Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Después de… 18 años, regresé al Ferial de Aguascalientes. Regresar como ver la manera en que se va montando el espectáculo, tomando cuerpo las ideas, los sueños, y se convierten en luz, movimiento, palabra, música; regresar como, desde la penumbra, ser testigo de los ensayos, la forma en que bailarines, músicos y teatreros se lo van apropiando, para luego ofrecérselo al público con todo el entusiasmo y vitalidad posible.

Ciertamente el último guion del espectáculo que escribí fue el correspondiente a 2014, en el centenario de la Convención de Aguascalientes, pero la última ocasión en que viví la experiencia como refiero en el párrafo anterior tuvo lugar en 2004, y sin embargo, a diferencia de aquellos años, hay algo ahora que me llama de manera particular la atención; algo que tiene que ver no sólo con el hecho de que entre aquel año y este he estudiado el espectáculo, su historia, de manera exhaustiva –ojalá y algún día este trabajo se convierta en libro-, sino también con la circunstancia de que el espectáculo se ha abierto, para involucrar a gente que no forzosamente participa de las actividades del Instituto Cultural de Aguascalientes, sino también de otras instancias que imparten disciplinas artísticas.

Comento esto último porque recientemente conversé con Rubén Isauro del Toro Vázquez, que dirige este año el espectáculo “Adiós mi rielero”, quien me informó que este proceso de apertura ha traído como consecuencia que en más de algún caso lleguen jóvenes sin mayor idea de lo que se pone en juego, quiero decir, el prestigio del espectáculo, su importancia como airecillo que sopla sobre las brasas de la identidad local, etc. Llegan, no por eso, sino por bailar, por participar en un gran espectáculo. Acostumbrados a presentarse en montajes que viven en dos o tres ocasiones, en el ferial se enfrentan a unas 15. Por otra parte, frecuentemente los públicos que asisten a sus funciones están integrados por familiares y amigos, en tanto que el ferial es masivo. Y es que, según me informa del Toro, una parte importante del elenco, aproximadamente la mitad, no había participado anteriormente en un espectáculo de esta magnitud. Algunos participantes vienen de grupos independientes, por ejemplo de danza urbana. Hay también personas de grupos institucionales del ICA, maestras que trabajan en la Universidad de las Artes, que aparecen bailando.

Conforme avanzaron los preparativos, que estuvieron ensayando y que vieron cómo se incorporaban la escenografía, la iluminación, y finalmente el vestuario, sintieron la presión de estar en “ese gigante que es el teatro”.

A propósito de esto, a partir de ver cómo las diversas partes se van ensamblando; observar a los muchachos en leotardo, en pantalón corto y playera de basquetbolista, en falda de ensayo, pienso que a esto se refiere Rubén cuando habla de sentir “ese gigante que es el teatro”, les hacía falta verse como trabajadores del riel, como doñas, vendedoras de todo tipo de cosas en el andén del ferrocarril, y escuchar al selecto cuadro de actores narrar su historia, la llegada del ferrocarril, la vida de una familia rielera, las luchas, la huelga de 1958-59, y me siento sorprendido por la manera en que actúan estos elementos sobre las personalidades de estos jóvenes vigorosos que van y vienen por el escenario, y gritan entusiasmados, emocionados por la alegría a que convoca el teatro, su monumentalidad, su mágica penumbra y la enorme carga histórica y artística del Ferial de Aguascalientes, el máximo espectáculo del Programa Cultural de la Feria de San Marcos, que es como la cauda luminosa de un cometa que surca triunfal la oscuridad del espacio.

El espectáculo está planteado en siete escenas en las que prácticamente no hay oscuros. Digamos que hay momentos en que los bailarines introducen en la luz elementos de escenografía, un carro de ferrocarril, una estructura que forma una vía férrea, todo en madera, y que con el correr de los ensayos logran hacer con mayor presteza, sintiéndose parte de la escenografía, apropiándosela.

Hay una parte histórica, la inicial, y luego una parte, digamos, romántica. La primera escena se refiere a la manera como se conocieron los protagonistas. En las dos escenas siguientes se habla del ferrocarril, cómo llegó a Aguascalientes; la cuarta vendría a ser un paseo en el andén, las vendimias del ferrocarril, la quinta es sobre la huelga de 1958-59, un episodio nunca antes tratado en el ferial. Vienen luego lo que del Toro considera como la parte romántica del espectáculo, la parte social de la fiesta, la creación de una alegoría del taller, dancística, hasta culminar con La Pelea de Gallos y El Pregonero.

Hay danza contemporánea, tradicional, flamenco y danza urbana. Esto último me llama la atención. Del Toro se refiere a danza que se originó en las calles, hip hop, o danza de movimiento sincopado, etc. Y aquí surge un comentario sobre la coreografía de Ferrocarrileros, un clásico debido a la imaginación del maestro José Luis Sustaita Luévano. Rubén recuerda que su padre, ferrocarrilero, le preguntaba sobre el origen de esta danza, y decía: “Imagínate un ferrocarrilero, haciendo esos movimientos. ¡No!”. A lo que Rubén respondía: “quisieron representar movimientos de cosas del trabajo. Pero ellos no entendían. Buscaban esta parte ruda”. De aquí el replanteamiento de la coreografía, dejando algunos elementos originales como parte de lo que ya pertenece al folclore de Aguascalientes, pero buscando otras opciones, quizá más acordes con el trabajo en el taller. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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