Luis Muñoz Fernández

Una discusión reciente en el seno del Colegio de Bioética, AC. sobre el uso del lenguaje incluyente en la redacción de sus estatutos, me llevó a la consulta del libro más reciente de Álex Grijelmo titulado “Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo”. Hago notar que “incluyente” e “inclusivo” son sinónimos (ambos significan ‘que incluye’), por lo que pueden usarse indistintamente.

Álex Grijelmo, doctor en Periodismo y máster en Divulgación, dirigió la agencia EFE, creó la Fundación del español urgente (Fundéu), es responsable del “Libro de estilo” del periódico “El País” y escribió un libro, “El estilo del periodista”, que es hoy un texto obligado en las escuelas de periodismo de toda España.

Señala desde el principio que se trata de un borrador de propuestas (al final del libro incluye treinta y seis) y siempre es muy respetuoso para evitar herir susceptibilidades. Sin embargo, aprovecha también para combatir una serie de creencias sin sustento y francas falsedades sobre el tema: “El primer paso para llegar a un acuerdo sobre el lenguaje igualitario debe consistir quizá en mirar al español sin prejuicios, como expresión cultural, como un amigo íntimo dispuesto a ayudarnos y no como un enemigo que nos oprime”.

En este sentido, resulta sorprendente saber que, en los inicios del idioma indoeuropeo, del que proceden la mayoría de las lenguas occidentales hoy, sólo había dos géneros: uno para lo inerte y otro para lo vivo, este último neutro, sin distinción entre los sexos. Con el paso de tiempo, las mujeres y las hembras de los animales no humanos cobraron gran importancia para las comunidades y así surgió el género-sexo femenino para designarlas. En el tercer milenio antes de Cristo, primero apareció el género femenino y orilló al género neutro a que asumiese el significado masculino.

Sobre las recomendaciones de las filólogas feministas, Grijelmo las recoge en su libro, no sin antes señalar que se trata de planteamientos que le parecen válidos para la “lengua cultivada”, es decir, para la comunicación pública (política, periodística, administrativa): “No se puede pedir a la ciudadanía común que estudie y ponga en práctica estos consejos”.

Y agrega: “El debate sobre el lenguaje igualitario debe encontrar espacios comunes que acojan posturas razonables y argumentadas de todas las partes y faciliten un diálogo sincero y encaminado al acuerdo, sin ridiculizar a quien defiende otras opiniones. Las posiciones más radicales corren el riesgo de descalificar a la colectividad en la que se insertan”.

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