Alberto Bortoni
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.-En la recta del Autódromo Hermanos Rodríguez se agolpan 3 mil 599 caballos de potencia. Estamos aquí para probar a la familia Ford Performance. Además de una F-150 Raptor y una Edge ST, dos máquinas aún más bestiales nos esperan: el Mustang Shelby GT500 y el Ford GT.

Digno heredero
Apenas el fin de semana pasado dos ejemplares del superdeportivo Ford GT habían llegado al País provenientes de Detroit y este día los encontrábamos en su hábitat natural.

Verlos estacionados era ya un espectáculo, con sus puertas de apertura vertical desplegadas, el escape doble incorporado en la carrocería y el motor V6 Ecoboost asomándose por el cristal trasero.

Lo primero fue acomodarse en el habitáculo, ubicado a sólo 12 centímetros del suelo. Ahí, es más notoria la naturaleza deportiva del GT: los asientos de fibra de carbono permanecen fijos, y son el volante y la altura de los pedales los que deben ajustarse.

Unos segundos después estamos entrando en las curvas con una precisión quirúrgica, no sólo la respuesta de la dirección es inmediata sino que el vehículo se adhiere al suelo, para, después, llevar el acelerador a fondo y salir como un misil perfectamente controlado, capaz de entregar 647 caballos y alcanzar los 348 kilómetros por hora.

El auto rinde tributo al mítico GT40, con el que Ford ganó Le Mans en los 60, pero también transmite toda esa herencia al conductor, una experiencia para los afortunados que, además de poder pagar 500 mil dólares, deben registrarse para pasar por un proceso de selección.

“Hay más Ford GT viniendo (al País), y el número total será de 13 unidades”, comenta Michael Severson, gerente del programa Ford GT.

Así de exclusivo es este vehículo.

Con el sello Shelby

Habrá quienes digan despectivamente que el Shelby GT500 es un Mustang con esteroides. Y la afirmación no es incorrecta.
En lo que erra es en decirlo con desprecio: 760 caballos y 3.5 segundos de 0 a 100 sólo se consiguen en un auto de producción con el enorme supercargador.
Uno de los puntos criticables es que tenga una transmisión automática y con perilla selectora, pero las paletas al volante compensan la falta de una palanca.
El auto es rápido y no emocionarse con el sonido del motor es imposible. De hecho, soltar el acelerador en el GT500 cuesta trabajo, incluso con el instructor al lado gritando que tienes que frenar para dar vuelta.
Ya que lo haces te das cuenta que eso también lo hace bien, seguro gracias a la suspensión con amortiguadores Magneride que varían continuamente su resistencia.

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