Eugenio Pérez MolpheBalch

Los organismos funcionamos gracias a que nuestras células contienen diminutas máquinas que se encargan de llevar a cabo todas las funciones necesarias para mantener esa maravillosa organización dinámica que conocemos como vida. Estas máquinas son las proteínas, y cada célula posee miles de variantes de ellas, cada una con una función específica. Las proteínas son cadenas formadas por compuestos más pequeños, llamados aminoácidos, que se unen en una secuencia determinada. Esta secuencia de aminoácidos es lo que le da su función a cada proteína. Sólo hay 20 aminoácidos diferentes que pueden integrarse a una proteína, sin embargo, el número de secuencias diferentes que se pueden obtener con ellos es prácticamente infinito. Como analogía, nuestro alfabeto posee 27 letras, pero colocándolas en secuencias diferentes podemos manifestar con ellas un número infinito de ideas.

Son las propias células las que construyen las proteínas que requieren para mantenerse vivas y reproducirse. Sin embargo, el número de proteínas necesarias es muy alto, y cada una debe llevar la secuencia correcta de aminoácidos, de lo contrario no cumplirá con su función. ¿Cómo es que las células “recuerdan” la secuencia correcta de aminoácidos de cada proteína? La respuesta es que cada célula lleva en su interior un instructivo que contiene todas estas secuencias. Esta información está almacenada en forma de otra molécula, el ácido desoxirribonucleico (ADN), que también es una cadena de miles de moléculas, llamadas nucleótidos. En este caso sólo hay cuatro nucleótidos diferentes (adenina, guanina, timina y citosina), los cuales pueden unirse también en un número infinito de combinaciones. La porción de la molécula de ADN en donde se encuentra la información de la secuencia de aminoácidos de cada proteína en particular se llama gen. Por lo tanto, la secuencia de nucleótidos en un gen se traduce a una secuencia de aminoácidos en una proteína. El “diccionario” que permite hacer esta traducción es el llamado código genético.

A lo largo de la evolución, los humanos hemos desarrollado miles de lenguajes o idiomas diferentes, lo que nos dificulta comunicarnos entre nosotros. Curiosamente, esto no ha sucedido con este lenguaje de la vida, el código genético. Todos los seres vivos que habitamos el planeta usamos el mismo lenguaje o código. Es por eso por lo que ahora podemos lograr que un gen de un animal, humano incluso, pueda ser leído sin ningún problema por una bacteria o una planta. También es por esto por lo que los virus nos pueden infectar, ya que a través de este lenguaje les dan a nuestras células nuevas instrucciones y las convierten en fábricas de más virus. Este lenguaje común es también una prueba de que todos los seres vivos del planeta descendemos de un único antepasado, la célula primordial que lo desarrolló. Si algún día llegamos a encontrar vida fuera de nuestro planeta, o ésta nos encuentra a nosotros, quizá la pregunta más interesante a responder será si la vida extraterrestre “habla” este mismo idioma. De ser así, nuestro origen fue común, descendemos de un mismo ancestro.

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