1ª Función
“INQUEBRANTABLE” (“UNBROKEN”)
La vida de un atleta representa una curiosa paradoja, pues cuando éste excede la senda de logros convencional y su historia deriva en una de pugna física y/o existencial, donde su realidad logra cifrarse como una donde el espíritu humano se enaltece a través de diversos componentes dramáticos vivenciales, o su capacidad de resistencia rebasa las exigencias habituales según su disciplina deportiva, entonces, se asume de facto que la persona en sí misma debe ser extraordinaria o excelente en cualquier ámbito, incluyendo el personal, ético y moral. Tal vez por ello la sociedad siempre exhala un suspiro de decepción cuando sus ídolos deportivos suelen ser dioses con pies de barro, que gustan de consumir e inocular todo tipo de venenos o gustan de comunicarse mediante los puños más que con la boca. Y es aquí cuando entra el proceso de santificación, teniendo como ejemplo más reciente “Inquebrantable”, cinta que lleva a la pantalla -después de 57 infructuosos años que tiene este proyecto en la lista de quehaceres de Hollywood- la insólita odisea del maratonista olímpico Louis Zamperini, quien enfrentó obstáculos más allá de los disciplinarios atléticos que pusieron a borde del precipicio su cordura y fortitudes emocionales y físicas, pero retratados por la directora novata Angelina Jolie como instrumentos de redención más que elementos de exploración para su personaje. Jack O’Connell interpreta de forma muy convincente a Zamperini, sujeto que desde edad temprana se manifiesta rebelde e impetuoso, siempre en enfrentamiento con sus congéneres y familiares. Sus aptitudes físicas lo llevan a desarrollar un gusto por el maratonismo, llegando a conquistar una medalla de oro en las olimpiadas de Berlín ante la mirada vigilante de Hitler. Mas su genuina epopeya se presenta cuando, una vez enrolado para combatir en la 2ª Guerra Mundial, termina varado en una balsa en medio del Océano Pacífico junto a otros dos compañeros cuando su avión de combate falla y se estrella en el mar. Después de 47 días de naufragio (evento muy desaprovechado por Jolie para arrancar o siquiera plantear una exploración psicológica al personaje principal, limitándolo a convidar a sus moribundos colegas sobre las recetas caseras de su madre, un genuino acto de sadismo si me lo preguntan considerando su condición famélica) son rescatados, pero por la milicia japonesa, la cual confina a Zamperini y su compañero sobreviviente a dos campos de concentración y donde conocerá a “El Ave” Watanabe (Takamase ishihare), brutal sargento que impondrá su violenta disciplina a través de Zamperini, quien lo ve como una figura antitética. Poca exposición sobre el personaje principal, a quien se le coloca en un pedestal de impoluta conducta) de hecho, creo que ni logra despeinarse en el filme), pero muy bien filmado, con tomas planificadas y un ritmo complaciente y fluido. Jolie tiene aptitudes como cineasta, pero le falta mucho camino por recorrer como narradora, pues queda embelesada de su sujeto-tema, al punto que no se atreve siquiera a cuestionar o explorar sus motivaciones o psicología, a pesar de contar con un guión coescrito por, entre otros, los afamados hermanos Coen. Una historia real admirable que, en manos de un cineasta más experimentado o diestro en el arte de escudriñar el interior de sus personajes, pudo erogar en algo más que notable. Aquí, tenemos tan sólo un atleta santificado y, como ya hemos atestiguado en muchas otras cintas similares, nada hay más aburrido que un santo en pantalla.

2ª Función
“ANNIE”
En 1932, Harold Gray creó una de las tiras dominicales más populares y que muestran la realidad social en aquel entonces: Anita, la Huerfanita; las aventuras de la niña que da título a su obra junto a su perro callejero Sandy, quienes se ven cobijados de una difícil vida en el orfanato por un millonario de calva testa apodado “Daddy” Warbucks, quien de ser el prototípico aristócrata anglosajón post-gran depresión (arrogante y lejano de las necesidades de las masas desposeídas), termina por ablandarse conforme el contacto con la noble e inteligente Anita se prolonga, terminando por adoptarla. Esta base argumental fue el sustento de una exitosa versión musical en Broadway y, posteriormente, de una adaptación fílmica en 1982, cortesía ni más ni menos que del legendario John Houston, quien reveló con este fallido y vituperado trabajo que lo suyo no era el canto y el baile en celuloide. Ahora, a más de 30 años del rotundo fracaso creativo de Houston, llega “Annie”, la más reciente iteración cinematográfica de la puesta en escena (que no de la tira original) y los resultados son muy similares a la primera versión, pues si bien la premisa es la misma -salvo algunas libertades creativas, como transfigurar la caucásica etnia del personaje original por uno más afroamericano acorde a los gustos contemporáneos, así como todo el contexto de la trama, la cual parte del distintivo Harlem hasta llegar a los rascacielos neoyorquinos de Wall Street-, la veta creativa sigue sin ser explotada, pues todo se reduce a cuán adorable y sagaz es la pequeña protagonista (encarnada por la talentosa y carismática Quvenzanhé Wallis) en contraste con el cínico y muy capitalista Will Stacks (Jamie Foxx), quien la recoge después de un incidente automovilístico como una estrategia de relaciones públicas, pues requiere mejorar su imagen como candidato a la alcaldía de Nueva York. El plan funciona, pero todo se complica cuando la maligna tutora de Annie, la señorita Hannigan (Cameron Díaz) se interpone, además Stacks comienza a encariñarse de la locuaz jovencita, algo que no estaba en sus planes, todo narrado con los números musicales de rigor y la miel que chorrea a raudales por todos los poros de esta melosa cinta. Filme que se va en automático tanto narrativa como histriónicamente, que entretendrá a aquellos que nunca han visto un musical en su vida o público poco exigente, tal vez aquellos que fueron lo suficientemente osados para pagar boleto por ver otras cosas similares, como “¿Qué le dijiste a Dios?”, y otros entonados bodrios.

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