Moshé Leher

Me vienen a la memoria dos textos, de entre los mejores que he leído para hablar de una corrida de toros, ambos de personas ajenas al ‘mundillo’ -que en México se parece más a una mafia-: uno de Gutiérrez Nájera, que confesaba su repudio por la Fiesta, y otro de Azorín, que tampoco es que fuera un entusiasta de los encierros.

Quitándose de prejuicios, ambos retratan el ambiente previo a una corrida; el poeta a alguna celebrada en no recuerdo qué pueblo de México y el alicantino, no sé si en algún villorrio castellano o valenciano, que da lo mismo: ambos hablan del ambiente en la víspera de un festejo taurino y ambas crónicas terminan cuando comienza la corrida. El resto, supongo, ya no era asunto suyo, y en todo caso un tema para los cronistas especializados.

Así las cosas fui el lunes, con gusto a decir verdad, a la corrida, invitado por mis queridos Ramírez Ramírez, que fueron la única razón para que me animara a: primero, acercarme a la zona de festejos; segundo, que dijera que sí a caminar bajo el sol africano de ese día; y, tercero, que me atreviera a ver un festejo con un cartel que no me llenaba el ojo. Eso por no hablar de ese timo genial que es la ganadería de Begoña.

Por no callarme la boca, creo que es más factible que lleguen los Reyes Magos a casa a traerme un cofre de oro, a que se pueda esperar algo decoroso de los toros de esa divisa.

En fin que llegamos a una comeduría popular, donde comimos, contra mis expectativas, como el bueno de Lúculo, mientras se animaba el ambiente en los alrededores, donde se mezclaban músicas populares, gritos de merolico, el olor de los puros baratos y los hedores de ya saben qué… Como sea el ambiente era festivo y el sol de justicia, casi cumpliéndose aquel dicho viejo de que los toros, con sol y moscas.

Aquí debo aclarar que me gustan los toros, pero no éstos; hace tiempo que la Fiesta tiene dos vertientes: la ibérica-gala, que se reproduce con mayor o menor éxito en Sudamérica, y la mexicana, que no es sino el vivo reflejo de lo que le pasa a este pobre país.

Cuando en el comedero comenzó a berrear un sujeto vestido de charro, nos fuimos a un barecito ya más cercano a nuestro acceso, y cuando fue la hora nos metimos a la plaza.

Aquí debería dejar el asunto a los cronistas, aunque entiendo que quedan pocos, por no decir ninguno (y cuando hablo de cronistas hablo del extinto don Joaquín Vidal, de Antonio Lorca y hasta de nuestro Jesús Gómez Medina, miembros de una estirpe ya casi extinta e intolerable para los amos de nuestra fiesta), lo que haría con gusto a no ser porque…

Aquí hago un giro proustiano para remontarme a unos meses atrás.

Estaba yo invitado para ver la reapertura de la Plaza México, en casa de mi siempre presente amigo el arquitecto Ramírez, cuando antes de la corrida y en cadena nacional, se ofreció, no tengo puñetera idea de la causa, una misa en el ruedo de ese coso, confundiendo la gimnasia con la magnesia, como si ser taurino fuera sinónimo de ser católico, ser un proto fascista y hasta un añorante de Francisco Franco.

Le cambiamos, vimos cualquier cosa y cuando comenzó el festejo, volvimos a sintonizar y vimos la corrida. Fin de la imagen intrusa.

Hasta donde yo entiendo en todo el mundo taurino se parte plaza, se tocan los parches, suena el clarín, se abren los toriles y comienza la corrida; en todo el mundo, menos aquí, donde ya nos estamos acostumbrando a suponer que como las corridas suelen ser tan malas, hay que meter un preludio, sea este una celebración religiosa, un homenaje, o un espectáculo más bien degradante.

Aquí se partió plaza y nos endilgaron el homenaje y el espectáculo rayano en la peor cursilería. El homenaje a una señora enfermera con tantos años de asistir a los servicios médicos de la plaza, era sin duda tan merecido como fuera de lugar y terminó, de manera injusta, con una rechifla contra la pobre mujer.

Lo del espectáculo merece plumas más irónicas que la mía: unas niñas pataleando algo que, les habrán dicho, debería ser una especie de baile flamenco, acompañadas de unas venerables señoras con evidente ausencia del sentido del ridículo, un charrito haciendo florituras con un mecate y ya no recuerdo que otros ingenios salidos de la mente de un coreógrafo malvado y en estado de ebriedad.

¿Esto era necesario? No. ¿Esto le gustó a alguno? Tampoco.

Luego comenzó la infamia de la corrida, aunque yo hace mucho que renuncié a escribir de esas cosas; dejo ese asunto a algún cronista mejor capacitado, si lo hay y si no lo tienen a sueldo, en cuyo caso hubiera escrito una crónica intitulada: ‘El final de los toros’.

Y ya no le sigo porque yo hoy celebro el ‘Día de la recordación de la Shoá’, el Yom Hashoá, y ya no estoy para más hecatombes.

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