Luis Muñoz Fernández

La palabra comunismo evoca los horrores de los regímenes totalitarios, especialmente el soviético, que en su nombre perpetraron tantos crímenes y cometieron un sinfín de abusos el siglo pasado. Sin embargo, igual que el anarquismo, su idea de la justicia social y la redención de las legiones de pobres que son la mayoría de la humanidad inspiró a seres humanos extraordinarios que entregaron su vida al servicio de sus semejantes.

Pienso en ello al recordar a Norman Bethune, un controvertido médico canadiense que inicialmente se destacó como cirujano de tórax. De carácter difícil, se convirtió en un ardiente promotor de la medicina socializada (pública) que en aquel entonces era prácticamente inexistente, para fundar en 1935 con otros colegas canadienses, entre ellos Frederick Banting, uno de los descubridores de la insulina, el Grupo para la Seguridad de la Salud Pública de Montreal. Ese mismo año se afilió al ilegal Partido Comunista de Canadá.

En octubre de 1936 se trasladó a España y allí organizó el Servicio Canadiense de Transfusión Sanguínea (el primero en su tipo) para auxiliar en el mismo frente de batalla a las tropas republicanas durante la guerra civil española.

Al enterarse de que miles de habitantes de Málaga huían a pie o en frágiles monturas de la sangrienta represión que las tropas del general Franco imponían en las poblaciones conquistadas, Bethune y sus dos colaboradores Hazen Sise y Thomas Worsley trasladaron en su ambulancia durante tres días de vorágine a cientos de aquellos malagueños desechos por días de marcha bajo el inmisericorde bombardeo de los aviones y el cañoneo de buques alemanes e italianos aliados de Francisco Franco. Fue la llamada “desbandá” o “El crimen de la carretera de Málaga a Almería”, como el propio Bethune tituló su crónica:

“Cogí al niño y lo tendí con delicadeza en el asiento. El español agarraba mi mano convulsamente, y me hizo la señal de la cruz. Necesitaba mucho más que saber la lengua española para que mi corazón le hablara a ese extraño, a esos rostros que se revelaban en el tumulto y la noche, los rostros que se agolpaban, inquietos por el miedo, esos brazos que se alargaban como un vacilante bosque herido, las voces que me suplicaban.

«Camarada… por favor, sálvenos», gritaban, y yo entendía sus súplicas sin entender las

palabras.

«Llévese a nuestras mujeres y niños…Los fascistas llegarán pronto…».

«Tenga piedad, camarada, sálvenos, por el amor de Dios».

«Déjenos ir en su vehículo, no podemos caminar más».

«Camarada, los niños».

Un pensamiento amargo me quemaba la mente: ¿dónde están esta noche los comprometidos ministros del dios cristiano, representantes en la tierra de su amor y salvación? ¿Dónde están, que ignoran estos gritos que claman a su Señor? ¿Dónde está la clemencia y la conciencia de un mundo que enferma sin remedio?”.

Eso discurría aquel médico comunista –de convicción más que de partido–, que moriría de una infección adquirida operando a soldados heridos en la segunda guerra chino-japonesa.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com