Luis Muñoz Fernández

El “rockstar” de la filosofía contemporánea, el coreano avecindado en Alemania Byung-Chul Han, ha escrito un libro que se titula “La sociedad paliativa”, en el que analiza uno de los rasgos de la sociedad contemporánea: el miedo al dolor. Nos dice que “hoy impera en todas partes una ‘algofobia’ o fobia al dolor, un miedo generalizado al sufrimiento. También la tolerancia al dolor disminuye rápidamente”.

Esta tendencia también se ha extendido a la política: “La algofobia domina también la política. […] La política se acomoda en una zona paliativa y pierde toda vitalidad. […] En lugar de discutir y luchar por alcanzar argumentos mejores uno cede a la presión del sistema. Se está propagando y asentando una posdemocracia, que es una ‘democracia paliativa’. […] La ‘política paliativa’ no es capaz de tener visiones ni de llevar a cabo reformas ‘profundas’ que pudieran ser dolorosas. Prefiere echar mano de analgésicos, que surten efectos provisionales y que no hacen más que tapar las disfunciones y los desajustes sistemáticos. La política paliativa no tiene el ‘valor de enfrentarse al dolor’. De esta manera todo es una mera continuación de lo mismo”.

Lo anterior viene a cuento por el comportamiento de ciertos gobernantes frente a la pandemia. Desde luego que no es un fenómeno nuevo, pues ya lo describía Albert Camus en su novela “La peste”. Y lo muestra con notable claridad “No miren arriba”, una película reciente y muy vista en una famosa plataforma informática.

Un número significativo de políticos vive en una realidad distinta a la del resto de los ciudadanos. No sólo por sus sueldos exorbitantes, con frecuencia inmerecidos, y por los pingües negocios que hacen a la sombra del poder y que explican su obsesión por retenerlo, sino porque ante las evidencias fácticas, demostradas por años de experiencia clínica y conocimiento científico, hacen caso omiso de las señales que indican la presencia de una nueva oleada encarnada en la variante Ómicron del coronavirus. Creen que pueden poner puertas al campo.

Pese a que la información de la que disponemos indica que esta variante es menos virulenta, sabemos que es altamente contagiosa, que emula en esto al antaño temido virus del sarampión, hoy casi olvidado gracias a la vacuna. ¿Es realmente así? A las pruebas nos remitimos: los hospitales vuelven a estar llenos y al borde del colapso.

La realidad no se conjura negándola o disfrazándola, sino enfrentándola. Aunque nos duela. ¿Cuándo volveremos a escuchar a un político que nos ofrezca “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”?

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