“¡Dios mío, está lleno de estrellas…!”
Dave Bowman (Keir Dullea),
“2001, Odisea del Espacio”

Por años, los científicos han sostenido la teoría de que nuestros átomos poseen microfragmentos de materia estelar. Tal vez ello explique el porqué nunca dejamos de dirigir nuestra mirada hacia las estrellas, como si percibiéramos su insistente convocatoria para que nos reunamos y tomemos nuestro lugar en el todo universal. Eso podría explicar nuestra vehemencia por renunciar a la superficie en cualquier momento y oportunidad para despegar nuestros pies en pos de tan celestial llamado, logrando incluso sobrepasar nuestra atmósfera terrestre, no para abandonar su mundo, sino simplemente para regresar a su hogar primordial. Tal concepto invita a ineludibles consideraciones metafísicas, filosóficas y teológicas, tratando de desenmarañar los rasgos identatarios de nuestra raza mediante nuestro reflejo cósmico que nos inspira a renunciar a todo aquello que percibimos de manera inmediata, para aproximarnos a una trascendencia protodeificada que, por lo menos, nos arrebate un poco del estigma de orfandad con que cotidianamente encaramos nuestra oquedad en el espacio.
Las propuestas cinematográficas que han transitado por esta vía de exploración dramática legaron propuestas de honda resonancia, tanto en modelos de pensamiento filosófico como de cultura popular, apareando cierta sensibilidad antropocéntrica con los efectos dramáticos de un sondeo cosmológico, tal y como se expone en “2001: Odisea del Espacio” (1969) de Stanley Kubrick, profunda meditación sobre la condición humana que unifica diversos recursos de la narración fílmica como instrumentos precisos para una sinfonía de profunda transhumanidad. Mediante una polarización de espacio-tiempo que arranca con el alba de la conciencia cuando, a través de un endrino monolito de pavoroso rigor geométrico, el hombre primitivo adquiere el rasgo que lo definirá a perpetuidad: el acto de matar (secuencia fortalecida por las notas de “Así hablaba Zaratustra”, redondeando el amparo de la humanidad ante el fatídico nihilismo) hasta la incubación de su esencia simbolizada en un “niño estelar” que puede marcar el renacimiento y pauta evolutiva de nosotros como especie. Allende a cualquier lectura antropológica, la tesis de Kubrick gira en torno a la quebradiza constitución existencial del humano cuyo talante sólo se ve escudado ante su poderío tecnológico, pero sin considerar que éste trabaja en su propio despertar perceptual, todo templado mediante personajes que miden fuerzas intelectuales y emocionales con la síntesis de nuestro propio ego, HAL.9000, el computador que sólo quiere nuestro rasgo homicida para aproximarse al hombre. Todo transcurre en la quietud del espacio, marco silente para esta historia eminente metafísica y de final retrogenético, pues la única manera en que podremos avanzar es yendo al inicio. El multicolor desenlace de la cinta sólo versa sobre la bienvenida del infinito a su huésped más insignificante y complejo. El hombre ha vuelto a casa.
El estatismo de la bóveda celeste provee la atmósfera adecuada y necesaria para la cavilación de nuestra propia naturaleza y su conexión con el universo. Filmes como “Solaris” (Tarkovsky, Rusia, 1972) y su “remake” de 2002 dirigido por Soderbergh, utilizan el marasmo sideral para confrontar a sus personajes con sus análogos internos que proyectan el espacio físico donde se encuentran, como: soledad, congoja y desorientación emocional. Aquí, la ciencia ficción achica una y otra para configurar un discurso que habla sobre nosotros como prisioneros de nuestras emociones fugaces, donde el amor es inasequible y la razón el instrumento para localizar nuestra identidad. Más gentiles y confeccionados para un público masivo son “Contacto” (Zemeckis, E.U., 1997) y “Sunshine, alerta solar” (Boyle, G.B., 2006), las cuales muestran una arista sensible sobre este reencuentro entre la humanidad y el éter aludiendo a efectismos emotivos y no necesariamente a un desmenuzamiento metafísico.
La comunión entre el hombre y el espacio prosigue, y si en la actualidad el interés por proseguir socavando los senderos celestes ha mermado, el cine prosigue contemplando los astros como fuente inagotable de consideraciones y lirismo cósmico. Después de todo, todos somos hijos de las estrellas y al pensar en ellas como nuestras hermanas primordiales, simplemente estamos trabajando en nuestra vuelta a casa.
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