Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Por un puñado de wones

Al parecer nos encontramos de nuevo en un punto inflexivo similar al de los 70’s donde los estrepitosos cambios producto del proceso involutivo en la política económica mundial eroga en más pobreza que bienestar, orillando a directores y guionistas a adoptar medidas alegóricas que aborden éste fenómeno como ocurrió hace más de cuatro décadas cuando el Watergate, Vietnam y las debacles financieras en diversos países por la privatización bancaria gestó en las pantallas de todos los tamaños fantasías apocalípticas como “Rolerball” (Jewison, E.U., 1975) o “Carrera Mortal 2000” (Corman, E.U., 1976), perpetuadas por la subsecuente política de la avaricia cultivada por Reagan en los 80’s que legaría todo un subgénero de futuros arruinados por la codicia y el desgaste climático en la forma de “Mad Max” y sus numerosos bastardos fílmicos. Actualmente Corea del Sur encontró no sólo una manera más sutil e inteligente para lidiar con este proceso mediante trabajos que discursan sobre la inequidad económica de forma cuasi lírica y propositiva en cuanto a su forma y fondo cinematográficos, también moldea nuevas herramientas de discurso al madurar sus argumentos transformando la denuncia en una forma de arte, tal cual lo han hecho cineastas como Park Chan-Wook (“Oldboy: Cinco Días Para Vengarse”) o Bong Joon-Ho (“Parásitos”) de forma elocuente, sapiente y muy astuta. La estafeta la toma ahora el director y guionista Hwang Dong-Hyuk con la exitosa serie “El Juego del Calamar”, proyecto de la compañía Netflix que ha sobrepasado expectativas para erigir a esta producción televisiva en la más aceptada por los clientes del servicio de streaming según su oráculo algorítmico, lo cual no sorprende pues este proyecto con nueve episodios está hecho a la medida del público millenial con todos sus tropos dramáticos y arquetipos acostumbrados lo que ya le resta sustancia y seriedad de facto, pero sí le añadimos un desequilibrio en cuanto a calidad narrativa muy evidente en la manufactura de los capítulos (por cada uno bien confeccionado le siguen dos bastante mediocres, melosos o con tendencias chantajistas) nos quedamos con una sátira ocasionalmente funcional que depende de una imaginería violenta para mantener despierto o atento al espectador sin las dosis de humor negro o aristas más profundas como ya nos habían malacostumbrado los cineastas previamente mencionados.
Eso sí, “El Juego del Calamar” luce impecable. Hyuk realiza un trabajo minucioso y acabado en cuanto a fotografía, composición y diseño de arte, creando sets que semejan un grabado de M. C. Escher pero al pastel y un montaje por demás fílmico echando mano de muchos recursos diegéticos del cine como la música, el ralentí y la analepsia, entre otros. La historia en sí ya cae en lo unidireccional: un grupo de personas (456 en total) aceptan participar en 6 juegos adaptados de la infancia a un contexto mortífero donde los perdedores recibirán un balazo en el cráneo cortesía de una cuadrilla con impermeables rosa mexicano y caretas negras con figuras geométricas y la finalidad de ganar billones de wones. La motivación para arriesgar la vida de este modo es la angustia en la que estas personas se ven sumidas por la escasez de efectivo ante la falta de trabajo, indigencia o cualquier otro motivo, y de este modo comienzan a desprenderse los personajes titulares. El principal es Seong Gi-Hun (Lee Jung-Jae), un hombre de 47 años incapaz de mantener alguna labor profesional que vive con su madre y desea recuperar a su pequeña hija de 10 años, pero una inmensa deuda con los banco y algunos violentos prestamistas se lo impiden. Su amigo de la infancia, un inversor financiero llamado Cho Sang-Woo (Park-Hae-Soo) es perseguido por la policía debido a cuantiosos fraudes cometidos contra sus clientes, mientras que una carterista (Jung-Ho-Yeon) sólo quiere el dinero para trasladar a su madre a una isla donde pueda vivir mejor y rescatar a su hermano menor de un hospicio. Otros caracteres notables son una mujer estridente y neurótica que hará lo que sea para ganar, un maleante brutal y seco no exento de déficits dispuesto incluso a eliminar concursantes para llegar al final y un anciano que despierta la compasión de Seong, ayudándolo en toda oportunidad. Sus interacciones serán clave para desarrollar sus motivaciones, rasgos emocionales y psicológicos, a la vez que se pretende examinar la naturaleza moral y ética de estos sujetos mientras se desarrolla una línea narrativa análoga a sus desventuras sobre un joven detective que busca el paradero de su hermano en esas instalaciones subterráneas ubicadas en una remota isla.
La tesis de la serie es sencilla, al punto de sugerir simplonería: cada quien hace su vida en base a las decisiones tomadas, pero el ethos que se construye no aguanta correctamente el peso de las implicaciones filosóficas que se supone debe explorar mientras cada juego infantil con matices sangrientos se despliega debido al ineficaz tallado de personajes en sus ángulos humanistas, todos encajados en el molde de la caricatura o el cliché. La parábola misma de los juegos se antoja superficial debido a su poca contextura simbólica, y no, no basta con que se trate de actividades de la infancia adecuadas a un contexto brutal, pues eso sólo se trata de una artimaña barata para generar impacto sensorial. Las máscaras, el misterio sobre el porqué, el cómo y el dónde de todo esto jamás se aborda con propiedad quedando incluso en manos del azar varios puntos de resolución, lo que se antoja perezoso por parte del guionista Hyuk, mientras que los manoseos emocionales pasan por elementos dramáticos (el capítulo final rebosa de ello, en particular la patética escena de confrontación entre dos personajes, uno en su lecho de muerte, incapaz de conseguir la potencia argumental deseada ante su falta de sima trágica). “El Juego del Calamar” es uno donde la apariencia y los guiños a la sátira socioeconómica y de la moral prevalecen, mientras que el verdadero perdedor es el espectador.

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