Luis Muñoz Fernández

Hans Magnus Enzensberger, poeta y ensayista alemán contemporáneo, escribió en 1964 La balada de Al Capone, un ensayo sobre el Chicago de los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando a partir de la prohibición del consumo de bebidas alcohólicas mediante la Ley Volstead surgió esa figura del gánster que Enzensberger considera mitológica:

“Una colonia de gánsteres ha implantado en esta ciudad un súper gobierno al cual la población ha de rendir tributo. Tal tributo lo consigue mediante el terror, el rapto y el asesinato. Muchos de estos gánsteres han logrado hacerse fabulosamente ricos gracias al contrabando de alcohol. Operan con la complicidad de la policía y demás autoridades, establecen un monopolio del aguardiente y se reparten entre sí el término municipal”.

Basta sustituir el alcohol por los estupefacientes para que la descripción que se refiere a la ciudad de Chicago durante el imperio de las bandas criminales pueda ser aplicada sin modificaciones a la de un número cada vez mayor de ciudades y territorios de nuestro país. Y lo mismo puede decirse de Johnny Torrio, el capo al que llamaban “el Presidente del Consejo de Vigilancia”, de quien Al Capone era el lugarteniente. Su perfil se ajustaba perfectamente al del líder empresarial ideal cuya búsqueda se publicaba los más prestigiosos periódicos del mundo y que sigue siendo válida hoy:

“Gran personalidad, capaz de llevar buena administración y de comportarse con aplomo; resuelto, perspicaz y con inventiva, que irradie optimismo e iniciativas; hábil en las negociaciones, experto en toda cuestión de dirección y organización, se busca para montar un ramo industrial nuevo, enorme y de gran porvenir. Se trata de una misión gestora muy importante que exige conocer a fondo las fases de la producción hasta el ‘marketing’. Son indispensables un severo manejo del personal y un poder de persuasión superior al normal”.

Hoy, el imaginario público alentado por el discurso oficial, sitúa los narcotraficantes en el bando de los malos y a las autoridades e instituciones en el bando de los buenos, pintando entre ambos una frontera nítida aunque evidentemente porosa. Ese diagnóstico está equivocado. Lo demuestran los pobres resultados que hasta ahora hemos cosechado para erradicar o al menos controlar el avance de los malos. Nos lo dice Enzensberger en el citado ensayo: “Fue la lógica económica imperante la que guió a estos gánsteres, cuando la expansión de los mercados aconsejó acompañar la letra de cambio con la ametralladora… Como cualquier otra industria, el negocio del alcohol obedecía a las reglas estructurales de la evolución capitalista”.

El narcotráfico sigue la misma lógica: es un fruto natural del modelo económico actual, que considera la concentración de capital en unas pocas manos el sentido primordial de su existencia.

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