina en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Allí trabajamos codo a codo analizando, procesando y entregando sangre y sus componentes en el Banco de Sangre “Dr. Rafael Macías Peña” del Hospital Hidalgo, entonces universitario.

Con el correr de los años, convertidos los tres en médicos especialistas, él cuidó de mi padre durante sus últimos meses antes de fallecer por un cáncer de próstata. Por eso lo hicimos nuestro compadre. Así que no se esperen ustedes una descripción objetiva –si es que eso en realidad existe– porque el afecto profundísimo, ¡bendito sentimiento!, nos sigue uniendo hasta el día de hoy y habrá de alejar a estas líneas de cualquier tentación de imparcialidad indeseable.

Pongo en el título la palabra “pueblo” no como la emplean ahora los políticos al uso hasta pervertirla y vaciarla de sentido, sino para referirnos a nuestra ciudad donde Gerónimo Aguayo Leytte sirve desde hace muchos años como el neurólogo más connotado y querido. Son muchísimos los hombres y mujeres a quienes ha entregado su conocimiento de los secretos del cerebro y una vocación de servicio que es muy rara encontrarla ya entre quienes ejercemos la medicina. En él, las proporciones entre ciencia y humanidad (“sensibilidad, compasión de las desgracias de otras personas”, dice el diccionario) son fluctuantes, aunque siempre las dispensa en la proporción justa que cada paciente necesita.

Gerónimo disfruta intensamente de su vida. Primero de su familia: su esposa, sus tres hijas, su hijo político, su nieto y sus hermanos. Y goza también entregándose casi sin descanso a sus pacientes. Es un ejemplo cada vez más escaso de ese médico que trata sin distingos a todos los enfermos, sean los del hospital público o los de su consulta privada. A todos se da enteramente porque sabe muy bien que en la enfermedad y en la muerte todos somos iguales.

Hombre piadoso, es a la vez un libre pensador abierto a todas las corrientes. Como Terencio, “nada de lo humano le es ajeno”. Lector curioso y desordenado, siempre se sorprende con el hallazgo de algún texto o un autor capaz de sacudir sus convicciones. Agudo crítico de sus propios defectos –tal vez excesivamente–, se muestra siempre comprensivo y tolerante –aquí también excesivamente– con los ajenos.

Por eso deploro como siendo el hombre y el médico que es, no haya sido considerado para formar parte del claustro universitario, privando a los futuros médicos de un ejemplo de vida y de un conocimiento de la medicina y la neurología que, combinados, no tienen parangón entre nosotros. Descuido imperdonable que le resta brillo a la institución de la que es hijo.

Además de neurólogo, fue jefe del Departamento de Enseñanza y director general del Centenario Hospital Miguel Hidalgo. Bajo su administración encabezó el proyecto para dotar de una nueva sede al viejo hospital. Como ocurre en casos así, tuvo que enfrentar la férrea oposición del statu quo. Tras el inicio y suspensión temporal de las obras, sufrió con estoicismo burlas, amenazas y represalias. Al final, el tiempo y la pandemia le dieron la razón, ganándose a pulso el homenaje del que acaba de ser objeto.

El pasado viernes 15 de septiembre de 2022, en el cumpleaños 119 del Hospital, se inauguró el Edificio G de Enseñanza que, a partir de ahora, lleva su nombre. Se honra así a quien se atrevió a soñar un Aguascalientes con una medicina pública de mayor nivel científico y humano al servicio de los más necesitados.

Él dice que sólo es un neurólogo más. Tal vez sea así, pero, en todo caso, es el neurólogo del pueblo.

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