Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Fidel Castro, en una memorable y larguísima intervención, que como algunos libros uno termina por alabar por fatiga, pronunció una frase feliz (epatante, impactante, elocuente, pero nada más) que decía más o menos: “…la historia me absolverá…”, frase que terminó siendo lo rescatable de un discurso de alrededor de seis horas, y que, como muchas otras no son sino “flatus vocis” (soplos de la voz), que finalmente no dicen nada, v.gr. “el tribunal de la historia”, “el juicio inapelable de la historia” y la ahora de moda entre los “cuatroteros” “el basurero de la historia”, porque finalmente cada generación reinterpreta los acontecimientos y, no existe, de una vez y para siempre un juicio único y definitivo de la historia.

El 16 de septiembre de 1910, en los festejos del centenario de la Independencia la figura de Porfirio Díaz alcanzó perfiles apoteósicos, la serie de eventos, las inauguraciones, entre otras la de la Universidad Nacional, la presencia y reconocimiento de la “comunidad de naciones”, la expresión de júbilo y los vítores del pueblo, difícilmente podrían hacer pensar que ese mismo año, apenas dos meses después vendría la proclama revolucionaria, la gesta de los hermanos Serdán en Puebla y las escaramuzas en el norte, que convencieron al caudillo de que era tiempo de dejar la presidencia, con un país ordenado, progresista y en paz, al que habría de dar traste un movimiento informe, lucha de grupúsculos, de intereses y liderazgos, que se sucedieron tras la muerte de Madero, que fue incapaz de algutinar las fuerzas desatadas con la renuncia de Porfirio Díaz, luchas intestinas que se sucedieron por más de veinte años, a las que en la perspectiva política de Lázaro Cárdenas se agrupó como la Revolución Mexicana.

El reciente triunfo del presidente López Obrador, no de su partido, que no existe, ni de su movimiento, que no es sino una entelequia, en que consolidó para la 4T la abrumadora mayoría de las gubernaturas de los estados, y en que obtuvo la mayoría de los votos de la poquísima concurrencia a las urnas, le hace pensar a uno, si no estará, como quiere AMLO, en el lado equivocado de la historia, por decirlo de alguna manera. Es claro que la mayoría de la población que a partir de 2018 se ha expresado en las votaciones lo ha hecho en favor de López Obrador y, es claro también, según las encuestas y sondeos generalizados que la mayoría de la población sigue apoyándolo y aprobando su gobierno. Probablemente el apoyo no se ha consolidado tanto como el propio presidente esperaba o deseaba. El despliegue brutal de apoyos desde la presidencia de la República no logró doblegar la percepción y en consecuencia los votos de los habitantes de los estados del altiplano, Durango y Aguascalientes, que junto con Guanajuato, Querétaro, Jalisco y otros pocos, son las entidades que, siguen siendo bastión de un pensamiento nacionalista consolidado en el mestizaje.

El avance inobjetable de la cuatro T o de López Obrador es un fenómeno que, por lo menos, suscita si no la admiración sí la perplejidad del espectador que pretenda formular un juicio imparcial, (suponiendo que pudiera darse). Arriesgarse a realizar un examen más o menos objetivo del gobierno es difícil partiendo del hecho de que estamos inmersos en él, se dice que lo último que percibe un pez de las profundidades oceánicas es que está rodeado de agua. No se tiene la perspectiva ni del tiempo ni de distancia ni de circunstancia para que el examen pueda ser sereno o desinteresado. La valoración sin duda, estaría sesgada porque es prácticamente imposible que prescindamos de elementos en los que tenemos participación y de los que somos sujetos u objeto. No es cuestión de arredrarse porque se impone realizar el intento de explicación de un fenómeno en el que nos va el futuro del país.

Probablemente habría que, mutatis mutandi, recordar el criterio de verdad de Emmanuel Kant, la adecuación del pensamiento consigo mismo. No, se trata de hacerle manita de puerco al filósofo, sino tomarlo como referencia. Quizás la forma menos subjetiva para enjuiciar al presidente y a su gobierno, sea a partir de sus propias promesas y contrastarlas con sus resultados. Se vendió y así lo compramos como “La esperanza de México”, más allá de que no es ni un programa ni un proyecto, el pueblo esperó (de allí la esperanza) de que efectivamente su gobierno constituyera un parteaguas luego de una serie de gobiernos, que si bien, en términos generales, seguían arrojando resultados globales positivos, habían hecho más perceptibles las distancias entre grupos sociales y propiciado condiciones de violencia e injusticia crecientes.

López Obrador supo explotar el encono y vender la esperanza.

A casi cuatro años de que empezó a tomar decisiones de gobierno los resultados no pueden ser más desoladores. No dispongo del espacio ni del tiempo para hacer el recuento de los datos, pero baste tomar los más significativos: la seguridad, la educación, la salud pública, la economía, por citar cuatro sectores claves se encuentran peor que nunca. En los cuatro sectores hubo promesas, explicaciones, más promesas, ajustes, más promesas, justificaciones, más promesas, terceros culpables, más promesas y así en una cadena interminable de justificaciones, culpaciones y exculpaciones. La cuestión no es, y supongo que ese es el enfoque equivocado, analizar resultados y comparar con las expectativas, lo que desde luego arrojaría un resultado completamente negativo para el presidente y su gobierno (hay que llamarlo de alguna forma).

El punto es que los que estamos del lado equivocado de la historia, los que cuestionamos un gobierno populista y autocrático, veleidoso y contradictorio, inestable y bilioso, no acabamos de entender que el apoyo del presidente está en lo que logró hacer creer al pueblo que es él. El pueblo le cree y lo crea. Es así.

Las creencias sólo pueden ser sustituidas por otras creencias. En tanto los que creemos en otra forma de organización y de gobierno no logremos imbuir esa creencia en la mayoría de la población, ésta seguirá creyendo en sus ídolos, llámense virgen, boxeador o presidente.

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