El miedo

Luis Muñoz Fernández

Uno de los principales obstáculos para alcanzar una vida buena, una vida ética, es el miedo. Y los mandamases lo saben muy bien. Por eso se encargan de infundirnos temor, de suministrarlo a la dosis justa y en el momento apropiado. El Gobierno, con sus tres poderes, administra nuestro miedo al presente y al futuro inmediato amedrentándonos con las leyes, la policía, el ejército o la Secretaría de Hacienda. La política, que era originalmente la forma de organizar nuestra vida comunitaria, se ha vuelto irreconocible. Un sector muy influyente de la Curia Romana (o sus contrapartes en otros cultos), más aficionado al poder y a la riqueza terrenales que al cuidado amoroso de los asuntos del espíritu, gestiona nuestro miedo a un más allá que suponemos lejano, pero cuya duración eterna hace demasiado temible un castigo también eterno.

Uno de los grabados que pertenece a la serie llamada “Los caprichos” del pintor Francisco de Goya lleva precisamente por título “Que biene el Coco” (sic). En él podemos ver a dos niños que se refugian en los brazos de su madre ante una presencia intimidante totalmente cubierta que recuerda a un fantasma. Goya fue más que un agudo observador de la sociedad de su tiempo. Según una biografía suya escrita por la periodista Berna González Harbour, “Goya retrató el presente. […] Visionario, precursor, Goya pareció predecir el futuro, que no es sino nuestro presente, y materializarlo en un reguero de óleos, grabados y dibujos íntimos que nos muestran los bucles de la historia, ese espejo al que mirarnos y que, cumplidos dos siglos, nos sigue reflejando”.

¿Por qué es importante el miedo? Bernat Castany Prado, profesor de filosofía en la Universidad de Barcelona, ha escrito un ensayo titulado “Una filosofía del miedo” que contiene elementos muy interesantes sobre el tema. Nos dice, por ejemplo, que “el miedo no es tanto una cuestión de batallas y cuchillos (tal como lo entendía, de una forma un tanto romántica, Borges) como un cúmulo de minúsculas evitaciones, excusas, silencios o postergaciones que acaban llenándolo todo, como el vapor”. Ese miedo, hecho de elementos más o menos perceptibles y cotidianos, se va infiltrando de manera sigilosa hasta apoderarse completamente de nosotros. Más adelante, agrega:

“Los griegos creían en la Némesis, una divinidad que se encargaba de infligirle alguna desgracia a aquellos seres que eran demasiado felices con el objetivo de equilibrar todos los destinos. Entonces pensé que el miedo era nuestra Némesis, la espada de Damocles que no nos deja disfrutar del reino de este mundo, pues altera nuestro conocimiento, nos aparta del mundo, reduce el placer, nos hace crueles, nos impide ser lo que hemos decidido ser y erosiona el tejido social”.

En México vivimos bajo el imperio del miedo. Tememos viajar a ciertos lugares, antaño paraísos turísticos, y sufrimos cuando nuestros hijos tardan en regresar más de lo acordado. Y no es que nos asusten “con el petate del muerto”. La amenaza constante a la que estamos sometidos es real y parece ser una forma brutalmente refinada (perdón por la aparente contradicción) de sometimiento ejercida desde la connivencia de las autoridades con la delincuencia, en la que el vapor del que hablaba Castany no nos permite distinguir dónde termina una y empieza la otra. Es la simbiosis de dos existencias parasitarias (de nuevo una aparente contradicción) en perjuicio del cuerpo social que somos todos nosotros. No sé si sea un caso inédito en los anales de la parasitología, pero ha corroído nuestra vida comunitaria hasta hacernos olvidar que una vida distinta, sin el miedo omnipresente, es posible y existe en otras latitudes.

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