Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Fue hace 123 años cuando el escritor Herbert George Wells contribuía al cierre del período romántico literario con un relato enigmáticamente titulado “El Hombre Invisible”, protagonizado por un antagonista de profesión científico cuya psique se desbarranca al sucumbir a los efectos enloquecedores de un suero capaz de volverlo imperceptible al ojo humano, saciando las fantasías invasivas y voyeuristas más primigenias culminando en el asesinato. Los ribetes de condena moral y ética prevalecen en su moraleja aun si el contexto es altamente nihilista, pues el personaje principal, de nombre Griffin, solo procede con base en su proceso autodestructivo involucionando su rol intelectual a uno barbárico sin que alcance una redención al final, lo que hace de este texto uno de los más atípicos de aquel período por no permitirle al lector un sosiego final cuando al moraleja emerge. Varias adaptaciones fílmicas directas o inspiradas en la obra de Wells después -destacando las excelentes “El Hombre Invisible” (1933) de James Whale, “El Hombre Que Logró Ser Invisible” (1958) con Arturo de Córdova, “Memorias de Un Hombre Invisible” (1992) de John Carpenter y “El Hombre Sin Sombra” (2000)- llega la necesaria mirada al servicio de la víctima y no del personaje transparente en esta nueva versión de “El Hombre Invisible” que recién arriba a cartelera, la cual se enclava en la sensibilidad moderna en cuanto a la participación protagónica de la mujer para que sea una fémina la que dicte el rumbo de esta historia y el ente masculino su adversario intangible, una premisa que pudo funcionar perfectamente si el trato dado a la historia privilegiara una exploración inteligente y metódica de ello y no el escaparate de clichés y manoseo maniqueo que vemos en la cinta, donde el reparto y un buen director se desperdician en favor de una agenda de corrección política y abismos argumentales que la sumen en la incoherencia y el dramón barato que deben mucho a aquella cinta con Julia Roberts sobre relaciones emocionales abusivas y tóxicas titulada “Durmiendo Con El Enemigo” (1991).

Es así que la cinta comienza con nuestra protagonista Cecilia (Elizabeth Moss sobreactuando de lo lindo toda la película) escapando furtivamente durante la noche de su marido Adrian (Oliver Jackson Cohen), para reunirse con su hermana Emily (Harriet Dyer) en un camino vecino, pues ella dice –jamás nos consta mediante escenas o flashbacks– que su esposo la violentaba de múltiples formas. Termina refugiándose con su amigo y policía afroamericano James (Aldis Hodge) y su hija Sydney (Storm Reid), tratando de recuperarse viviendo con un delirium tremens que la confina al interior de ese hogar, hasta que recibe la noticia de que Adrian es encontrado muerto en un evidente caso de suicidio, dejándole a ella una importante suma de dinero a modo de herencia que le permitirá reconstruir su vida y ayudar económicamente a su hermana y amigos.

Sin embargo, la paranoia se impone y no concibe la idea de que alguien tan metódico e inteligente como su esposo, toda una eminencia en el estudio de la óptica, se quitara la vida, por lo que reanuda con cautela un estilo de vida normal, hasta que su aparente monomanía encuentra justificación en extraños ruidos, movimientos de objetos y posteriores ataques a ella y los suyos por parte de una entidad incorpórea que Cecilia rápidamente deduce son responsabilidad de Adrian, quien ha encontrado el modo de adquirir invisibilidad para torturarla y vengar su abandono.

Esta premisa con ribetes psico-sociológicos es muy atractiva, pues permitiría expandir el campo de acción narrativo en este tipo de historia usualmente confinado a la descomposición mental de aquel que logra la invisibilidad producto tanto de los efectos físicos que acarrea la invención como por la incapacidad del sujeto de asimilar con cordura y decencia la libertad máxima que provee el no poder ser visto, pero el guion del director Leigh Whannell (“Upgrade: Máquina Asesina”) adolece de pereza crónica y se rehúsa a mostrar los genuinos procesos que conducen a la toxicidad masculina que eroga en violencia física para mostrarnos tan solo a Elizabeth Moss en interminables mohines que incluyen gritos, gimoteos constantes y muchas tomas de sus ojos desorbitándose, siendo más perturbador verla en su papel de víctima que cualquier cosa que su enemigo invisible pudiera hacerla. La gratuidad con que se ejecuta la historia es enervante, ya que la cinta no se toma el necesario tiempo para comprender quiénes son estos personajes y porqué se comportan como lo hacen, amén de alguna explicación científica válida o de interés sobre cómo es que Adrian logró la invisibilidad, conformándonos con las escuetas presentaciones visuales que da el filme sin aporte genuino a una narrativa que se conforma con la sistemática destrucción de la protagonista femenina pero de forma absurda e incluso involuntariamente jocosa. Esta puesta al día de la obra de Wells es un ejercicio en bobería y trivialidad argumental que debiera ser invisible para cualquier cinéfilo.

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