Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Un drama superfamiliar

En este proceso sin fecha de caducidad sobre la deconstrucción de la figura superheroica que iniciara en los cómics, desde los trabajos de Alan Moore, con “Watchmen”, y Frank Miller, con “El Regreso del Caballero Nocturno”, ahora son estas adaptaciones para cine y T.V. las que prosiguen con la exitosa inserción en la cultura colectiva de estos personajes estilo griego que son más humanos que “súper”, siendo el escritor Mark Millar quien mayor reconocimiento y notoriedad ha recibido en los últimos años gracias a la atención mediática que recibieran sus trabajos posteriormente adaptados como “Kick-Ass: Un Superhéroe Sin Superpoderes”, “Kingsman” o “Wanted: Se Busca”, debido al brutal desenfado con que trabaja sus historias rebosantes de violencia, escenas en el más puro estilo gore y diálogos del linaje Tarantino. En el caso de “El Legado de Júpiter”, la más reciente traslación de su obra, ahora de la mano de Netflix, compañía con la que lleva asociado un par de años, ha disminuido los decibeles y su acostumbrada estridencia narrativa para generar una óptica relativamente épica donde se explora la dinámica entre dos generaciones de superhéroes que poseen perspectivas desiguales, enfrentándose tanto a supervillanos como a ellos mismos, con base en diferencias ideológicas, morales y éticas, pero, ante todo, ésta es una historia de familia, donde el creador y director, Steven S. DeKnight, entrelaza el cisma que invariablemente se produce entre padres e hijos con su labor bienhechora, produciendo un interesante desglose de lo que significa ser héroe, análogamente al deber familiar, pero con algunas capas de lectura bien elaboradas que le añaden mayor dimensión a este macro relato.
El foco argumental son los hermanos Sampson, Sheldon (Josh Duhamel) y Walter (Ben Daniels), quienes, en la década de los 20 del siglo pasado, forman parte de una boyante empresa liderada por su padre, hasta que llega el crack bursátil que orilla a la nación a la Gran Depresión y a su progenitor a cometer suicidio. Esto llevará a Sheldon a padecer una serie de alucinaciones que lo conducirán a él, su hermano y a un pequeño grupo, que incluye a una columnista sensacionalista llamada Garce (Leslie Bibb), a una isla donde adquirirán enormes poderes. En la época actual, a Sheldon ahora se le conoce como Utopian, mientras que Walt es Brainwave y Grace, quien se ha casado con Sheldon, es Lady Liberty. Entre ellos, han conjurado un código que involucra a todos los superhumanos que han brotado con los años sobre respetar la vida y no interferir en la política o modus vivendi de los humanos comunes y corrientes, lo que conduce a una relación ríspida con su hija Chloe (Elena Kampouris), quien jamás se ha sentido conectada emocionalmente con su padre, mientras que su hermano Brandon (Andrew Horton) simplemente vive a la sombra de su padre, pues Utopian ha alcanzado estatus cuasi míticos en el mundo. Estos elementos se verán conectados con una extraña conjura que, al parecer, es orquestada por un enemigo llamado BlackStar (Tayler Mane), por lo que la trama adquiere ciertos toques thriller cuando, además de desmenuzar las relaciones entre estos personajes, también deberán localizar al culpable de lo que parece fue una muerte premeditada en la que Brandon se ha visto involucrado.
La serie es la antítesis de “The Boys”, pues, mientras ésta es una sátira ultraviolenta, jocosa (en el mejor sentido del humor negro) y clara sobre la fascinación del norteamericano por rendirle culto a las celebridades (en este caso, una suerte de Liga de la Justicia sórdida e hipercapitalista), “El Legado de Júpiter” se muestra más preocupada por analizar los tics psicológicos y emocionales que invariablemente surgen cuando se tienen habilidades más allá de los mortales sin caer en vericuetos telenoveleros, pues los guiones dosifican correctamente los conflictos físicos y verbales propios de una historia estelarizada por superhéroes con varias escenas introspectivas o cargadas de diálogos que nos brindan un asomo a sus mentes y corazones. Por supuesto, éstos van a los puntos básicos, por lo que no se debe esperar alto grado de profundidad, pero lo que provee la serie basta para que el espectador se entretenga y se sienta algo fascinado por lo que ve, pues los dramas que ofrecen estos superseres dan tela que cortar, como la tensión marital que surge entre Utopian y Lady Liberty cuando sus perspectivas sobre la crianza de hijos, aliada al honor que se debe rendir al código de conducta heroico, comienza a mostrar fracturas, o la relación sentimental y (muy) carnal entre Chloe y el hijo del archienemigo de Utopian como castigo de ésta para con su despechado padre, además de su entrega a drogas y desenfreno nocturno total. Esto, lejos de arrojar una forzada sombra ominosa sobre lo que la cultura general aún capta sobre el universo comiquero (encapotados que sonríen mientras bajan gatos de un árbol), le incorpora nuevas y necesarias facetas a un discurso que ya se estaba decantando tan sólo en lo que Marvel, y ocasionalmente DC puedan ofrecer, algo que puede repeler a algunos o atraer a otros -como un servidor-, que encuentra atractiva la idea de aterrizar a estos semidioses al nivel de cualquier humano, sobre todo si cuenta con un nivel de producción adecuado, una puesta en escena convincente y actores capaces de inyectar convicción a sus papeles. “El Legado de Júpiter” logra desarmar todo arquetipo legado por aquellas dos grandes compañías de cómics para buscar un camino nuevo que nos lleve a una mirada fresca sobre los superhéroes y sus hazañas, tanto públicas como privadas.

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