El ladrillo

Por J. Jesús López García

Los primeros ladrillos se fabricaron sin cocción y se empezaron a utilizar desde el período neolítico y fueron empleados en construcciones situadas en lugares donde la tierra más que la madera por su abundancia, era lo más propicio para configurar los primeros lugares, esto es en la franja mediterránea en que se originaron las primigenias civilizaciones humanas.

La palabra al-tub en castellano, proviene del árabe; se convirtió en attub y más tarde en “adobe” que es como conocemos a esos ladrillos crudos que en lugares como nuestra región fueron aprovechados de manera extensiva al común de las edificaciones civiles, dejando la piedra para las fincas principales. El ladrillo cocido que nos es tan común, pieza fundamental de nuestra construcción actual, es un material cuyo uso extendido es relativamente reciente. La piedra tenía como fin las casas de los vecinos más prósperos y el adobe antiguamente muy barato recaía en el resto de las obras, pero sufría de una erosión importante al paso del tiempo y de agentes ambientales si no se mantenía debidamente aplanado o en condiciones óptimas de mantenimiento, además de ocupar bastante superficie de desplante.

Con la llegada del ferrocarril hace más de un siglo, la industrialización de la ciudad y su consiguiente expansión de la mancha urbana, trajo como resultado dos efectos notorios: el primero, un crecimiento urbano que de ese modo confirmaba su bonanza económica, incrementando así el precio del suelo. Y el segundo, la construcción nueva con base en materiales de reciente utilización en Aguascalientes, tal como son el acero, el concreto armado y el ladrillo cocido.

No es que no se produjese este material anteriormente, pues sí se fabricaban pero en pequeña escala ya que no abundaba la madera en nuestra zona y su uso era para algunos elementos como las jambas y los dinteles de los vanos en las edificaciones, por lo demás realizadas con adobe que de esa manera servían como cerramientos y en algunos otros usos inesperados, baste citar como ejemplo la imagen de San Francisco que corona la linternilla de la cúpula del templo de la Tercera Orden, anexo a la iglesia de San Diego, que debajo de una capa de aplanado revelaba ladrillo, es de suponer que era utilizado para esculpirlo como piedra de consistencia blanda.

Sin embargo, con el arribo del ferrocarril se pudo disponer de lotes de ladrillo en múltiples cantidades y formatos diversos, como la “cuña de golpe” de dimensiones más reducidas e incluso piezas vidriadas, o bien de madera de procedencias lejanas para contar con horneadas locales más o menos abundantes. El ladrillo recocido tiene la ventaja sobre el adobe de no requerir aplanados o mantenimientos más esmerados para perdurar a través del tiempo sin perder sus características mecánicas óptimas ante las fuerzas que actúan a compresión, y de no requerir tampoco tanta superficie de desplante, ya que un muro con adobe era muy ancho y el de ladrillo solamente de 15 centímetros o de 30 si es doble.

Así de esta manera, el ladrillo cocido desplazó a su ancestro el adobe y se convirtió en el caballo de batalla de la construcción local. Podemos ver fincas de esas primeras épocas del uso extensivo del ladrillo cocido, a veces mezclado con elementos de adobe o totalmente independientes de éste, pero aún empleando las formas de las edificaciones tradicionales tal y como se aprecia en la finca ubicada en la calle General Emiliano Zapata No. 122, cuyo entablamento, pilastras, jambas y dinteles siguen con la composición de las casas tradicionales pero sin utilizar la piedra sino el ladrillo.

Es muy probable que el material lo utilizaron también en el resto de la obra tal ya que el muro colindante con la privada Emiliano Zapata es totalmente de ladrillo en excelente estado de conservación. Como fuere, el inmueble es posiblemente uno de los últimos en continuar con la práctica de la forma arquitectónica tradicional, y al mismo tiempo, una de las primeras en adaptar al ladrillo cocido como su medio de construcción.

En suma, es un edificio de transición que en su sencillez mezcla tradición y novedad en un mismo objeto arquitectónico, que de alguna manera definió en los primeros treinta años del siglo pasado, el tránsito de la tradición a la modernidad de nuestra ciudad, que tanteando cuidadosamente los nuevos tiempos, buscaba seguir asiéndose a su pasado que poco a poco iba quedándose atrás. Eso es lo que representa el ladrillo cocido, con base en el ancestral adobe, continúa siendo humilde pero debido a su practicidad se adapta de manera versátil lo mismo a lo viejo que a lo nuevo.

Si bien es cierto el sistema constructivo con ladrillo funciona bien estructuralmente, como lo demuestran las múltiples obras edificadas de esta manera, pronto fue necesario reforzarlas con el nuevo concreto armado posiblemente por la cada vez menor calidad en el material. Con el ladrillo y el concreto armado aparecieron obras con una plástica distinta a la típica. La modernidad arquitectónica hizo su aparición.