Moshé Leher

 Daniel Sada, el extinto novelista, un día me dijo que cuando una historia le venía a la cabeza, sólo buscaba el punto de vista desde donde podría narrarla y que cuando lograba ubicarlo ya se podía poner a escribirlo. Yo le respondí que yo, en cambio, resolvía una historia cuando tenía claro el final: será por eso que él dejó algunas docenas de libros geniales y yo tengo en mis cajones y en mis archivos un montón de libros escritos a la mitad, que es cuando suele pasar que el final no cuadra con la narración.

Ahora sí que un asunto de puntos de vista.

Hace un año, más o menos a estas alturas, una historia me creció tanto que el final imaginado se volvía tan obvio como disparejo, justo en eso se me venció la licencia del programa en que lo estaba redactando, que es, hasta la fecha, el motivo por el que no ensayo soluciones, que es lo mismo que el pretexto por el que la historia se detuvo luego de poco más de doscientas páginas, lo que no quiere decir que no siga pensando en un final más acorde.

Si un día lo encuentro, ya me las ingeniaré para rescatar los archivos, pasarlos al nuevo programa editorial que uso o lo que sea que tenga que hacer. Terminaré el libro, si es el caso, y lo dejaré bien guardado en el cajón de las obras inéditas, pues aunque hace días hablé con un pequeño editor de Madrid, le dije que no tenía por ahora nada que ofrecerle.

En tanto avanzo a ritmo lento en la lectura de uno de esos libros sobre judíos neoyorkinos que tanto me entretienen, pues aunque ya vislumbro el final, que supongo contundente y demoledor (es un libro atroz, del tipo del Carpe Diem de Bellow), quisiera disfrutar el centenar de páginas que me restan, pues es de esos libros que cierro, tras agotarlos, con un dejo de nostalgia.

Ya tengo allí los dos libros que siguen: Los Vencejos de Aramburu y un librito monográfico que editó el Instituto Mora, que versa sobre el miedo como factor político y que firman, como coordinadoras, Fausta Gantús, Gabriela Rodríguez Rial y Alicia Salmerón, y que luce de lo más interesante.

Pues en esas estaba, tratando de pasar un fin de semana relajado y en casa, a ratos con mis judíos, a ratos con los artículos de Borges en la revista El Hogar, a ratos con el beisbol en la televisión.

El sábado fui por la mañana a hacer ejercicio, me volví a casa para comer aquí en paz, hice una siesta, trabajé un poco en el ordenador y por la noche me senté a ver la película de Greenaway sobre Rembrandt en la tableta, junto con una botella de un tequila al que le faltaba un grado para ser lava volcánica, con el trato de que pasara lo que pasara, a las doce de la noche estaría yo ya apagando las luces de mi dormitorio.

La película me resultó inquietante, por lo que me puse mejor a ver videos de pequeñas piezas de Saint-Saënz, mientras le fui agarrando el gusto al brebaje, no tanto como para romper el pacto, subirme a las 11 pasadas, ponerme el pijama y dormirme antes de las doce.

No sé en qué momento: las imágenes son turbias y confusas como todas las que vienen de los parajes oscuros del mundo de los sueños, apareció el final perfecto; no sé si del libro que estoy leyendo y que habla de la ruina de un hombre que dejó de lado la religión de sus padres, dos devotos judíos polacos, o si de mi historia inconclusa, o de alguna otra historia.

Sólo me queda claro que era el final perfecto, redondo, luminoso, devastador y a la vez bello: sublime a la manera del falso Longino o de Burke, aunque creo que sobre el asunto ya había hablado Aristóteles en su poética, asunto que no viene a cuento, porque lo que importa es que allí estaba yo, olvidé los detalles, cerrando un libro y conmovido por aquel final perfecto.

Perfecto, cuyo contenido ignoro, pues aunque me impresionó tanto que desperté presa de esa sensación de plenitud, al despertar ya había perdido cualquiera de sus detalles: tema, tono, forma, salvo el punto final, que es el que viene a continuación.

¡Lejaim!

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