Dr. Miyasaka: “La ciencia produjo a este monstruo… a Godzilla. Y desde entonces, vivimos para destruirlo”.
Yuki Ichinose: “¿Pero entonces por qué…por qué siempre nos protege?”
Dr. Miyasaka: “Tal vez porque… ¡Godzilla está dentro de todos nosotros!”

COLUMNA CORTECada vez que el creativamente inhábil Michael Bay infecta la cartelera hidrocálida con sus gargantuescos y sintéticos autómatas de millones de dólares llamados “Transformers” (evento a verificarse este verano con la cuarta entrega de esta subnormal saga de alienígenas motorizados), mi mente invariablemente busca en alguna de mis comisuras cerebrales algún refugio donde guarecer mi gozo por el cine articulado del insufrible asalto a los sentidos que las niñerías de Bay imponen en las pantallas locales por larga temporada (lo que demuestra tanto en asistencia como en taquilla que, en efecto, millones de personas pueden estar equivocadas, o por lo menos subyugadas ante al aparente hipnótico encanto que, he de suponer, tienen sus filmes cretinos). Es así que, en una de mis fugaces huidas al subconsciente, encontré algo de recreación en la rememoración de otro ser de descomunales dimensiones que también se regodea en la destrucción citadina y en el aniquilamiento de humanos, pero, ¡caray!, por lo menos hace de la devastación urbana sustentada en la intolerancia especista un arte ya perdido, además de poseer algo de que carecen los cacharros digitales de Bay: personalidad. Me refiero, por supuesto, al genuino Rey de los Monstruos y azote incondicional de Tokyo: Gojira (Godzilla para nosotros los occidentales).
La descomunal criatura surge en Japón el año de 1954, de tamaño masivo por su exposición a la radiación y una metáfora que representa ese justificado pavor que poseía la nación nipona después de la cruel retribución norteamericana a las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki, pequeños poblados que pagaron una paz prematura con una hecatombe nuclear y envenenamiento radiactivo de por vida al final de la Segunda Guerra Mundial. Un país herido en su sensibilidad colectiva que forjó en su fobia a la modernidad a un engendro escamoso que vale tanto como una catarsis cultural ante tal humillación, como un mensaje por demás directo al resto del mundo: tarde o temprano, los vamos a aplastar (y así fue, tanto ideológica como económica y tecnológicamente a través de lo que mi padre llamaba “la invasión silenciosa”).
Esta quimera surge de las fantasías interorgánicas del cineasta Ishiro Honda, quien visualizó a un híbrido de gorila con ballena (de hecho, “gojira” es la fusión taxonómica de los vocablos “gorira”/gorila y “kujira”/ballena) como la representación icónica de la infusión adrenalínica producto de la intoxicación ambiental y cultural y relativamente arraigada a la formación espiritual nacional, ya que las características visuales del personaje remiten inmediatamente a la apariencia y fisonomía de los dragones japoneses medievales, adquiriendo incluso atributos tales como exhalación de fuego y aspecto predominantemente sauresco.
La primera cinta sobre Godzilla estableció los parámetros básicos que definen la naturaleza argumental de posteriores proyectos: Gojira emerge de las profundidades del mar (o del monte Fuji, según la cinta) con el sano propósito de asolar a los moradores de Tokyo y hacerles pagar por su insolencia metropolitana. A partir de ese planteamiento anecdótico todos los demás aspectos de la historia son accesorios: científicos varios (masculinos y/o femeninos) empecinados en maquinar métodos para contrarrestar los ataques del emberrinchado saurio, soldados de diversos rangos enfrentándose directamente a la bestia y un niño o niña que, de algún modo, jamás se atemorizan ante la presencia del gigante verde, e incluso buscan empatizar con él/ella (jamás se ha esclarecido la identidad sexual de Gojira, a pesar del patético intento de la versión norteamericana de señalarlo hermafrodita).
La cinta inaugural fue un éxito rotundo, consagrando al monstruo como un icono de la disertación pop e inaugurando una nueva línea de exploración narrativa: la fauna titánica (o kaiju en argot cinéfilo-geek). Posteriormente, Godzilla se tornaría un ambiguo salvador al enfrentarlo a incontables y colosales amenazas criptozoológicas (Mothra, Gaigan, Gamera), ambientales (smog), robóticas (Mecagodzilla), biológicas (Biollante) y… de otros filmes (¡King Kong!). Poco a poco, la naturaleza destructiva de este ser dio paso a una imagen benigna, donde Japón pudo a su vez sanar sus propias heridas al transformar a su principal amenaza de exportación en un genuino héroe, aun si para cumplir su deber debía irónicamente pisotear hasta hacer polvo la ciudad que lo vio nacer.
Mucho se ha hablado, discutido e incluso mofado de las limitaciones técnicas y escenográficas de estos filmes, plagados de ingenuidad y un solo motor: contar una historia sobre un monstruo de visible zipper en la espalda desmantelando notorias maquetas. Y aún así, siempre encontraré más paladeable este ataque a los sentidos más primordiales que los insípidos y castrados abortos computarizados de Michael Bay, así como las conciencias que sus escamosas garras ha tocado esta herencia cultural nipona en otros directores como Guillermo del Toro y Gareth Andrews, el primero con sus logrados “Titanes del Pacífico” y el segundo con su exitoso remake de reciente estreno en nuestro estado, dejando muy claro que las voluminosas amenazas de índole monstruosa con raíz asiática aún morarán los océanos dispuestos a atacar nuestra capacidad de asombro y la de generaciones venideras, quienes siempre tendrán como referencia y punto de partida al dragón mitológico de moralidad ambigua llamado Godzilla. Nada mal para un antihéroe de esperpéntica, pero icónica apariencia.

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