Luis Muñoz Fernández.

Un consejo que les he dado a mis hijos es que nunca confíen en quien lo tiene todo claro. Ese tipo de sujetos que, llegados a cierta edad, han resuelto todas sus dudas. Como los cines cuando han vendido todas las localidades de la función, a estas personas no les entra una idea más. Y no porque tengan una cabeza completamente amueblada, sino porque tienen un miedo cerval a admitir cualquier opinión o idea que sea contraria a las que tienen en la más alta estima.

Son, como se dice coloquialmente, “de piñón fijo”, es decir, su mente funciona a una sola y constante velocidad (entiéndase por piñón la pequeña rueda dentada que engrana con una mayor en el mecanismo que regula la velocidad en una bicicleta).

Adquieren una especie de instinto que los pone sobre aviso cuando ven venir una opinión contraria a su visión del mundo, cuyos habitantes tienen claramente divididos en los buenos (entre los que siempre se cuentan) y los malos. Y, entre los malos, los hay malísimos, muy peligrosos para el círculo de amistades que cultivan desde hace muchos años.

Su percepción de la realidad no admite matices: todo es blanco o negro. No hay grises. Con esa visión bicolor, nace en ellos el germen de la intolerancia que se desarrolla vigoroso conforme pasan los años. Su cerebro se endurece prematuramente, aunque, paradójicamente, esa esclerosis puede pasar completamente desapercibida si viven en un ambiente propicio, rodeados de aquellos que son tan inflexibles como ellos.

En su rígido mundo, los anormales son los que dudan y se cuestionan lo que para ellos son certezas inamovibles. No son capaces de admitir que en la vida adulta algunos se pregunten si lo que les enseñaron de pequeños, en especial si se trata de principios morales, deba seguir manteniéndose toda la vida. Afectos a los “valores universales y eternos”, la pluralidad moral les produce urticaria.

Por la misma razón, en lo político no simpatizan con la dinámica democrática, siempre abierta a revisión, siempre inacabada. Su pensamiento fijo en la eternidad desconfía de lo temporal y huye de la relatividad que permea el conocimiento científico. Se arreglan mejor con “lo que debería ser” que con la realidad cotidiana del mundo, siempre tan inestable e incierta.

Los conozco de cerca y me producen escalofríos.

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